INAGOTABLE

    ¿Sabes qué es para mí un regalo del Universo? Que este coloque a mi lado a alguien con quien jamás se agotan las palabras. Y aún mejor: las ganas de esas palabras. De saber más. De contar más. De las ideas que se esconden entre sus pequeñas letras. ¿Adicción? Podría ser. Pero dame de esa droga, aunque sea dura. No me la quites nunca. Porque esa droga contiene inteligencia, ingenio, curiosidad. Pero especialmente voluntad de compartirse. Yo ya sabes que sucumbo a eso. Que sucumbí, de hecho, hace ya tiempo. Y que acudo a por más. Y no me canso. Nunca. Eso es un regalo, efectivamente. No abunda mucho, pero existen casos. Pocos, pero los hay.
     Así que sí, me considero afortunada por ello, pero voy a decirte lo que de verdad he descubierto que lo hace especialmente único y atractivo regalo a mis ojos. Siempre pensé que era una quimera el poder discutir beligerantemente con alguien sobre el tema que fuese, sin que por ello se encendieran los malos humos. Siempre me encantó pelear ardientemente, si la ocasión lo requería, sin olvidar con ello a quién se tiene enfrente. Discutir, debatir, llevarse la contraria, ponerse un poco a caldo incluso, enfadarse realmente y hasta sacarse de quicio mutuamente, para callar después, mirarse y soltar una carcajada, producto de no haberse dejado tragar por una guerra de egos. Eso sí que me resulta valioso y único.  Que el de enfrente no se olvide de quién soy. Que jamás me olvide yo de quién tengo enfrente, del respeto que le profeso y de lo que me hace permanecer ahí. Me embelesa. Al respecto siempre me acuerdo de una expresión que decía Cortazar refiriéndose a una buena costumbre que compartía con su última mujer: "estar de acuerdo en lo fundamental y pelear como leopardos sobre lo nimio". Siempre me pareció atrayente esa práctica. Atrayente, nutritiva y alimento de un vínculo casi en extinción. Gracias de  corazón por darme eso.





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