LA FELICIDAD ESTÁ AL ALCANCE DE CUALQUIERA





       Bum-bum, bum-bum,... varios latidos y llega la vida. A partir de ese momento un pie tras otro y el recorrido a lo largo de un camino misterioso. Tras nosotros un perseguidor incansable, invencible, implacable: el tiempo. El paso del tiempo como señal inequívoca de que estamos aquí de prestado y de que las opotunidades o se toman hábil y avispadamente o se esfuman. Frente a nosotros el dorado, la quimera y el sueño deseado: la felicidad. El primer llanto, el primer suspiro y ¡hala!, a caminar, portando entre las manos el par de elementos menos tangibles y más esenciales de cuantos podríamos asir. Tiempo y felicidad. Del primero diré que, aunque es el eterno valorado, es desperdicidado con absoluta inconsciencia. De la segunda diré que la hacemos invisible y de pura mitificación, terminamos por infravalorarla. Pasa por delante de nosotros, se nos instala en casa, nos acompaña por la calle, y somos incapaces de verla. No sé si es inconformismo o necedad, francamente.
   Nos creemos que para alcanzar la felicidad necesitamos tiempo, más tiempo, mucho tiempo. Y contradictoriamente nos creemos en posesión de todo el tiempo del mundo para conseguir esa felicidad. "Ya llegará", "más adelante", "ya habrá más oportunidades". El que seamos inconscientes con el paso del tiempo tiene un cierto pase. Leve, no nos columpiemos, pero lo tiene, dado que el ser humano posee una capacidad de visión mental relativamente corta; y si es cierto que llega a hacer virguerías con la gestión y aprovechamiento del tiempo a corto plazo, no ocurre en cambio lo mismo con la percepción temporal a largo plazo y desde una perspectiva vital. ¿Cómo se le puede preguntar a un ser humano qué hará y cómo vivirá dentro de diez años?, ¿o de treinta? Sería imposible asimilar los cambios, ni siquiera los imaginados, a los que habría de enfrentarse. Digerir tiene sus ritmos. Pero lo que no tiene disculpa en absoluto es nuestra constante desconsideración al concepto de la felicidad. Si saliese a la calle en este instante y comenzase a preguntar a la gente si es feliz, ¿cuántos me contestarían afirmativamente? Abundarían los "relativamente" y los "a veces", y aparecería alguna réplica en forma de pregunta con eso de "¿qué es la felicidad?", expresión que, por cierto, me haría salir corriendo despavorida y como alma que lleva el diablo. ¡Hasta luego, Maricarmen!
    Para empezar, la felicidad es un sentimiento, una emoción, ¿no es así? Y sabiendo eso, cabe esperar que todo el mundo es capaz de identificarla. Luego, todos nos hemos sentido y nos sentimos felices al menos de vez en cuando. Podemos acotarla, enmarcarla -si es que eso se puede hacer con un sentimiento-, por dos vías. Por descarte, es decir, lo que no es. Y analizándo en detalle aquello de lo que se forma.
    ¿Qué es lo opuesto a la felicidad? Se supone que si lo detectamos, sabremos evitarlo e ir en sentido contrario. Y es muy lógico. E inteligente. Si no fuera porque solemos hacer mal el ejercicio, pensando que lo contrario de la felicidad es el sufrimiento. O lo que es lo mismo, que si no sufrimos, somos felices. Y esto en absoluto es así. Si no sufrimos, podemos tener una vida calmada y tranquila, pero  no necesariamente feliz, porque eso no significa que estemos experimentando las emociones que conducen a dicha felicidad. ¿Estamos acaso alegres?, ¿esperanzados?, ¿entregados?, ¿realizados?,... No necesariamente. Por lo tanto ya sabemos que la felicidad requiere ausencia de sufrimiento, en efecto, pero no para ahí. ¿Qué es por tanto? Pues no es otra cosa que el sentir emociones positivas. Desglosémosla, pues, preguntándonos a nosotros mismos en qué momentos nos sentimos felices. ¿Qué experiencias concretas nos hacen sentir felicidad? Obviamente cada uno de nosotros habrá de tener su propio concepto, pero compartimos la idea de que es el compendio de esas emociones positivas a las que antes me refería: Alegría, satisfacción, placer, diversión, amor, gratitud,... Y no son estas solamente beneficiosas per se, sino que además neutralizan las emociones negativas, por lo que su función es doblemente útil. Y cierto que los momentos de sufrimiento son inevitables, pero incluso esos resultan parte del andamiaje que nos haga salir a flote y ser más responsables de nuestra felicidad. ¿Quién no se agarra férreamente a un momento feliz después de haber sufrido?, ¿quién no lo detecta a la primera de cambio y lo disfruta de forma más natural?
   No resulta tan complicado ser feliz. Y es algo que me digo a mí misma, cuando me pongo en modo negro. Siempre habrá algo de por medio que entorpece, naturalmente, pero casi siempre somos nosotros mismos. Lo cierto es que somos felices cuando nos entregamos a vivencias gozosas y placenteras. Al placer por el placer, al tan necesario disfrute por sí mismo. Somos felices cuando nos proyectamos en una actividad que nos realiza, cuando nos enfrascamos en una meta que nos motiva. Somos felices cuando nos entregamos a eso que da sentido a nuestras vidas. Tres tipos de felicidad que no hay que perder de vista y que debemos tratar de alternar de forma equilibrada y de procurar que no falte ninguna. ¿Te hacen feliz esa práctica, esa actividad, esas personas, ese momento? ¡Hazlo! ¡Y ya la tienes! Y a propósito, el tiempo solo es una herramienta para contextualizar esos momentos felices.
    Dijo Borges: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer... No he sido feliz". Ándate listo, pues. Y a ti, ¿qué te hace feliz?







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