LAS CARAS INVISIBLES DE LOS MALOS TRATOS

     Lucía se ha levantado con algo de prisa para ir al instituto. Se cepilla su larga melena de color castaño. Vaqueros, una camiseta blanca, una chaqueta gruesa de punto, zapatillas deportivas y una gran bufanda. Aún tiene sueño y seguramente lo tendrá durante toda la mañana. Esta noche no ha dormido mucho porque estuvo hablando hasta casi las tres de la mañana con su novio. Bueno, quien dice hablando dice discutiendo desde prácticamente las once de la noche. A esa hora recibió un whatsapp de él que no pudo contestar hasta unos cinco minutos después, aunque estaba en línea. Después de ese whatsapp vino otro, y luego otro. El mosqueo fue monumental, porque sabiendo que él estaba enviándole mensajes, ella continuaba con la conversación que tenía entre manos, con quienquiera que fuese. Y mientras, su novio esperando. Cuando llegó al fin el momento de contestarle, él le hizo ver su enorme cabreo. Las horas de hablar con la gente eran un poco tardías, habría que adivinar de quién se trataba. Si ella le había dado prioridad seguramente se debía a que era alguien importante, quizás un chico que le gustaba y muy probablemente pasaba ya bastante de su novio. Este le pidió explicaciones. Necesitaba saber con quién hablaba, cómo se llama, dónde estudia, de qué lo conoce y desde cuándo tienen relación. Él necesita decirle que no le gusta que hable con otra gente, con otros chicos, a esas horas, y que le gusta menos aún que lo tenga en espera de respuesta como si fuera un mindundi. Necesita decirle que, en su opinión, le está faltando al respeto. Y así lo hace. Se lo dice. Cuatro horas de conversación intermitente por whatsapp que pronto toma el tinte de discusión que se sale de tono y de interrogatorio. Cuatro horas de una conversación de esas que no son la primera vez que tienen. Ni mucho menos. Cuatro horas de conversación en las que ella llora y llora sin cesar, hasta las tres de la mañana en que cae rendida. De hecho los últimos whatsapps los ve ya al despertar. Son tres. El primero llegó a las tres y veinte en el que él le dice que no se esperaba que fuese la típica tía que mamonea y se tira a todos, y que ni se le pase por la cabeza ponerle los cuernos.
El segundo llega a las cuatro menos cuarto y dice que viendo que le da igual, ya quedará él con quien le parezca, que hay un par de amigas por ahí con las que suele quedar y que están mucho más buenas que ella, con más tetas y mejores culos, y que follan de vicio. El tercero llega ya a las siete de la mañana. Dice tan solo: "Pero, ¿no ves que todo esto es porque te quiero? Eres mi chica y no me gusta que otros te mamoneen porque sé que te quieren echar un polvo. Que yo soy tío, ¿qué crees? Si les hablas es porque tú les estás diciendo que también quieres y ellos van a pensar que eres una puta. Y no lo eres, ¿verdad?" Lucía ya no deja esperando a su novio al teléfono. Lo lleva consigo incluso al baño. Si él le escribe un mensaje, ella contesta al minuto. Y nunca suele ponerse de conversación de whats más tarde de las diez de la noche, salvo con él. Al fin y al cabo es su chica y de nadie más. 


      Es domingo por la tarde, uno de esos días tontones sin muchos planes y con algo de resaca. Son las cinco y Adrián llega a casa de su amigo Javi. Viene de muy mal rollo porque acaba de tener movida con su novia. La noche anterior salieron. Esta vez con el grupo de ella. Estuvieron haciendo botellón un buen rato, echando unas risas y contándose las cosas de la semana. A eso de las dos fueron a uno de sus garitos habituales. Se tomaron un par de chupitos y estuvieron bailando. De pronto Adrián vio a unas compañeras de la facultad y fue a saludarlas. Estaban echando un rato de charla, unas risas y alguien tiró de su chaqueta por detrás. Era su novia diciéndole que se iba para casa, que si tenía para mucho. Adrián le dijo que era muy pronto y le preguntó por qué quería irse ya. Ella con cara de pocos amigos le dijo que no tenía por qué estar ahí viendo cómo pasaba de ella y chuleaba con esas zorras. Adrián se enfadó y le dijo que por qué tenía que insultar a sus amigas y que él no estaba haciendo nada malo, solo hablar. Su novia no cedió y se marchó. En la siguiente media hora el teléfono de Adrián se llenó de mensajes. Unos diecisiete. En uno de ellos decía que si le hacía eso era porque no la quería y que si la dejaba por otra era capaz de hacer cualquier barbaridad. Esa noche Adrián no pegó ojo. La llamó varias veces, pero ella tenía el teléfono apagado. El domingo por la mañana volvieron los whatsapp. Y después la conversación cara a cara, en la que ella le recriminaba por tercer fin de semana en un mes lo mismo. Parecía tener muy claras sus razones:  "No me quieres, Adrián. Si me dejas me mato". Adrián le contó todo a Javi y le dijo que quería a Sara con locura y que tenía miedo de que pudiese hacerse daño. Acababa de bloquear en whats a sus amigas de la facultad. No quería problemas. Han pasado dos meses desde entonces y Adrián y Sara ya no salen con más gente, solo ellos dos. Pero Sara le echa en cara que con ella se aburre y que seguro que en la Universidad están todo el día de juerga y de tonteo. Adrián hace tiempo que ya no sonríe.


        Marta y Óscar van a salir hoy. Es viernes y acaban de pasar la evaluación. En una semana tendrán vacaciones en el instituto. Son las ocho y Óscar pasa a recoger a Marta. La espera abajo, en su portal. Cuando la ve aparecer se le cambia el rictus de la cara. Serio y con poca voz dice un hola seco y antipático. Marta se le acerca a darle un beso, pero él no pone mucho énfasis. La mira de reojo y le dice: "¿tú te has visto?". Marta lleva puesta una minifalda vaquera y un top de algodón. Casi instintivamente da un par de tirones a la falda hacia abajo y hacia abajo también dirige su cabeza. No dice nada, tan solo le pregunta si quiere que suba a cambiarse como otras veces. Él la coge de la mano y la dirige hacia el coche con él, diciéndole que tienen prisa. Al rato llegan al local donde han quedado con los amigos de Óscar. Allí están también un par de chicas, novias de algunos de ellos. Están tomando algo, hablando, vacilando,... Marta se pasa la noche incómoda, tirando de la falda hacia abajo una y otra vez. Óscar se da cuenta a cada momento y cada vez está más serio. Las chicas se van. Han quedado con unas amigas y le dicen a Marta que si quiere ir con ellas. Marta sonríe en un primer momento, porque seguramente se lo pasará mejor que con las conversaciones de los chicos. Mira a Óscar y automáticamente les dice a las chicas que no, que prefiere quedarse allí. Pasa el tiempo como puede, juega con el móvil, whatsappea, ve fotos. Después de un rato va al baño y al volver ve a Óscar con su móvil en la mano. Él ni se inmuta al verla regresar, al fin y al cabo es su chica y puede coger su teléfono cuando quiera. Ella se sienta y ve que él revisa sus conversaciones de whats, se le acerca al oído y le dice:  "Ya me contarás, con quién cojones estabas hablando antes; y conmigo al lado. La próxima vez que me humilles delante de mis amigos, te enteras". Marta no dijo nada. Esperó hasta que él quiso irse a casa y no volvió a decir una palabra. Ni a coger el móvil en toda la noche. Ni a usar minifalda. Si lo quería, no estaba bien ofenderlo ni hacerle enfadar.



   El maltrato tiene mil colores. Algunos enmascarados de amor, entrega y debilidad. Nunca aparece de la nada. Nunca nace sin un germen de control enfermizo, de posesión, de cosificación y de amenazas disfrazadas. No siempre es físico. Y cuando este se da nunca lo es de modo único. Más allá de un ojo morado hay una voluntad anulada. Más allá de una mano inquisitiva y no consentida en la entrepierna, hay también un insulto sexista. Mas allá de una bofetada, hay también un chantaje emocional y una usurpación de la propia vida. Más allá de la consideración de un mierda, hay un novio al que se le llama pelele. Más allá de una puta, hay una novia a la que se le considera poco entregada y frívola. Todo ello es maltrato. Y todo ello es el pan nuestro de muchas relaciones de cada día. Cotidiano. Normalizado. Invisible. 


25 de noviembre de 2016.
Observa.
Siente(te).
Calibra.
Piensa.
Decide.
Y actúa.


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ANEXO

    Horas después de escribir el artículo aprovecho para matizar una cuestión de la que llevo hablando días tanto en mi ámbito privado como en el profesional. Popularmente se le ha dado a este tipo de violencia denominación de "violencia de género". SIn embargo he de hacer una apreciación desde el punto de vista puramente lingüístico y como profesional del campo que soy. Hace unos años, cuando la sociedad comenzó a concienciarse de esta lacra y a contabilizar el número de víctimas agredidas y de víctimas mortales, se trató de buscar un nombre que pudiera extenderse a todos los ámbitos de uso. La sociedad, la prensa, la legislación,... Se pensó en el que hoy existe, "violencia de género" y al paso salió la Real Academia de la Lengua aconsejando lo inapropiado o incorrecto del término, aduciendo que las personas no tenemos género, sino sexo, persona de sexo masculino y persona de sexo femenino, siendo las palabras (sustantivos, adjetivos, pronombres y determinantes) los que tienen género masculino y femenino. La opinión pública, más bien los representantes políticos hicieron caso omiso y la cuestión quedó como ya sabemos.
Entendida ya dicha cuestión deberíamos pensar si aún así el término, incluso corregido, recogería, semánticamete hablando, la carga de significado a la que se pretende aludir. ¿Tal violencia se ejerce por el hecho de la diferencia de sexos o por el sentido de posesión y propiedad en el seno de una relación sentimental? Se pensó asimismo en la expresión "violencia doméstica", pero en tal caso quedarían fuera todos aquellos que no conviviesen bajo el mismo techo, esto es, parejas de novios, por ejemplo o exparejas que no superan la separación. Se contempló igualmente "violencia de familia", pero sería esta más adecuada para los casos de violencia ejercidatanto al conyuge como de padres a hijos o viceversa. No tengo una propuesta en firme para tal desastre social, tal vez violencia sentimental, porque se ejerce en el ámbito de una relación tal. Y consideraría aparte los casos en los que no hay vínculo y aquella se ejerce como muestra de dominio físico y/o psicológico de un sexo al otro; hay para ello además la denominación de delito de agresión y/o abuso sexual o de discriminación por razones de sexo.
     Puede pensar cualquiera que el nombre no es importante. Desde luego que el asunto aquí es lo que prima, de eso no hay duda. Sin embargo, me ofende que al nombrarlo alguien inocente pueda sentirse discriminado, poco considerado o incluido injustamente, y hasta el momento así estoy recogiendo varios ejemplos.


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