MALGASTANDO EL CARÁCTER

    


     Malgastamos el dinero. Malgastamos el tiempo. La comida, el agua y hasta el ocio. Por malgastar, derrochamos hasta las palabras. Pero me muero de impotencia y de pena cuando me cruzo con personas que malgastan su carácter y con ello su propia vida. Una persona posee una serie de rasgos heredados genéticamente y que conforman su carácter de base. A partir de su nacimiento su forma de ser se verá implementada por la influencia educacional que reciba -familia, escuela y entorno inmediato-, y por su gestión emocional y psicológica de las experiencias que vaya enfrentando a lo largo de su vida. Quién es, lo que es y cómo es dependerán fundamentalmente de sí mismo, porque aunque cuenta con matices de los que le va a resultar difícil y trabajoso huir, por el hecho de estar impregnado de ellos ya en su ADN, o bien por haberlo mamado en su casa, será él mismo el que se encargue de evolucionar y no a la inversa. Esto es, de ir a mejor, de forjarse, de mejorarse, de potenciar aquello en lo que destaca y minimizar o neutralizar aquello realmente negativo, tóxico y hasta destructivo. Objetivo: no empeorar o involucionar.
   Ese sería el ideal, el camino adecuado, lo correcto en sociedad. Pero, ¡ay, amigos!, que el asunto no es tan fácil para ninguno de nosotros. Lograr que nuestra personalidad no se vea afectada por las vivencias diarias, especialmente por los elementos hostiles, conseguir que no nos convirtamos en individualistas, egoístas, tiranos y hasta malvados, no es cosa fácil. Pero dicho esto, exijo -en efecto, exijo- ser responsables con nosotros mismos y con el prójimo. De lo contrario, lárgate de los entornos sociales, haz el hatillo y vete a vivir un monte recóndito en la más absoluta soledad.
    Hay quien es un ejemplo de tolerancia, de flexibilidad, y de comprensión de la felicidad y del bien ajenos, pero que se ve sometido a durísimas exigencias externas, familiares y/o sociales. La presión lo va anulando hasta el punto de tener que tomar o bien el camino de la rebelión contra todo y todos; o bien de ceder y, bañado en la frustración, convertirse en el epítome de la rigidez y la intolerancia. Crítica constante a las vidas ajenas, dobles raseros y amargura a espuertas. Tirar por la borda todo un potencial de forma de ser, una delicia para sí mismo y para el resto, por no poder o no saber gestionar las emociones. Malgastar carácter. 
   O hay quien a consecuencia de los desaires o golpes recibidos tira por la calle del medio y se infravalora enormemente a sí mismo. Es como el caso del alumno que cuenta con una gran capacidad para el estudio, pero decide no pegar palo al agua. Se malgasta. Se desperdicia. Pues esa misma impresión me causan las personas que poseen rasgos de carácter realmente destacables, bellos y valiosos, bondad, sensibilidad, cariño, inteligencia, agudeza,... y sin embargo, se lanzan a quemar etapas en su vida para las que han de sacrificar dichas cualidades, y en una total pérdida de la noción de las cosas -y hasta de escrúpulos-, generan una versión de sí mismos total, completa y absolutamente reprobable. Todos pasamos por periodos de despiste, de ir a la deriva y de sentirnos bastante perdidos. Es asumible hasta un cierto punto. Y necesario a veces. Vivir con una buena dosis de locura y de relativización de las cosas. Pero no puedo dejar de lamentar que se pierda la esencia de lo que se es para convertirse en una mala copia de uno mismo. “Me han hecho tanto daño que ahora voy a mi rollo. ¡A vivir!, y caiga quien caiga”. “He vivido tanto tiempo en la oscuridad que ahora es mi momento”. No se trata de aprender a disfrutar ni de aprender a mirar por la felicidad de uno mismo, lo que es loable y habría de ser imprescindible. Se trata de que el resultado es el de entregarse a un comportamiento narcisista, presumido, pagado de sí mismo, poco considerado o empático con los demás, egoísta,… Cuando todo vale, cuando tal cosa sucede, y creedme que sucede, frunzo el ceño y manifiesto mi más profundo rechazo a esa nueva personalidad. No tolero que el daño nos convierta en alguien peor, que no sepa gestionarse -se tarde lo que se tarde- y que acabemos convirtiéndonos en seres insoportables. Malgastar nuestro carácter no solo resulta irresponsable y dañino con los demás, sino principalmente con nosotros mismos. ¿Quién quiere volverse insufrible cuando puede resultar un auténtico encanto? Me supera, de veras. A lo único que puedo agarrarme es a lo transitorio de la situación; pero ya puede ser muy, muy transitorio. Algo así como una enajenación muy puntual con fines sanadores, porque de otro modo me doy el piro a velocidad de vértigo. No pienso quedarme a ver como se despilfarran aquellos a quienes más quiero y que sé que son maravillosos. 






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