¿MERECE LA PENA PERDERSE?

   



        ¿Mereció la pena aquel momento negro?, ¿mereció la pena sufrir, no saber dónde estaba pinada o darme de bruces con la realidad? Sí, rotundamente sí. Mereció la pena. Y no, no me he vuelto loca, ni soy masoquista. Y claro que habría preferido no tener que pasar por determinadas experiencias y caídas en barrena, pero cuando las cosas salen así, cuando es inevitable que algo se tuerza, ahí sí que digo que merece la pena ese dolor. La otra opción es pasar por ello medio aletargado, zombi perdido, y no aprender absolutamente nada del asunto. Esconder la cabeza, quejarse, buscar culpables, echar balones fuera, y, finalmente, o acabar estallando cuando no viene a cuento, o ser un cero social de por vida. A todos nos tienta esa opción para tratar de mermar los daños, es natural. Pero convencida y sinceramente digo que sí, que si me dan a elegir, me quedo con los momentos que casi me llevan por delante, pero de los que aprendí y aún aprendo. De los que me hicieron sentir viva, aunque creyera morir de dolor, de celos, de desamor, de decepción, de creerme un objeto o alguien insignificante, de insatisfacción, de frustración por no satisfacer, de pensarme intolerante e insufrible,... De todos esos momentos. 
  Decirlo ahora parece fácil, distante y hasta presuntuoso. Pero no creo que fuese bueno arrancar de mi vida, si eso fuera posible, ninguna de esas etapas. No podría haberme rehecho, si no me hubiese deshecho previamente. Ni me habría conocido con honestidad, si no hubiese dejado salir mis reacciones más mezquinas o mis rasgos más oscuros. Y los tengo, creedme que los tengo y que sé usarlos. Que hubo un tiempo en el que quise creer que las cosas eran como no son; o bien las pensé idílicas, o bien creí que el mundo estaba en mi contra. Que hubo otro tiempo en el que no sabía quién era ni a dónde iría; aquí o allí, sola o acompañada, volver a amar o darle la espalda al amor; creerme enamorada a la primera de cambio o no ver a nadie suficientemente apto. Y hubo otro tiempo en el que me creía en absoluta posesión de la verdad; que el camino recorrido me daba la visión justa de las cosas, y que una vez experimentada una vivencia, ya la tenía superada por los siglos de los siglos. Nada de eso. Creí amar a quién no amaba, creí fallarme cuando estaba fallando a los demás. Creí ser desleal cuando era leal con todos menos conmigo; bueno, y viceversa. Mentí por cobardía y por pánico a la soledad. Por egoísmo. Por resentimiento. Me castigué por equivocarme y castigué por decepcionarme. Llegué a convencerme de que tenía derecho a ciertos actos por cuestión de justicia vital, cuando sentir y buscarse por dentro no entiende de derechos ni de deberes. Estuve más despistada y desorientada de lo que puedo estarlo físicamente aun con un plano en la mano; que creedme, es mucho estar. ¿Y qué? Que porque sentía, siento y quiero seguir sintiendo, ocurrió todo aquello. Que puede pasarme mil veces en la vida. Que no es un drama. Y que es humano. Que a veces hay que hacerse menos preguntas -y sí, lo digo yo precisamente; justamente por ser un análisis con piernas-, e ir actuando como nos van pidiendo el cuerpo, la mente y el corazón. ¿Aunque parezca un despropósito y un disparate? Sí, aunque así sea. ¿Por qué? Porque cada uno de esos pasos, bandazos, dudas, cambios,... son absolutamente reales, auténticos e imprescindibles de vivir. No hay quien se libre. Y son los escalones justos y precisos que la vida nos pone por delante para llegar al lugar al que habremos de llegar. Así que, sí, merece la pena estamparse, perderse y no saber dónde nos pega el aire. Y si crees que no la merece te va a dar igual, porque no te vas a librar de ello a menos que seas una roca.






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