SIN SORPRESAS

   No me gustan las sorpresas. No, no me gustan. Es más, las detesto y las temo al mismo tiempo y a partes iguales. No sé si este es un sentimiento que siempre ha estado ahí. Por una vez no recuerdo si de niña me provocaban tanto desasosiego, pero lo que sí sé es que con los años se ha ido acentuando y enraizando. No me refiero a una sorpresa pequeñita o sin importancia, ni a un regalo sorpresa. Me refiero a asuntos sustanciales, de esos que realmente descolocan y pueden llevarte a un estado de shock. No soy una persona de choques, aunque los haya recibido en grandes dosis y gravedad más que considerable. Y aunque no me conduzca mal en esos trances. Pero quizás sea por eso, porque cumplí mi cupo y dejo en la temida reserva lo que la vida habrá de lanzarme aún, porque aunque no quiera sé que lo hará. Tal vez me ha causado una especie de trauma la presencia de asuntos sin avisar, pero no quiero sorpresas. Es más hoy por hoy puedo decir que me ponen de mal talante y hasta pueden despertar mi ira y mi irracionalidad, si proceden de actos evitables. 
    ¿Querer tener todo bajo control? No se trata de eso. En absoluto. Al menos no en este caso. La causa es mucho menos cerebral y no es otra que mi fragilidad. Llevarme una sorpresa, asistir a un acontecimiento inesperado que afecta a mis emociones me desequilibra más allá de lo recomendable. Podría describirlo además, porque en ese momento siento que el corazón me late a una velocidad excesiva. Demasiada. Más allá de la aceleración razonable de lo sorprendente. Se me disparan el ritmo cardiaco, la presión arterial y la respiración. Y podría romper a llorar de puros nervios y de la tensión del momento para poder así dejar escapar algo de aire de mi interior antes de estallar en mil pedazos. Así que no, no me gustan las sorpresas. Mi corazón es ya muy frágil para ello y está muy necesitado de diálogos pausados y tranquilos. De ir viendo venir las cosas, de compartirlas, de acordarlas con calma y sin rarezas. Mi corazón necesita movimientos simples y que lo lleven de la mano una buena parte del camino, a poder ser mirándolo a los ojos. Sin sustos. Sin sobresaltos. Sin encogimientos. Pero sobre todo sin sentir miedo atroz. Acariciándolo.







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