LA GENERACIÓN DEPENDIENTE





    Martes, 11:45 de la mañana. Tutores, Jefa de Estudios y Orientadora nos encontramos en nuestra reunión semanal preparando las actividades de acción tutorial y orientación a nuestros alumnos. Pronto irán a la universidad y toda la información es poca para ayudarles a elegir su camino académico. Sobre la mesa el tema de su nivel de autonomía, de su responsabilidad, de su capacidad para resolver sus cuestiones vitales: formación, esfuerzo,… Y de nuevo -no es la primera, ni la segunda, ni la tercera vez,…-, comentamos una masiva tendencia que se está sufriendo en los ámbitos universitarios para desagradable sorpresa de los docentes. El tiempo y espacio dedicados a la revisión y reclamación de exámenes está siendo ocupado por alumnos acompañados de sus padres. Alumnos mayores de edad. Alumnos que salen por la noche. Alumnos que se van de vacaciones. Alumnos que viven fuera del domicilio familiar e incluso solos. Sobre la mesa también los casos de padres que acuden a protestar ante los jefes de sus jóvenes hijos en sus primeras experiencias laborales y ante las primeras discrepancias y conflictos.
     Jueves, 8:25 de la mañana. Como cada día hago cola para entrar a trabajar en mi Instituto. Un coche tras otro a modo de procesión de Semana Santa malagueña, a un ritmo lento, lentísimo, que hace avanzar a los vehículos de uno en uno. ¿La causa? La mayor parte de los coches que allí nos encontramos transporta alumnos que son dejados por sus padres en la misma puerta del Centro. No en la esquina, ni en la acera de enfrente, ni a medio metro de la entrada. No. En la misma puerta. Y hoy no llueve. Ni el grajo vuela bajo. Ni hace un frío del carajo. No. Tampoco mis alumnos son de primer curso de Educación Infantil. Ni de tercer curso de Educación Primaria. No. Son de Educación Secundaria y de Bachillerato, y muchos de ellos me sacan una cabeza de altura. Y salen por la noche. Y se van de vacaciones. Y se manejan en sus asuntos con una soltura que no es proporcional a lo más elemental del día a día.
     ¿Qué demonios estamos haciendo?, ¿qué tipo de seres estamos educando y formando? Niños de veinte y de treinta años jugando a ser mayores en aquellos aspectos que les conviene, pero dejando que les saquen las castañas del fuego en todo aquello que no motiva, que no genera contraprestación alguna ni beneficios tangibles, que no divierte, en todo aquello que bien podrían hacer por ellos mismos… Vamos a buscar culpables, pues, que eso es algo que siempre se nos ha dado de perillas y descarga conciencias a modo de terapia psicológica, nos permite dormir tranquilos y sentirnos por encima del bien y del mal. Fuimos nosotros, los de más de treinta y cinco años, los que creamos un sistema educativo y un entramado social y familiar que les limpia los mocos a los chicos con una mano y les da la llave del coche con la otra. Les damos todas las oportunidades del mundo, les ultraprotegemos y fomentamos su falta de autonomía y resolución de conflictos. ¿Para qué?, ¿de qué sirve? Como docente yo misma identifico y reconozco mis comportamientos en exceso proteccionistas. Los tengo. Y no siempre soy capaz de detectarlos, o si lo hago, gran parte de las veces es a posteriori. Y me pregunto qué me mueve a hacerlo. Facilitar las cosas, contribuir, ayudar, empatizar,… Es bonito, muy bonito. Pero también llego a pensar que hay algo de ego en esa actitud. De pensarnos mejores, más humanos y con mejor rollo. Pienso en mis mayores, en mis padres y en mis educadores. Y tengo la certeza de que ellos se preocupaban tremendamente por nosotros, de que no respiraban hasta que nos veían entrar por la puerta, de que no pegaban ojo cuando empezábamos a salir,… Pero se aguantaban, se comían su desasosiego en pos de un beneficio mayor: crear seres competentes y resueltos, capaces de valerse por sí mismos en lo verdaderamente importante. Crear seres independientes y nada dramáticos. ¿Nos resulta más cómodo acaso hacer así las cosas, “déjame a mí que lo hago antes y mejor”? Muy posiblemente se trate de eso, de ahorrar tiempo y esfuerzo, porque enseñar los procesos desde el inicio es costoso, trabajoso y cansado. Y requiere constancia y tiempo, que por cierto no tenemos. No digo que no haya un ingrediente de altruismo, bondad y gran cariño también, que nos mueva a facilitarles la vida, pero sé que no es tan preciosa la causa. Y no sé si hay solución, al menos global. No sé si admitir que la sociedad está cambiando como ha pasado siempre y que me estoy haciendo una carcamal que no asume dichos nuevos aires. Tal vez sea así. Pero en el fondo, aunque no tan en el fondo, sé que nos estamos equivocando de medio a medio. Y que lo vamos a pagar a un precio carísimo.   


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