ME GUSTAS

Me gustas,... porque eres sensible. 
Porque te afectan las cosas en su medida. 
Con mesura unas veces. Y desmedida otras. 
En su justa medida, sí. Justamente la tuya.
Porque cuando te enfadas es con garra, con fuerza.
Porque ríes con ganas. 
(Con muchas, muchas ganas; y muchas, muchas veces).
Porque me la contagias, la risa.
 Y me das alegría con tus cosas.
Porque eres obstinado con lo tuyo,
y no das la razón, así te maten.
Y no dejas hablar cuando te indignas.
Y hablas sin cesar. Y muy, muy rápido.
Y no escuchas. Y no tienes paciencia,
si crees que es la tuya la razón.
Pero después de un rato,
de una hora, de un día,
un mes o un año...
no echas al olvido otras ideas.
Y las piensas, quizás. O las dejas ahí
en ese estante, por si te hicieran falta.
Porque sales corriendo, si te sacan de quicio.
Y no mandas al cuerno, aunque lo pienses.
Te largas a tu aire. Y te enfurruñas.
Pero luego regresas. A tu ritmo. 
Cuando tú así lo crees. Eso solo tú sabes.

Me gustas 
porque si eres consciente de que hay algo que hiere,
entonces no lo dices.
Y si lo dices, ¡ay!,... 
es de pura inconsciencia.
Porque eres educado y tan cortés,... 
¡hasta el exceso incluso!
Y con segunda vuelta e intención puñetera.
Porque hasta me exaspera que lo seas a veces,
Y lo sabes muy bien.
Tan cuco, tú. Y tan astuto. Que me gustas.
Porque no premeditas esos malos efectos, 
cuando los trae la vida,
cuando los traen los días.
Porque te duele mucho ver sufrir a la gente, 
y porque te revuelves ante las injusticias.
Y no te asusta el llanto. Porque aún te conmueves.
Porque no te resbalan ya las cosas, las personas, la vida.
Porque no estás de vuelta de los sentimientos.
Y porque los absorbes, los pides, los demandas, 
los provocas, los vives.

Me gustas porque ardes. Y porque haces arder.
Porque estás vivo, porque eres incendiario.
Pasional. ¡Tan auténtico!
Y al tiempo, de forma paralela
a todo ese huracán,
aunque no te lo creas,
sabes llenar de paz, 
más de la que imaginas.
Porque aún me sorprenden muchas cosas de ti. 
Y me dejas pasmada.
Y me vuelves curiosa. E intrigada de ti.
Y porque me soportas 
dos mil ciento cuarenta caracteres de texto,
y de ánimo también.
Y de charlas eternas en las que no me callo, 
ni por tarde, ni por sueño. 
Ni por agotamiento. Mío y tuyo.
En las que no me canso, 
de contarte de mí, de averiguar de ti, 
de saber de tus cosas, de rascar las paredes. 
De seguir conociendo.
No me canso de ti. Jamás.
Porque así, al natural, 
tú me enseñas mil cosas 
de ahí afuera, del mundo,
y también sobre mí.
Porque me replanteo las vueltas de la vida cada día,
desde que te conozco. 
Porque ni mucho menos tengo yo la razón,
y eres de los poquitos a los que se la doy 
de forma desprendida.
(Aunque no te lo diga, alguna que otra vez).

Me gustas porque tienes conmigo tu respeto.
En todas tus facetas. En toda tu extensión, te lo aseguro.
Y por algo muy raro,... ya verás,... 
porque no tengo miedo de discutir contigo, 
de decirte las cosas. 
Ni de hablar sin pensar, ni pensar en voz alta.
Y porque me conoces muy, muy bien.
Y porque soy consciente 
de las múltiples veces que estás ahí para mí.

Porque te quiero mucho, mucho. Y el resto me da igual. 
Por todo eso me gustas. 
Por todo eso, A. 

                                                                      -A-







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