SOMOS LO QUE PENSAMOS. SOMOS "CÓMO" PENSAMOS.

    Somos lo que hacemos. Somos lo que decimos. Somos los que pensamos. Somos los que sentimos. Somos lo que comemos. ¡Coño, claro!, ¡no vamos a ser lo que hace, dice, piensa, siente y come el vecino! La cuestión es que tanto filosofar con estas obviedades, me desperté pensando hasta qué extremo llegamos a ser víctimas de nosotros mismos. Víctimas y verdugos pues, pues tal y como funcionan nuestros procesos mentales, nos salen las cosas. De A a B. Sin más ni más. O en lenguaje de andar por casa: de aquellos polvos vienen estos lodos.
    El asunto es simple. Todos vemos a diario cómo hay personas que no se complican en exceso la vida. Tampoco se la complican a los demás. Solemos pensar que todo les va de cara, que la vida les fluye. Solemos verlos como seres simples, más que sencillos -por otro lado, porque en efecto lo son-, sin demasiados quebraderos de cabeza, disyuntivas mentales excesivas, ni vueltas de tuerca. Son así, porque así se forjaron y así se formaron. Porque se nace con una predisposición a ser de una determinada manera de ser, quizás lineal en este caso, y así van tomando sus decisiones en la vida. De la misma manera, sin muchas complicaciones. O hasta dejándose llevar, esto es, sin apenas decidir. Y parecen felices, la verdad. Por otro lado hay quien se encuentra en el punto opuesto y posee un carácter complejo, de darle mucho al coco, de sobreanalizar incluso,... Sus vidas, pues, suelen contar con mayores enredos, con idas y vueltas a las cosas, con decisiones sopesadas una y otra vez, y con una notable profundización en cada aspecto a tratar, haga o no haga falta. La causa por tanto de que sus cosas se ricen está en ellos mismos y en su propio carácter. Es algo así como un "tú te lo buscas". Y así es ciertamente, para bien y para mal cada reto o dificultad le plantea la vida se debe a su forma de gestionar sus asuntos. ¿Menos felices, tal vez? Siempre se dijo que darle a la cabeza en exceso nos hace más infelices. Seguramente es así, pero creo más bien que hay que saber en qué, cuándo y cómo hacerlo.

  Somos lo que pensamos, pues. Más bien somos "cómo" pensamos. Yo desde luego sí. Porque gran parte de las situaciones que se me traban por el camino no lo hacen solas, sino que son fruto de mi propia forma de gestionarlas. En la sencillez de mis pensamientos se encuentra la sencillez de los momentos de mi vida. En mi exceso de análisis se encuentran los tropiezos o el quebradero a afrontar. Y,... ¡anda que nací así ya,...! Pero no me resigno a no avanzar y a no mejorar al respecto. ¡Ni hablar! Y es que sé que traen consigo los años asuntos de alto nivel y de los que no hay huída. Traen algunos que por fuerza han de hacernos pensar y pensar, sacar conclusiones, tomar decisiones,... pero otros circulan de manera bastante más liviana. Diferenciarlos es la clave de nuestra calma, la llave para ser un poquito más felices. Por lo que a mí respecta, sé que me encuentro en la misma orilla de ello. Rozo con la punta de los pies la interiorización de ese principio, sé que está ahí, lo veo, lo toco, lo vivo a veces,... Pero aún no he entrado en ese dejarme llevar por esa capacidad de saber, casi sin pensar, cuándo no he de complicar las cosas sin necesidad. Necesito dar ese salto, necesito ese empujón,... y sé que es mi primera tarea de la lista. 




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