CALLADA DE PRUDENCIA

  A veces el mejor acto es callar envuelta de prudencia. Mantenerse en silencio ante los acontecimientos, las reacciones ajenas y las evidencias claras. Y dejar que sea el tiempo el que ponga cada cosa en su sitio. Porque al final siempre lo hace. Aunque te resistas, aunque te rebeles, aunque patalees. No importa lo que digas, ni cuán alto lo digas. No importa lo mucho que te desgastes para mostrarle al mundo conceptos que no perciben o no pueden percibir. Cada persona tiene sus propias lentes de contacto, mejor o peor graduadas,  sus tiempos, sus ritmos y sus marchas. Sus necedades y sus carencias. Sus cegueras y sus estupideces. Y de nada serviría pues hablarle a nadie. Prefiero callar pues, envuelta en prudencia. Que el mundo está plagado de ciegos y de sordos.

    Y el silencio invade a esta mujer. La dialogante, la filóloga, la docente, tiene las neuronas, las cuerdas vocales y los dedos cansados. De pensar y de hablar, de decir y escribir. De enseñarle la piel al viajante extranjero y quedarme esperando en el anden de un tren que no se va a ninguna parte.








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