¿LIGAMOS? - LAS CHICAS (y los chicos) de MI GENERACIÓN III

SERIE:  LAS CHICAS (y los chicos) DE MI GENERACIÓN
Capítulo III: ¿Ligamos?

  Hoy me ha venido a la mente: ¿dónde quedaron aquellos fines de semana, aquellas mañanas de sábado de mi época de instituto quemadas entre análisis sintácticos y traducciones de latín y de griego?, ¿esas mañanas con la radio de fondo y la lista de éxitos, con el radiocasete de doble pletina preparado y su cinta dispuesta para grabar las canciones favoritas? ¿esa guardia constante junto al teléfono para ver si llamaba ese chico que nos gustaba y esa quedada en vernos al final del día por ahí, por la zona de salir? Los tiempos cambian y crecemos. Nos hacemos carcamales a veces y solo algo más conservadores con suerte, pero siempre nostálgicos de algunas cosillas, para acabar preguntándonos si los modos de entonces eran mejores que los de ahora o a la inversa.  

 Los años quedaron atrás, naturalmente, y con ellos algunos usos y costumbres. Y pensaba en las vías de conocerse hoy día y en el modo de ligar, más allá de los denominadores comunes que perdurarán siempre. Hoy asistimos a un fenómeno que es como el agua para los pececillos de las nuevas generaciones: la presencia y acción esencial de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas. Las chicas y los chicos de mi generación no contábamos con ello. Las chicas y los chicos de mi generación torcimos de extrañeza los labios para, de nuevo, subirnos finalmente a ese tren imparable. Ya no tan extrañados. Ya no tan chicos. Y lo aceptamos no sin mirada crítica, pero irremediablemente con el mismo nivel de adicción que un quinceañero actual, para quien es algo tan natural y tan imprescindible como hablar cuerpo a cuerpo con quien se sienta al lado, como aquella llamada de mañana de sábado y aquel chupito en común con guiño incluido y en una noche de fiesta. 
    Sea como sea, lo cierto es que hoy día las redes sociales, los servicios de mensajería, las páginas de contactos, proporcionan una plataforma para conocer gente y... ¿quién sabe? Bueno, ¡qué demonios!, evitaré el eufemismo: para ligar. Y aquellos que nunca imaginamos que llegaría un día en el que asistiríamos a esto comparamos ese cara a cara, ese cuerpo a cuerpo a pecho descubierto y la cara colorada, con esas conversaciones de WhatsApp -que como dice una amiga mía lo aguantan todo-, esas solicitudes de amistad de Facebook cargadas de intención o esa cita concertada en Tinder a raíz de un par de charlas y algunas fotos. Comparamos y recogemos pros y contras. Y acabamos diciéndonos que no cambia tanto, que es más rápido y llega a más rincones, pero que finalmente requiere la misma interacción entre nosotros. Y nos quedamos tranquilos. Y quitamos el miedo a conocernos por esas endemoniadas y deshumanizadas vías, que en su aparición asociábamos con cierta desesperación por encontrar partenaire.  

  En mi disyuntiva trato de ser ecuánime y establecer mi lista mental entre lo bueno y lo malo de una y otra formas, tradicional y moderna, digital y analógica. Y observo en ambos métodos pros y contras, beneficios y perjuicios, como siempre, en función del uso que hacemos de ellos.  Abrimos una aplicación social y acabamos virtualmente emparejados con alguien con quien comenzamos a charlar. Horas, datos, charla interesante, imaginación al poder y cita a la agenda. Siempre habrá quien nos pregunte si no tememos quedar con alguien a quien no conocemos. Y en efecto no lo conocemos. Pero me pregunto cuánto y cómo conocemos a alguien con quien congeniamos en un garito de copas un sábado noche. Me temo que menos, puesto que no ha habido horas de charlas, ni la valentía que aporta el cubrirse tras la pantalla para contarnos intimidades. Y eso por no hablar de las citadas copas y del rollito de seres maravillosamente divertidos y distendidos que todos tenemos esa noche festiva. Por otro lado, pienso también que, como mencioné, la pantalla protege y eso puede alentar a adornar nuestra historia, nuestros intereses y, lo que es peor, la intensidad de nuestras emociones. Por no hablar de la ayuda inestimable de un buen emoticono a tiempo. No sabría si es la baja luz de un local lo que más distorsiona la naturaleza de la relación, o es la inmensidas de un ciberespacio en el que disiparse si la ocasión lo requiere.

   
   Y el caso es que aquí estamos las chicas y los chicos de mi generación. Hemos tenido que adaptarnos a los tiempos y aprender a relaccionarnos y a ligar en un pub, en una aplicación, en el trabajo y hasta en un supermercado. Sabemos lo que es sacar fuerzas de flaqueza para tragarnos la vergüenza y decirnos a la cara, sin preliminares en pantalla, un "me gustas" y hasta un "te quiero". Y ahora sabemos también cómo conducirnos por las carreteras del ligue virtual. Pero las chicas y los chicos de mi generación corremos un peligro y es el de dar la misma credibilidad e importancia a lo leído que a lo oído mirando a los ojos. Y no, no la tiene, salvo excepciones (yo ya me entiendo). Aunque de todo se aprende y contamos con la ventaja del conocimiento adquirido en esa forma de relacionarnos que aún consideramos la real; como si la otra no lo fuese. 
   No importa cómo lo hagamos. No importa cómo liguemos, cómo iniciemos contacto con ese otro que nos atrae, nos gusta o mucho más que eso. Quien sabe relacionarse en un contexto sabe en todos. Ahora bien, yo no privaría a los que vienen detrás de la enseñanza que supone no escudarse en un frío aparato y dar la cara, máxime cuando me temo que la consecuencia es el también enfriamiento de la relación en sí. Infravaloración, ausencia de consideración, egoísmo, falta de empatía con los sentimientos del otro,... porque al fin y al cabo con un simple clic desaparece y bien sabemos que lo que cuesta de verdad es ese "tierra trágame"; casi siempre muy por encima de esos sentimientos heridos.
   Me digo cada día: no dejes de ser tú e independientemente del contexto manifiesta siempre aquello que llevas por dentro, ya ante un café, una cena, un teclado o al teléfono. Y así lo procuro. Y así lo hago. Con peor o mejor suerte, pero soltando lo que me brota. Por eso tantas veces salgo perdiendo la batalla. Que no la guerra.


   


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