OPINIONES INDECENTES, MALDAD EN ESTADO PURO




    Hoy me iré a dormir con la idea de que el ser humano es más cobarde de lo que yo calculaba. Me iré a la cama habiendo dado un pasito más en mis temores, y con una certificación más honda de cuán pusilánime puede llegar a ser el hombre cuando no teme represalias. ¿Por qué hoy? Solo he tenido que leer la prensa, echar un ojo a las redes sociales y quedarme pensando, mientras miraba a un punto fijo, sobre lo fácil que resulta verter opiniones indecentes al aire, si no hay ley que castigue. Bien temprano comencé a ver noticias y columnas de opinión centradas en una muy certera indignación hacia la repugnante utilización que algunos usuarios hacen de las redes sociales. A raíz de un suceso concreto, el fallecimiento de un personaje público, internet se había llenado de palabras de mal gusto -injuriosas e insultantes muchas de ellas-, que en pocas horas habían corrido como la pólvora. Y el fenómeno no es nuevo, aunque yo no me inmunice ante esas muestras de falta de humanidad que nos rodean a diario. Cada vez que surge la noticia de un acontecimiento de interés público, el “lector” de turno, común y casi siempre anónimo, corre a la red a dejar su huella. Manifiesta así su apoyo, su rechazo, su crítica, su felicitación, su indignación, su cariño, o… ¡su mierda! Ya sea en Facebook, en Twitter, en Instagram, o en un foro, con o sin firma -real o pseudónima- el usuario se explaya a gusto con lo que le ronda. No voy a entrar a defender aquí la libertad de expresión, porque creo que para cualquiera puede quedar fuera de toda duda mi postura al respecto, máxime teniendo en cuenta que me dedico a educar, a formar pensamientos críticos, a enseñar a expresarse y a escribir lo que me ocupa alma y mente. Es el asqueroso uso de soltar por esos dedos pseudoinvisibles ,-porque ni siquiera es por una boca que se pueda identificar-, despropósitos, obscenidades e infamias, alegatos sin criterio y sin un mínimo de fundamento. Y se hace libremente, impunemente y, repito, anónimamente. Porque me importa bien poco que sea bajo un anónimo en toda regla, como bajo un nick o apodo, que vete tú a saber de quién diantres es. Juzgar es fácil, y además es práctica mayoritaria que sustituye a la siempre más difícil tarea de pensar. Si además nadie va a ponernos la cara colorada, miel sobre hojuelas. Así, nos encontramos ante una masa ingente de seres que, bajo la capa de la invisibilidad del más opaco incóǵńíto, larga auténticas barbaridades sin temor a que les partan la cara o les pidan cuentas. Y del mismo modo aquellos que, con nombre conocido, emplean esa mosquitera, que es la pantalla o el papel escrito, para afirmar todo aquello que no serían capaces de decir a viva voz a la jeta de cualquiera. 
   La era en la que vivimos, la era de la comunicación, de la tecnología, de los medios, de la globalización, ha creado un potentisímo hilo conductor de la agresión verbal, al tiempo que una película protectora para sus emisores. Hoy tiene ese aspecto, pero la naturaleza humana que lo sustenta ha estado siempre presente. Solo que actualmente, es más fácil, más impune, más sucio si cabe. El ser humano siempre se ha sentido amparado por la manada para decir todo aquello que le venía en gana, si el clamor de muchedumbre disimulaba la procedencia de sus palabras. Ejemplos de linchamientos públicos, de opiniones a pie de calle sin saber, de rumores y chismes, siempre hubo. Así se asesinó a Julio César. Así se nutría la Santa Inquisición en sus persecuciones. Así se denunció y asesinó al Che Guevara. ¡Yo qué sé...! La historia está repleta de ejemplos en los que el ciudadano anónimo habla sin criterio y con bastante ignorancia y mala baba, y expulsa veneno por la boca caiga quien caiga. ¿Sin respeto? No. Sin decencia. Y con un comportamiento enfermizo y psicópata. Maldad humana en estado puro.
    Siempre creí que hay un placer profundo y muy negro en el hábito que arriba describo, en el linchamiento al que antes hacía referencia. Un gozo que llega a tener efectos casi orgásmicos toda vez que se ve a la víctima destrozada. El mal ajeno en calculada proporción con una sádica y mezquina satisfacción que parece calmar transitoriamente la insatisfacción y la frustración propias. Pero me llama más la atención aún el gusto por ese anonimato que acolcha el acto. ¿Es que acaso podría un ser humano llevar a cabo las peores maldades, si sabe que no va a ser descubierto, reprendido, castigado, represaliado? Absoluta y rotundamente sí. Todos y cada uno de nosotros haríamos cosas que evitamos no por moralidad, sino por temor humano o divino, según creencias. La gravedad del asunto radica, naturalmente, en la magnitud de la maldad. Pienso pues que es imparable. Que Hobbes dio en el clavo con eso de que “el hombre es un lobo para el hombre”, y que no se puede medir el alcance ni la cantidad de perversión que contiene un individuo en su interior. Como freno siempre estuvo el castigo. Por si eso del propio concepto del bien y del mal hace aguas. Y como paliativos, los impedimentos de dejar circular a sus anchas esos males no contenidos que parecen fluir en torrente, y que bien pueden ser las legislaciones al respecto. El efecto contrario se consigue, desde luego y como ya hemos visto, proporcionando medios y herramientas libres e ilimitadas -que nunca censuradas-, por la que puedan correr esos ríos de tinta que tanto daño hacen. Redes, pasillos, televisión, tertulias de pueblo o asambleas legítimas, me da igual. Pero no alimentemos al mostruo, por Dios. ¡Qué penoso me resulta! Toda mi vida reprochando las medidas de control por considerarlas retrógradas y dictatoriales, y me voy dando cuenta de que el hombre es incapaz de gestionar sus libertades sin machacar las libertades ajenas. Desolador.

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