EL LUGAR DE LAS PALABRAS NO DICHAS




     Me contaron una vez que hay un lugar remoto, perdido de la civilización, en el que se esconden todas las palabras que no decimos. Dicho lugar es un destino desconocido e inesperado para las que allí llegan, pues fue habitado a la fuerza por todas ellas, desconocedoras como eran de la que acabaría siendo su nueva patria. He de decir, por lo que oí entonces, que al parecer las palabras que van a dar a ese lugar tienen todas algo en común. Sí, ya os conté que son palabras no dichas, jamás salidas de labios algunos. Pero hay en ellas otro rasgo que las iguala. Todas padecieron de falta de valor, por una razón o por otra no se atrevieron a recorrer el camino correcto. ¿Cuál era ese? El que procedía del Sur. ¡Un momento! No me daba cuenta de que aquí no hay mapas que os ayuden a orientaros, ¡perdón! Seré más explícita. Las palabras tienen siempre dos posibles recorridos a lo largo de su vida. Ambas rutas desembocan en el mismo lugar, unos labios concretos en cada caso, pero su procedencia y punto de partida puede ser Norte o Sur. Para entendernos, Cabeza o Corazón. Pues bien, ahora que ya nos hemos aclarado con la geografía de las palabras, diré que las que iban a dar a ese lugar perdido solían ser, como decía, aquellas que no habían llevado a término su recorrido hasta los labios, y que solían venir del Sur, esto es, del Corazón. 
     No todas las palabras no dichas habían frenado su trayecto en el mismo punto. Las había que llegaban solamente a la salida del Corazón y, envueltas en timidez, volvían a casa con la idea de quedarse allí encerradas para siempre. Otras caminaban largo rato, pero al llegar a la altura del pecho paraban en seco y caían al chocar con la bocanada de aire que hinchaban los pulmones como gesto preparatorio del momento. Nada. Ese momento no llegaría. Pero había algunas que partían dispuestas a llegar hasta el final, decididas, con arrojo y que inesperadamente frenaban al entrar en la garganta y darse de bruces con un nudo que les bloqueaba el paso. Es cierto que había también un pequeño grupo que alcanzaba la punta de los labios, pero tanto era el desgaste que empleaban en el camino y era tan escasa la fuerza que les quedaba, que al tocar el extremo de los labios apenas eran oídas. Se convertían en un simple susurro. 
    Sea cual fuera su caso, finalmente eran todas llevadas a ese desconocido lugar, quisieran o no, pues habían incumplido la más importante de sus obligaciones: ser dichas. Ellas sabían que las palabras debían ser expresadas. Su cometido era ese, fuese cual fuese su clase, su nivel de perfección, su adecuación. Si una palabra nacía de un pensamiento o de un sentimiento tendría que hacer todo lo posible por ser comunicada. Pero ellas no lo habían conseguido, no se habían atrevido a hacerlo por alguna causa. Pero algo resultaba sorprendente. Al llegar a su nueva patria se daban cuenta de que no era un castigo como habían creído en un principio. Enseguida veían que el lugar era apacible y que no había nadie más allí, salvo más palabras como ellas. Bueno, olvidaba contar que había un puñado de ellas que no venían del Sur, sino del Norte, pero a esas nadie les hacía mucho caso. Eran un tanto raras, imprevisibles y estaban siempre apartadas haciendo cálculos extraños. Tras un tiempo conociéndose entre sí se les hacía llegar un mensaje por medio del cual se las reunía en una cueva al caer el sol. Un tanto temerosas solían acudir y allí encontraban tan solo una nota en la que se les hacía saber que aquel viaje era una nueva oportunidad para cumplir con sus obligaciones. Las palabras no dichas tendrían una segunda ocasión, pero esta vez las cosas se harían según las leyes del lugar. Se encogían de hombros. Eran tales los nervios que las invadían que las palabras no dichas se revolvían y mezclaban sus letras entre sí. Las eñes se agitaban tanto que se les despeinaba su flequillo. A las emes les salían cuatro patas y no tres de lo mucho que paseaban arriba y abajo por el cabreo de no saber qué pasaba allí. Las zetas abandonaban aceleradas su última posición y corrían hacia la cabecera, donde se encontraban con las aes. Y las aes, ¡ay las aes!, esas se ponían bravas, que para eso eran las primeras del abecedario. El caso es que siempre ocurría igual cuando un nuevo grupo de palabras no dichas llegaba a la cueva, pero pasado el momento de incertidumbre volvía la paz. Sorprendentemente las palabras no dichas eran tranquilizadas por una dulce voz que les revelaba el modo de pronunciarse de una vez por todas. Todas escuchaban atentas y observaban con los ojos abiertos como platos, hasta las que venían del Norte. Todas acababan esbozando una sonrisa de liberación al oír cómo. 
... Por escrito. Sobre el papel. Las palabras no dichas tendrían ahora la oportunidad de ser escritas con toda la calma que ellas necesitaban, para cumplir así con su misión: expresar todo aquello que viene del Sur.




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