DISCUTIR HASTA QUEDARME AFÓNICA

    Quiero discutir hasta quedarme afónica. Sí. Eso es lo que quiero. Y que se me hinche la vena de la garganta. Y salirme de ese quicio al que estoy sujeta. Y desesperarme de impotencia por no lograr convencer. Y que hierva la sangre hasta burbujear de disconformidad. Eso quiero, de verdad que sí. Y que al ocurrir eso no provoquemos el Cisma de Occidente. Ni la Tercera Guerra Mundial. Ni la Guerra Fría en versión dos individuos. Porque quiero poder discutir hasta el límite que la situación requiera, sin el peligro de mandarse al cuerno por los siglos de los siglos, sin la amenaza de que eso suponga perderse y sin el despropósito de no saber a ciencia cierta que es parte de las relaciones humanas. Y muy necesaria. Con miga.
     Discutir hasta el extremo si la cosa es seria y lo requiere, siempre por un bien mayor y con fines constructivos, claro. Porque es la traducción de dos puntos esenciales. Uno es que hay material del que hablar, del que discrepar, que plantearse, con el que romperse la cabeza, que desmenuzar, y que pelear de forma imprescindible. Hay meollo, vaya. El otro porque representa poder discutir sin riesgo, por beligerante que resulte el momento, y sin dudar de quién está al otro lado, con su fondo y con su forma; que ya podrá reaccionar de un modo u otro, que el otro no pierde la perspectiva de quién es su contrincante, de lo que el otro sería o no capaz de hacer, de sus porqués, de sus intenciones y de sus propósitos; es decir, que no lo desconoce por haber discutido.

  Quiero poder enfrentar eso, cuando sea preciso, sin pérdidas ni pánicos. Porque yo lo hago. Porque sé también discernir quién puede hacerlo de esa forma que planteo. Y porque lo hago única y exclusivamente con quien y porque me importa. Con quien y porque me reta cuerpo y mente. Si no, ni sudaría la camiseta, eso seguro.





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