UNA MUJER QUE AMA ES INDESTRUCTIBLE

    Llueve. Cae el sol y llueve. Estoy metida entre libros, entre ganas inmensas de letras y de historias, con hambruna de páginas ya escritas y de otras en blanco que esperan ser llenadas. Por mí. O eso dicen ellas. Al menos me miran desde abajo con ojillos de pedirme que empiece. Tan formales y tan monas, ellas. Tan descansadas aún, antes de que yo les meta mano con mis idas y venidas. Resultan tremendamente tiernas e inocentes; jóvenes, inexpertas y vírgenes. Me ablandan el corazón y les hago caso.

Me preparo un café, no ha de faltar. Y sí, ya sé que pasaron hace rato las cuatro de la tarde, pero necesitaba uno. Escribir sin café no es tan emocionante, permíteme que te lo diga. Pienso en que es buen momento para ello y en que es una de esas tardes que empezó con la necesidad de hacer mil cosas a un tiempo. En en ello estoy. Me encuentro especialmente prolífica. Imaginativa. Creativa. Y a la vez con la sensación de tener una frase en la punta de la lengua a punto de caérseme y una idea en la cabeza a punto de tomar forma. Se encuentran indecisas. Tanto como un aprendiz de nadador a punto de saltar del trampolín. Pero no importa, ya saldrán cuando estén listas. 

    Ahora me dispongo a escribir sobre un tema que me lleva rondando todo el día, a pesar de haber comenzado desordenándome y contándoos los pormenores de unos prolegómenos con pinta de desvaríos. El caso es que deambulo por una idea surgida esta mañana, a raíz de releer una frase de Steinbeck en la que decía de que las mujeres podíamos llegar a ser más fuertes que los hombres. Emocional y psíquicamente hablando, naturalmente. Y añadía que esto sucedía especialmente si esa mujer albergaba amor en su corazón. "Una mujer enamorada es indestructible", declaraba. Siempre puse en duda esa afirmación. Me decía a mí misma que, muy al contrario, una mujer enamorada se convertía en un ser hipersensible y vulnerable, con un punto débil determinado y muy identificable: su amor. Pero pequé de básica y simplista. Y me remplantée que si Steinbeck así lo creía, sería cierto. Con tres hermanas y casado tres veces, algo sabría el angelito. La cuestión es que traté de ubicar tal fortaleza y no tardé ni diez segundos en verlo. Lo que hace imbatible a una mujer enamorada es la defensa a ultranza de sus sentimientos. Una mujer enamorada se atrinchera en la idea de no cesar de sentir y de no permitir que nadie le arranque esa sensación tan preciada. ¡Porque es suya! Y menos aún si considera que el peligro procede de un error de cálculo, de una obstinación, de algo evitable o de un desatino. 
Una mujer que ama de verdad, que siente con las entrañas, cubre su amor con ambas manos y defiende como una gata, con uñas y dientes, su mayor tesoro: su sentimiento. No permite que nada ni nadie meta el cuchillo en lo que le posee el alma y rara vez se rinde. Podrá caer, pero resurgirá más tarde. No se destruye, pues, se reconstruye. Con las lecciones aprendidas, con las heridas convertidas en cicatrices visibles que le recuerden qué hizo mal, con mayor fuerza y empuje. Una mujer que ama no se rinde tan fácilmente. A eso se refería Steinbeck. Ya lo entendí. Por eso mis cenizas se ponen de nuevo en pie y dan nueva forma a la mujer que soy.

     Me he aplicado el principio. Y al final va a resultar que tenías razón. Que nunca habías conocido a nadie que pudiera ser más fuerte que yo. Y si pienso en lo que decía Steinbeck, quizá tengas razón. Tanto tú al juzgarlo, como yo al ponerlo en duda, subestimamos y olvidamos el hecho de lo mucho que (te) quiero. Ahora me encaja todo y ahora sé de dónde procede mi fuerza. 













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