ESCUCHAR LOS SILENCIOS

    De entre la enorme cantidad de cosas que nunca debemos dar por hechas, la primera en la lista es cómo somos.

    Hay quien no se conoce en absoluto, quien ni lo intenta y a quien ni se le ha pasado por la cabeza la cuestión. Hay quien sabe de qué pie cojea y cuáles son sus grandezas, pero sin hurgar demasiado. Para él hasta ahí es suficiente. Y hay quien está en continuo proceso de autoconocimiento, observante y atento a los cambios; a los ya producidos y a los que se demandan. Pues bien, a pesar de que este último ejemplo sea el más  sustancioso, tiene una pega. Siempre hay una pega. No hay muchas cosas de diez. Esta tampoco. ¿Qué le sucede al que se pasa el día dándole al coco? Conclusiones por aquí, hipótesis por allá, deducciones firmes, intuiciones varias, sospechas pseudoinvisibles,... Total de la totalina: una locura de frenopático. Y mayor índice de error que el que no piensa, eso es de libro. Y es que si el pensamiento da para abrir la mente, también puede traernos el contrapunto y puede convertirnos en inflexibles en algunas ocasiones. Esta es la famosa pega. ¿Quién me dice a mí que después de estar dale que dale a la cabeza, después de sacar mis conclusiones bien probadas y argumentadas, después de ese esfuerzo inteligente,... las cosas no pueden ser de otra manera? "¡Imposible!", diría.

    Juro que no es soberbia, que no se trata de prepotencia ni de un exceso de ego, pero reconozco por escrito que en determinadas ocasiones, temas, estados,.. me ha costado y me cuesta ver algunos trasfondos de otro color. Acostumbradísima a oír que tengo las cosas preclaras, y que darme un consejo u opinión es inservible -¡manda oeufs!-, hoy digo que por más mente pensante que yo sea, por más empática que intente resultar, adolezco de dos patologías. Que nadie se lleve a engaño, que soy tan obstinada en mis cosas como el que más. Quien lo sabe, lo sabe bien. La primera es -y aviso con ello a quienes pueda corresponder-, que estoy siempre tan ávida y necesitada de consejos, tan predispuesta a recibirlos como el resto. Dicho queda. La segunda, que me aferro tanto a esas conclusiones mías tan reposadas que en consecuencia me anula a veces la capacidad de ver desde otro prisma. Y repito que no es por cabezonería o por negarme a contemplar que hay otras posibilidades, sino porque miro y miro y realmente no veo la figura. Cambio la distancia, el ángulo, el enfoque,... y nada, no lo veo. Es un proceso de mi cerebro que reconozco perfectamente y que deja mi percepción a oscuras. Tanta intensidad y atención recorriendo un camino, que no me he dado cuenta de que quizá haya algún sendero semioculto por ahí.

   Así que en forma de mea culpa entono hoy estas líneas a raíz de unas palabras recientemente oídas que han venido para repetir algo que ya me había detectado a mí misma. Esa cerrazón puntual ataca directamente a dos pilares de la mujer que soy: la empatía y la capacidad de escucha. Abanderada de la primera, he de recordarme que esa ceguera ocasional la apuñala directamente en el corazón. Porque fácil resulta ponerte en el lugar del otro cuando se enfrenta a un terreno que tú conoces. Lo difícil es ponerte en su piel cuando parece que te habla en chino o cuando atraviesa un sentir absolutamente inédito para ambos. Y en cuanto la capacidad de escucha, tres cuartos de lo mismo. Conversadora inagotable en fondo y forma, sé que sé escuchar. Me gusta, lo necesito, me llena ofrecerlo. Sé que lo hago. Y dar la réplica. Y ofrecer confianza. Y aportar mi visión. Pero hay algo que no había tenido en cuenta. O mejor dicho, algo que sí tenía presente, pero que de cuya fuerza dudo u olvido enseguida: escuchar aquello que no se dice. "Debes escuchar más", me han dicho. "Y no es que no lo hagas, en absoluto, sino que...". Exacto,... sino que me dejo en el tintero información esencial. Lo no pronunciado. Aquello que es callado por múltiples motivos. Que no se atreve a salir o que es paralizado por el miedo. Que aún no se ha descubierto o que es deliberadamente omitido.
Sea cual sea el caso, mi objetivo a alcanzar es aprender a escuchar los silencios. Esos valiosísimos silencios. Y, junto a ellos, detectar lo que se halla tras las contradicciones; de palabra, de obra y de omisión. Tratar de no asirme tan fuertemente a determinadas expresiones bien oídas y sobreanalizadas, y escuchar con más fuerza lo que está falto de sonido, pero es rico en gestos y en significados. 
  Me doy cuenta. De que no siempre he sabido escuchar lo que se encuentra más allá de las palabras. De que en lo que no se dice hay siempre una gran carga comunicativa. De que llegar a oírlo y traducirlo es todo un logro.  Y de que tengo deberes.


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