MUY PRONTO, JUSTO A TIEMPO Y DEMASIADO TARDE

  





   Las expresiones muy pronto, justo a tiempo y demasiado tarde indican el momento en el que actuamos, en el que algo ocurre, el que todo gira. “El tiempo pone cada cosa en su sitio”, “el tiempo es sabio”, “el tiempo coloca a cada uno en su lugar”. Y lo cierto es que, como ya dije el otro día, es un invento nuestro para no  perdernos, que a veces esclaviza por cierto, y a la vez es la sustancia de la que está hecha la vida. Así que hacemos las cosas cuando las hacemos. Cuando sabemos y podemos, cuando estamos listos y cuando atinamos a reaccionar. Y eso es,… ¡tan humano! Así ha de ser, porque ni se puede, ni se debe tratar de evitar cada paso del proceso.
    Así que, las cosas sucederán cuando hayan de suceder. Viva la libertad y respiremos hondo. Pero…, sí, hay un pero. El concepto anterior es real y bonito, pero yo no he dicho que fuera gratis. A veces tomamos decisiones demasiado pronto, otras se tomarán en el momento justo y adecuado, y otras llegarán tan tarde como para que quede tan solo lamentarse. Y no hay nada que podamos hacer. Es más, comenté antes que el tiempo esclaviza, ¿verdad? ¿Verdad que hoy día las agujas del reloj se nos clavan en la piel atravesando su esfera?, ¿y que nos pesa el pasado por intenso y el futuro por incierto? Pues eso es lo que provoca que precisamente actuemos a destiempo casi siempre. Por parsimonia. Por impaciencia. Por parálisis. Por prisas.

Demasiado pronto enseñamos el cuerpo. Demasiado tarde mostramos el alma.
Demasiado pronto generamos dependencia. Demasiado tarde creamos compromiso.
Demasiado pronto herimos al otro. Demasiado tarde pedimos perdón.
Demasiado pronto pedimos derechos. Demasiado tarde cumplimos deberes.
Demasiado pronto guardamos silencio. Demasiado tarde llegan algunas palabras.
Demasiado pronto decimos te quiero. Demasiado tarde decimos te amo.

Y a tiempo, justo a tiempo, dejamos que ocurran muy pocas cosas.





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