CONFESIONES ÍNTIMAS

Creo firmemente en que tan solo hay dos cosas que no se recuperan jamás: el tiempo y la confianza. Cuando eres joven, no le das demasiada importancia a la pérdida del primero, puesto que no hay sentido de la fugacidad. Creémos tener una fuente inagotable de horas y de minutos que perder, que gastar, que quemar y que desperdiciar. Con la segunda ocurre más o menos lo mismo a esas edades. En primer lugar porque la confianza todavía no se encuentra erosionada. Con las experiencias se va descascarillando primero una esquinita, luego otra, y luego otra. Pero de jóvenes vemos aún interminable la lista de personas en las que reposaremos nuestra cabeza y nuestra fe.

Pero cómo cambia la cosa cuando maduramos. Ahí sabemos ya que el tiempo apremia. Lo sentimos en los huesos, en cada arruga de la piel, en cada recuerdo que nos rememora que ya no seremos jóvenes nunca más. Y la confianza,...¡ay, pobre! En su puro esqueleto nos dice cada día al oído que no podemos fiarnos de nuestra sombra, y que es muy poca la gente honesta que es capaz de no llevarte al matadero como carnero safricado, por el simple gusto de complacerse. 

Esta mujer que escribe aquí hoy se sabe esta lección muy bien sabida, y no tiene vergüenza en decir que tiene dañadas sus entregas de tiempo y de confianza. En un signo de altruismo entregó el primero, creyendo que se percibiría con ello que regalaba su bien más caro y preciado. Por no renovable. Por estar repleto de nutritivas riquezas, dones y presentes. Y en un rasgo de reflexiva templanza concedió la segunda, porque humanos somos todos y perfectos ninguno. Del primero, del tiempo, no habrá de saberse más, pues es de un solo uso y a fondo perdido. No hay nada que hacer al respecto, más que consolarse con la idea de que cuando se empleó, se hizo con voluntad de vida. Pero la segunda cuestión es inmesamente más compleja. Esta mujer, entrega su confianza en más de una ocasión, para sorpresa de algunos incluso. Pero lo hace a sabiendas de que al otro lado se valorará el gesto y se cuidará de ella. Puede mantenerla, si no intacta, casi inalterada. No muere ahí. Pero si tras el gesto, tras esa fe en el sentido común, en el respeto y en la falta de crueldad del ser humano, dicha confianza vuelve a ser golpeada, ahí sí, ahí muere asesinada atroz y definitivamente. No habrá nada que le devuelva un soplo de aire, porque habrá muerto por esa primera vez que sobrevivió y a causa de un remate final. Ocurrido esto, sabiendo esta mujer que ha perdido tiempo y confianza en un mismo instante, se envolverá de una capa de hielo imposible de fundir a manos de quienesquieran que hayan sido sus respectivos destructores. No habrá compasión, entendimiento, empatía, comprensión,... nada. Ni tan solo una media palabra a intercambiar. La nada más absoluta. La asesinada se habrá convertido en asesina de materias nobles. Y tras ello, continuará su camino como si nada de ello hubiese sucedido jamás.  Sin mirar atrás. Sin sentimiento positivo del que sentir nostalgia alguna. Sin lamentarse. Y sin la sensación de haber perdido nada que valiera realmente la pena.






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