DATE EL CAPRICHO DE LA COTIDIANIDAD "DESCOMPLICADA"

   

     Lo confieso. Tengo una adicción recién llegada: la búsqueda de una cotidianidad “descomplicada”. Poseo una personalidad internamente activa, impetuosa, intensa, acelerada,… Por ese motivo a lo largo de mi vida me he dejado atrapar por todo aquello que, como una fuerza succionadora, tiraba de mí potentemente. El día a día, las prisas, el ir y venir, el tratar cada asunto como si fuese el único, el darle carácter de urgencia a todo, el volcarme en cada proyecto como si me jugase el pan de toda mi vida,… Además, a eso hay que sumarle que siempre he sido carne de ciudad, de tráfico, de gente y de rutinas, lo que se traduce en no haber sabido disfrutar de los momentos y de los espacios tranquilos como se debe. El reloj corriendo y yo detrás. Siempre tarde. Siempre a mil. Siempre llevándome todo por delante. Pero llega un momento en la vida de todos en el que decimos: ¡basta! Cuerpo, mente y corazón buscan una forma alternativa de llevar las cosas y nos lo piden a gritos. ¿Lo oyes?
    Pues bien, eso es precisamente lo que a mí me ha ocurrido y me ocurre. Los años son un continuo aprendizaje y esa necesidad se me ha ido agarrando por dentro. Mi mente y mi propio cuerpo han ido pegándome toques de atención para marcarme la única salida posible a una maraña diaria absolutamente nociva. ¿Cuál? La respuesta ha llegado sola: aprender a disfrutar de lo pequeñito y adherirme como una lapa a los momentos de tranquilidad y de silencio. ¡Los adoro!  Sin conversaciones, sin rompederos de cabeza, sin buscar soluciones a nada, sin escuchar a nadie. Se han convertido en una droga necesaria y sana que provocan en mí un efecto altamente beneficioso y que cambian hasta mi sentir diario.
   Me pregunto hoy cómo era posible que yo pudiese vivir sin ciertas cotidianidades, sin ciertos hábitos, que en apariencia son tonterías, pero que a mí hoy me están dando la vida. Me están enseñando a relajarme y sobre todo a estar conmigo misma. Y no ya con mi mente, sino con mis latidos, con la parte más sencilla de mí, mi elemento natural. Sé que esto puede resultar para algunos una simpleza archisabida. Para otros puede ser un vacío de intenciones con su punto zen. Pero para mí es una llave de supervivencia, mejora y felicidad. Y prometo que hay un profundo contenido en esto que digo y que hay que vivir mucho más allá de los márgenes de este texto. 
  Soy otra, por ejemplo, en este momento en el que me siento a escribir en absoluto silencio. Sin música. Sin ruidos. Sin teléfonos. Sin problemas. Sola conmigo misma. Y llego a las letras desde la tranquilidad, no desde la inquietud. Calmada, dejando que todo repose, y sin más pretensión que la dejarme ir.
    Soy otra, ese día libre en el que me despierto demasiado temprano, pero no salto de la cama como un resorte a no se sabe qué. Me levanto, sí, me preparo un café o el desayuno completo, y vuelvo a la cama a leer un rato, a escribir. Y en completo relax el sueño vuelve a vencerme. Sueño extra, al fin, y una completa sensación de pensamientos descansados al despertar.
  O soy otra ese sábado en el que nada más abrir los ojos me lanzo a una calle que acaba de abrirse al escaso público. ¿A qué? A nada. A respirar(me). Así, me pongo en pie, me lavo los dientes y la cara, me pongo un vaquero, me hago una coleta, y sin desayunar y sin complejos, salgo de casa. No hay apenas gente, no son ni las nueve de la mañana. No hay ruido aún, solo ciudad y frescura, y luz tranquila y tempranera. Salgo del portal y cruzo la avenida sin esperas. Tampoco hay casi tráfico. Y alcanzo los jardines. Huele a césped recién regado. Por allí andan cuidando y limpiando la zona, y yo me voy metiendo entre los árboles, esos que de otro modo no apreciaría. Como si el gentío de hora punta los tapase a su paso. Llego hasta la bahía, desayuno en la calle y antes de que se active el entorno regreso a mis cosas, pero cargada de mí.
   Prometo que yo antes no sabía entregarme a estas simplezas, de veras que no, ¡ya véis! Pero sí que soy otra ahora que las degusto. Y desde luego cuando no dependo de absurdos requerimientos materiales. Cuando me echo a dormir temprano sin la hiperactividad que siempre me caracterizó el cerebro, y me obligaba a estar despierta hasta horas intempestivas. Cuando apago el teléfono para dormir o durante unas horas del día tan solo porque no me apetece estar a nada que no sea yo misma. Cuando me acerco hasta la playa en pleno invierno a caminar descalza, aunque me hiele. Cuando le digo “no” a alguien, si no me apetece un plan concreto. Cuando no me callo lo que pienso, si me estoy sintiendo herida. Cuando limito mi espacio y mi tiempo sin remordimientos y lo blindo como el mayor de mis tesoros. Cuando me digo a mí: “¡uy, quita, quita, quita,… paz y amor!, ¡paz y amor!”. Cuando me apetece estar sola y paso de todo lo que no sea urgente o importante. Cuando consigo que el día tenga la ración necesaria de momentos “descomplicados” que neutralicen todo lo demás; no ya en cantidad, sino en calidad. Cuando delego en el propio curso de las cosas y dejo que el tiempo lleve hasta la orilla aquello, y solo aquello, que habrá de quedarse en la playa. 





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