LEER LA MENTE

¿Lo he contado? Un millón de veces, creo. Los sueños y las intuiciones ponen en mi mano la llave correcta del misterio. Siempre. A lo largo de toda mi vida mi mente me ha hablado de forma cristalina a través de estos dos métodos. El primero traducido en una quemazón repentina en la boca del estómago, seguido de una idea inminente en mi cabeza. El segundo al recordar los detalles de un sueño complejo. Uno y otro me guían y me sacan de dudas. Me tiran del guindo, me arrancan la venda o me hacen volar. Depende del caso. Pero lo que es seguro es que me mueven del sitio. Y siempre por el camino acertado.
Sé que el muro que separa mi consciente de mi subconsciente se ha hecho más fino con el paso de los años. Quizás he aprendido a leer(me) entre líneas, a no desconfiar tanto de mis impulsos, a comparar experiencias, a atar cabos y a ser respetuosa con mis sentidos, que al fin y al cabo son los únicos que mandan y tienen vela en el entierro. 

Una puede pensar muchas veces que no calibra correctamente las situaciones, que no es capaz de verlas desde el ángulo acertado, que se autolimita mente y ojos, y que incluso pierde la noción de las cosas. Pero no, no hay nada de eso. Porque cuando los seres medianamente inteligentes siguen el mapa de su cuerpo, de su mente, pero sobre todo de sus sensaciones, rara vez se equivocan y suelen dar respuesta a lo que les demanda la vida. ¡Zas! Ahí está todo lo necesario, esperando a ser leído y juzgado con justicia. Sin adornos. Sin florituras. Sin síes, pero noes. Sin noes, pero síes. Sin errores, ni tropiezos. Todo es reevaluado, reconsiderado, recompuesto y reescrito. Y así, las promesas incumplidas no son ya más promesas, sino mentiras con premeditación o faltas de juicio. Los desaires involuntarios no serán ya desaires, sino puñaladas de egoísmo. Las primeras y extrañas impresiones despistadas, no fueron tales impresiones, fueron pistas sobre el camino. Y las paranoias y neurosis no fueron taras, fueron señales de advertencia. Solo hay que leer, en silencio, despacio y sin excesivo corazón que reblandezca la sustancia de la que se compone el asunto a tratar. Leer la propia mente. Interpretar las mentes ajenas. Contemplar los hechos. Y concluir certeros.

La experiencia es un grado, dicen. Y nunca mejor dicho, porque a un grado de gélida temperatura, tan solo a un grado, nos coloca para observar y actuar en cada uno de los retos a los que nos enfrenta la vida. Todo está en la mente, créeme. Solo hay que leerlo.











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