LEER EL FUTURO





     Jamás de los jamases. Así estuviera escrito con letras luminosas, en pliegos dorados o con el sobrenombre del secreto de la felicidad. Habría quien acudiera a toda prisa a los párrafos finales con curiosidad ansiosa, intriga y miedo, pero no sería mi caso.  Y también habrá quien diga que lo haría para evitar cometer errores y garantizarse un poco más de éxito. Tampoco es mi rollo. Será que vi de niña la trilogía Regreso al futuro y entendí muy cristalinamente que la secuencia espacio-tiempo no debe alterarse. Será eso. 
    Hablando ahora absolutamente en serio digo que si existiese un libro con la historia de mi vida ya escrita, completa y detallada hasta el hálito final, si yo descubriera su existencia, entraría de inmediato en un estado de pánico. Solo con acercar las yemas de los dedos a la primera página, a la portada, quedaría espantada. Rotundamente no. Lo quemaría sin abrir. Y sí, sería capaz de hacerlo. Y es que tengo la casi certeza -porque los seres humanos siempre sorprendemos-, de que no podría soportar el impacto de leer qué ocurrirá en mi vida. Y no me refiero ya únicamente a los datos de hasta cuándo viviré, dónde moriré, a qué edad y cómo, sino a cualquier aspecto o momento futuro. No quiero saber qué ocurrirá dentro de una semana, ni de dos. Ni quiénes me acompañarán los días dentro de un año. Encajar esa información me resultaría traumático, porque hoy tan solo soy capaz de digerir mi presente y los restos de pasado que por ahí pululan aún. Y es que las cosas se van situando en la vida de cada uno fruto de procesos lentos, paulatinos, rítmicos y naturales. Incluso aquello que vivimos como un shock. Cada nuevo dato se acepta con la ayuda de los elementos internos y externos de ese momento, y son los que son. Ni los que hubo un año atrás, ni los que habrá un año después. 
    Pienso con todo esto en una conversación que tuve con mi madre hace unos días en la que le decía que soy plenamente consciente de las distintas Marías que ha habido a lo largo de los años. Todos cambiamos, todos evolucionamos. Algunos hasta involucionan. Y depende del caso hay quien presta atención a cada detalle de esos cambios y quien no repara en ello. Mi caso es el primero. Si hoy día alguien me pidiera una escrupulosa descripción de cómo era yo con 20, 25, 30, 35, 40,... podría dársela sin esfuerzo. Por eso sé cuánto, en qué, por qué y cómo he ido cambiando con el paso de los acontecimientos. Y sé que lo que hoy soy capaz de encajar no lo habría podido tragar con 25 o con 35 años. Me habrían faltado episodios, poso, callo y sabiduría. Capacidad de comprensión para algunas cosas e incluso mala leche para decir ante algunos coportamientos: "nanai de la China" y "ni hablar del peluquín". Así que no. No querría saber hoy quién seré mañana. Y no porque pueda decepcionarme porque determinadas cosas no son como las pienso hoy. Ni por lo doloroso inevitable que toda vida trae consigo. Tampoco porque me matara la (muy necesaria) esperanza presente; que lo haría. No. No quiero saber hoy quién seré mañana, por el simple hecho de que seré otra. Porque las decisiones, las elecciones y los descartes los haré en función de mi interior de ese momento que lucho, confío y espero que siga avanzando. 
   Y por otro lado,... bastante trabajo me da leer mi presente, como para querer leer mi futuro,... ¡anda al cuerno con ello! 

   ¿Y tú?, ¿querrías saber cómo te van a ir las cosas hasta el final?




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