SOLO HACEN FALTA GANAS, NO DISCULPAS

  Tarde de domingo. Estaba leyendo a Almudena Grandes en su columna dominical de El País Semanal, versión online. ¡Qué narradora tan excepcional! Costurera del lenguaje, sus letras caen verdaderamente como un guante de seda. Y sus palabras van surgiendo en los renglones, de modo que el lector se va escurriendo y deslizando entre ellas sin darse cuenta ni poder detener su lectura. Cada una te lleva a la siguiente en volandas. Me encanta. He tirado de hemeroteca, y he leído (y releído) algunas otras de sus columnas. El mes pasado publicó una que recomiendo por deliciosa, Dos escalas en Estambul. Dos personajes, hombre y mujer en torno a los cincuenta, se atraen en medio de un largo vuelo, pero les es imposible el acercamiento. ¿La culpa? La falta de coincidencia, el ir a destiempo, el no cuadrar. ¿La realidad como moraleja? La edad que invade de desgana para esforzarse en provocar esa coincidencia, equilibrar ese tiempo y buscar cuadrar.
   Sin ser incrédula o inconsciente con el concepto, no me caso mucho con eso de que los momentos de dos personas han de ir, imprescindiblemente, en ajustado compás para que estas cuajen. ¡Que me digan a mí en qué momento dos compañeros de viaje, pareja, hermanos, amigos... se encuentran exactamente en el mismo punto de su existencia! Rara vez. Y ni falta que hace. Aún así, sé que los momentos vitales de cada uno son importantes para el encuentros de dos corazones que conecten. Pero que conecten de verdad, verdad. No que fantaseen, quieran llenar huecos, ni satisfagan su ausencia de compañía. Tampoco de aquellos que sufran obsesión enfermiza o una manía persecutoria con eso de hallar una alma afín.  Hablo de verdadera conexión. De la profunda y auténtica, de la limpia. Pues bien, como decía, sé bien que a veces se dan interferencias a causa de las porquerías que a todos los entorpecen la mente, pero tras leer la columna de Almudena Grandes, he vuelto a un pensamiento que he defendido casi siempre y alguna que otra vez he querido olvidar. No sé si por deseos de que así fuese o por hipercomprensión empática de otras vidas. El momento en que se conocen dos personas que se gustan y que generan posibilidades de unión es importante, naturalmente. Evidentemente si uno está en plena crisis vital, no está ni para bajar a comprar el pan, y mucho menos para conocer a nadie, o plantearse ni un café en la esquina. Pero dejando a un lado obviedades de ese tipo y a poco normal que sea el día a día de ambos, si dos personas quieren compartir sus vidas, lo hacen y punto. Y ya, ya sé que hay que saltar algunas vallas y rodear unos cuantos obstáculos -dependiendo del caso más o menos complicados, además-, pero una vez que se ha rodado el tiempo suficiente, queda, a mi entender, tan solo una cuestión: o sí o no. Y se acabaron las zarandajas. Echarle la culpa al momento discordante del encuentro que hace que las dos almas se encuentren en estadíos de evolución emocional distante, -y podría seguir soltando zarandajas-, es una chorrada momumental con otro nombre bien claro: no te da la gana. O no me da la gana. A saber el caso. Se trata entonces de querer o no querer. Y la barrera no la pone el momento, instante, mes, periodo o año. No es cosa de reloj ni calendario. La barrera la pone cada uno con los rollos que hay en su interior. Cada uno decide si entra o no entra a determinadas vivencias, si se va a dar o no, a entregar o no. Y lo que es igualmente importante, si está en posición de recibir o tiene puesto el impermeable de invierno. 
   Dicho esto, y leída la experiencia de los dos personajes de la autora que hacían escala en Estambul, el que quiere lo hace. Y si no, tan campantes. Será acaso que no ha de ser, que no es tanto el interés, motivacion o encaje con el otro. Así que nada, aquí paz y después gloria. Y a vivir. Pero nada de culparle al viento.






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