LA LUZ DE ABRIRSE AL RESTO

   Rodea al ser humano un halo de espacio personal, una distancia íntima que solo a él pertenece, y que debiera ser respetado siempre. Traspasarlo supone una invasión más o menos agresiva, a no ser que seamos invitados a ello. Aunque no todo el mundo lo respete, las normas sociales no dejan lugar a duda al respecto de ello. Pero se me plantea la duda de si esa frontera invisible es tenida en cuenta con el mismo rigor en cuanto a lo más íntimo que habita en nosotros. Nuestros pensamientos más secretos, nuestros sentimientos más privados, demandan un lugar ajeno al mundo y protegido de ataques externos, que puedan conllevar desde lo más leve, que es tener acceso a ellos, hasta lo más grave que es manipularlos, pasando por opiniones y juicios de valor de todo rango. Nuestra intimidad a nosotros pertenece y admitir que todos tenemos una porción privada no es sencillo. Y no me refiero con ello a ser consciente de que guardo en mí un tesoro solo mío, sino a aceptar que nuestra gente, nuestra familia, nuestros amigos también lo tienen y que ni podemos, ni debemos entrar ahí. Ni siquiera deberíamos desear hacerlo. 
   La estrechez de nuestros vínculos  dificulta enormemente asumir la premisa que arriba expongo. Cuanto mayor es nuestro grado de intimidad, mayor necesidad tenemos de saber lo que la otra persona piensa y siente.  Y de peor manera llevamos, asimismo, el no tener completo conocimiento de ello. Solemos achacarlo a falta de confianza, a secretismos,… La cuestión es que ese espacio privado existe, y no se puede obviar, menos aún para mantener unas relaciones sanas, fluidas y duraderas. Y por otro lado, la cantidad de información que una persona quiera compartir con otra dependerá de factores individuales como son sus mayores o menores niveles de introversión o extraversión, su individualismo, su emotividad o racionalidad, y hasta el hecho de ser hombre o mujer. Abrirse al resto se vende muy caro. Y no ya solo por lo mucho que escasea, sino por los gastos y desgastes que supone. Indudablemente trae beneficios consigo, pero no por ello deja de pagarse algún que otro impuesto al respecto.
   Abrirse al resto, decía. Firme defensora. Por carácter, por emociones, por profesión, por sexo,… todo lo que soy me ha ido llevando a ello desde que era muy, muy, muy pequeñita. Comunicadora nata, lo tengo seguramente más fácil por eso. O quizás sea a la inversa, quizás me he hecho tan comunicativa a fuerza de expresar lo que llevo dentro. Y, ¿sabemos lo que es abrirse?, ¿nos atrevemos? Me vienen a la mente cuestiones que formarían parte inevitable de dicha entrega interna con el otro. ¿A qué le tengo miedo?, ¿cuál es mi mayor vulnerabilidad?, ¿cuándo sentí mayor sensación de ridículo?, ¿qué es lo que me da más vergüenza?, ¿qué es lo que más me hiere pasar, oír, decir,…?, ¿qué es lo que más me decepciona?, ¿cuál fue el mayor daño sufrido?, ¿cuáles son mis vicios confesables e inconfesables?, ¿mi mayor error?, ¿mi mayor ofensa?… Podría seguir. Y afirmo que tengo la plena seguridad de que cuando esto se comparte, la liberación sentida es tan grande que ya solo queda disfrutar. Como del mismo modo, tengo la certeza de que cuando más me he equivocado ha sido cuando menos me he comunicado. Hablar, soltarse la melena, compartirse, abrirse,… -naturalmente sabiendo elegir con quién- solo trae cosas buenas. Elimina pesos absurdos, deshace malentendidos, ayuda a avanzar, sana, construye, une,… Al fin y al cabo es conocimiento, y el conocimiento es luz. 

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