NADA QUE PERDER. NADA SALVO MI AMOR

   Había una vez,... la había, claro que la había. Una cíclica y repetida experiencia de destructura faz que a la par traicionera y semioculta atacaba en lo oscuro. En lo más negro y tenebroso. En el más gélido y ronco rincón. Su elegida y preferida víctima solía ser una alma confiada a la vida; izada una y otra vez desde la más profunda de las simas; mordida no ya en la piel, sino en el músculo y el hueso; y con los ojos brillantes. Con ese brillo que da el ver la verdad de la vida. La cara más cruel, la luz más bella, la pérdida más amarga, el amor más profundo, la escuálida carátula, la impotencia más áspera. 
   Pues bien. Toda vez que la amenaza aterroriza a su víctima, no ha de hacer mucha fuerza para vencerla en voluntad y cordura. No demasiada, no. A poco que lo intente ya lo logra. A no ser,... a no ser que descuide un pequeño detalle. Y es que el ser más pequeño en apariencia, más débil de sentimiento, el más herido, aquel con el llanto denso y la cabeza cargada de juicios insanos, ese ser es quien no se asusta ante el destrozo. Ya lo ha visto. Ya lo ha sentido. Ya le faltan partes de sí de guerras anteriores. Ya conoce el nombre de las cosas. Y ya lo perdió todo en varias ocasiones. ¿Qué más le queda? Solo guarda una cosa consigo, solo una. Del resto está desnudo. Solo tiene su amor. Y el resto ya no importa.

   Podrán llamarme loca. Kamikaze. Inocente. Estúpida, tal vez. Podrán creer que me desperdicio con el pasar de los años. Podrán decir lo que quieran. Pero hace tiempo que no hago oídos a ningún ruido ajeno. Porque yo sí le he escuchado la voz a la faz destructura. Y llevo ya un buen tiempo diciéndome que no tengo nada, absolutamente nada que perder. Nada salvo mi amor. Y antes soy capaz de matar a quien se me ponga por delante. Y el resto,... poco me importa. Pero claro, hay que estar en mi piel para saberlo.

                                                                                                G.






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