DE HAPPY FLOWER A JARDÍN PROHIBIDO

     De happy flower a jardín prohibido. Viaje  mental en nuestro interior, mediante el cual llevamos a cabo una transformación de actitud, carácter o comportamiento. Tomad nota.
    Happy flower es una tipología de persona. No abunda, pero existe. Quienes pertenecen a ella son todo “paz y amor”, “todo el mundo es bueno hasta que se demuestre lo contrario”, “casi nadie es tan retorcido” y “todos nos merecemos una segunda oportunidad”. Lo que ocurre es que gozan de una esperanza de vida bastante chiquita, tienden a extinguirse a causa de acciones ajenas: broncas por tontadas, mezquindades, celos y envidias, mentiras y mentirijillas, egoísmos y mentes cuadriculadas. Poco a poco se van cayendo del guindo, del manzano y hasta de la torre del campanario. Y así, a fuerza de chichones y esguinces de idealismo, expuestos como estamos todos a la meteorología humana, finalmente un día cambian de color y empiezan a hinchárseles las razones. Y ya no se casan ni con Cristo. Perdónenme los creyentes; pero es que, a pesar de haber sido criada en un país católico, apostólico y romano, con bautismos y comuniones, misas del gallo y procesiones, una es atea, muy atea. Y se le llena la boca con estas expresiones. Y cree en su fuerza enfática y su poder de desahogo. No me lo tomen más allá. Pues la cosa es que un ser happy flower es un individuo idílicamente luminoso, pero en exceso vulnerable a este sindiós de individualismos que es la Tierra. Y con el tiempo, inevitablemente y sin perder la esencia, se da cuenta de que o empieza a espabilarse o se lo comen en un descuido de canibalismo. 
   Habitualmente un happy flower suele darse sin medir cantidad, ni calidad, poniendo a los demás en posición privilegiada y creyendo en una blancura de alma extendida entre todos aquellos que alcanza a divisar en un entorno considerablemente próximo. El happy flower se abre sin dobleces, contando sus cosas y opinando en confianza; no sabe lo que es la envidia; suele alegrarse por los triunfos ajenos; y rara vez demoniza al resto. Aún más, muy al contrario, tiende a humanizar faltas ajenas. Los hay además temporales y permanentes, esto es, confiados puntuales y/o con individuos concretos y aquellos que lo son con todo quisqui viviente. Unos y otros no son bobos, se enteran de lo que hay, pero les puede el entusiamo y son seres que de antemano confían, seres que tienden a darse por kilos sin pensar en más.
    La faceta consecuente es la que convertirá a los anteriormente citados en jardín prohibido. Tras ver, oír, escuchar y padecer que ni todo el mundo es bueno, ni San Pedro tiene cola en la puerta de entrada, sueltan un rediós -perdón de nuevo a los creyentes-, y deciden que a su edén, que no es otro que ellos mismos y el placer de su compañía, va a entrar Rita, la pantalonera. Quiénes ellos determinen, cuándo, cómo y porque ellos quieran, y solo si ganan méritos. La florecilla del campo feliz y cantarina torna ahora en un preciadísimo y sumamente bello jardín de prohibidísima entrada al visitante desconocido y secretísimo acceso. Para encontrarlo será imprescindible habérselo ganado y demostrarlo.
    Enseñarse con inocencia dando por hecho que el gesto será bien empleado conlleva gratuidad y eso siempre trae consigo desperdicio. Pongamos precio a las cosas y sobre todo si se trata de pagar la entrada a vergeles habitados por seres honestos y entregados.






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