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INTRODUCCIÓN
   
    Año 1999. Como cada semana acudo con mi novio al cine a la sesión de las diez de la noche. Hoy toca una de ciencia ficción. Cinéfila empedernida, no es mi género, pero pinta bastante bien. Durante más de dos horas me quedo pegada a la pantalla por arte y gracia de una peli que cambiará mi opinión del cine fantástico, pero que sobre todo meterá una idea en mi cabeza que variará el ángulo con el que desde entonces mire nuestro propio mundo, el sistema que conformamos y nuestro papel en él. Por obra y gracia de una peli, sí; por obra y gracia de la pareja de directoras y hermanas Wachowski; por obra y gracia de... Matrix
    Más que la obra artística en sí, a la que habrían de seguir dos más que cerrasen el círculo de la trilogía, el sello que quedó en mi piel y en mi cerebro fue el del propio eje argumental (parábola de las filosofías de Baudrillard). ¿Imagináis que el mundo que conocemos, nuestro nacimiento, vida y muerte, nuestro día a día, es todo una realidad virtual y alternativa creada por inteligencias artificiales con el único fin de someternos? Esta es la idea de Matrix. Y este es uno de los conceptos más clásicos de la filosofía. En la película habrá quienes, una vez averiguado el engaño, opten por continuar con esa vida ficticia, una vida en apariencia más placentera y plagada de estímulos, pero falsa. Habrá, en cambio, quienes renuncien a ella y a sus deleites, eligiendo una realidad  inhóspita y la verdad por encima de una vida acomodada. Filosofía pura, como digo. Ni más ni menos que lo que promulgó Platón en su Mito de la Caverna: conocimiento versus ignorancia; la creencia de que la imagen falsa e irreal de lo que vemos y se nos enseña es la verdad. 
    Aterrador, ¿verdad? Como digo, desde ese momento mi prisma cambió. O para ser justa diré que lo que cambió fue la visión práctica del asunto. Aun joven como era entonces, ya me había hecho mella la filosofía estudiada hasta el momento. Las ideas de Platón, naturalmente, o de Marx y su concepto de alienación. Igualmente las ideas recogidas en la literatura, en los libros de historia o en el cine; me vienen ahora a la mente dos películas con casi cincuenta años de diferencia: Tiempos Modernos, de Chaplin (1936) y Terminator, de James Cameron (1984). Mismos principios, mismo pensamiento crítico. Aterrador decía, pero de teórico, de hipotético, de divagación o de historia de ficción no tiene absolutamente nada, porque nos encontramos justa y exactamente en medio de una realidad diseñada y prefabricada por nosotros mismos, en la que, eso sí, la tecnología ha sido sentada por nosotros en butaca preferente.


PRIMERA PARTE: ¿ Sabemos qué estamos viviendo?

   Realmente espantoso. Y descorazonador. Pero hoy por hoy todos sabemos que vivimos dentro de un mundo levantado artificialmente para recrear una realidad alternativa. Ficción dibujada en colores pastel y con tintadas de sangre. Sufragada sobre imágenes mentales de dinero que nadie ve, ni nadie toca, pero que gestiona el negocio, al tiempo que sirve de cebo para atraer a la presa  e impulsarlo para que produzca más. Estimulada por el ansia de poder. Y cimentada sobre la deshumanización del individuo. Dicho así, y sin revelar nada nuevo, ofrezco una queja común en muchos y un conformismo aún más habitual en otros muchísimos más: "Esto es una mierda, pero que no me quiten nada de lo que ya conozco ni de lo mío". Pero lo que realmente me interesa pensar, como tantos habrán alcanzado antes que yo, es la cuestión de qué demonios le ocurre al ser humano para autoinmolarse de esta manera. Crea artificios para destruirse a sí mismo, haciéndose creer que transita por una existencia mejorada, más grata y más valiosa. Eutanasia vestida de autoengaño.
 
  Antes de rascarme la cabeza y tirar del cómo diantres somos tan imbéciles, ofrezco cuatro pinceladas para incrédulos que dejan sobre el tapete leves muestras de la pantomima de vida de plástico que hemos creado y que puede hallarse en cualquier vida corriente de este 2016, de los inicios de este siglo XXI. A ello. 
   Visualicemos la siguiente historia. Nace un niño. Viene al mundo por cesárea programada. Sus padres cuentan ya con una edad en la que les resulta difícil tener hijos, pero es su sueño, así que no escatiman. Relaciones sexuales programadas, sustancias químicas embotadas que palíen las deficiencias de los elementos que habrían de estar allí por vía natural, y finalmente fecundación en la clínica. Hay embarazo. Felicidades. Ambos trabajan desde hace unos cuantos años, tienen carreras en las que por fin se encuentran algo asentados. Habían pensado en ser padres hace ya algún tiempo, pero sus relaciones anteriores fracasaron y el proyecto quedó inconcluso en ambos casos. Se conocieron a través de una red de contactos, pero de esas que por un dinero al mes te garantizan la compatibilidad con tus citas. Su falta de tiempo les impedía salir a relacionarse con otros, pero se encontraron y al poco ya estaban viviendo juntos. Es increíble lo rápido que ha pasado todo, pero hoy, por fin, van a tener a su hijo. Bonita historia, sí. Al fin y al cabo se trata de dos personas que traen al mundo a un bebé muy deseado. Pero lo cierto es que la historia podría haber sido mucho más bonita aún, por sencilla y natural. Ambos saben que las cosas no han sido fáciles. Estos dos futuros padres ya querían formar una familia cuando ellos mismos eran casi unos niños y ni siquiera se conocían entre sí. Crecieron y se les dijo que tenían que estudiar, estudiar mucho para conseguir un buen trabajo que les dotase de las comodidades necesarias para tener una buena vida. Y así lo hicieron. Obedecieron y estudiaron. Ambos se relacionaban con sus novios mientras tanto. Sus historias no eran muy diferentes la una de la otra y cualquiera de las dos puede servirnos de ejemplo. Aún recuerdan la de tardes y noches en las que no pueden salir ni verse con sus parejas por quedarse estudiando. Muchas veces discuten por eso. Terminan sus estudios y comienzan a buscar trabajo. Querrían irse a vivir juntos, pero el panorama no es demasiado positivo y hay que esperar y esperar. Discuten por eso. Llega el primer trabajo. No es gran cosa, pero al fin es algo. Se plantean alquilarse un apartamento, pero con un solo contrato y tan precario no se puede. Discuten por eso. Nuevo trabajo, mejores condiciones económicas pero muchas horas. Discuten por eso. Por fin trabajan ambos. Primero se van a vivir juntos de alquiler, después se plantean una hipoteca, pero tan solo uno de ellos tiene estabilidad y el otro no se atreve a dar el pso. Discuten por ello. Uno de ellos propone la solución: de momento la propiedad será tan solo de uno de los dos y cuando el otro pueda, bastará con visitar al notario e incluirlo. Al fin y al cabo solo es cosa de dinero. Pero no importa, tienen ya su nido. Deciden casarse y lo anuncian. Lo que iba a ser una boda sencilla se convierte en algo mucho más grande. Discuten por eso. Finalmente se dicen que tampoco importa, pues solo es un poco de dinero. Las cosas parecen irles bien. Ambos desempeñan buenos puestos de trabajo, cada vez con más responsabilidad, una buena casa, dos coches; eso sí, falta de tiempo. Discuten por eso. Ambos suelen llegar cansados, sin muchas ganas de compra, de cada, de cocinar... Afortunadamente hoy día hay mil recursos para compensar la falta de tiempo. Una noche normal, por ejemplo, una pizza al horno y a dormir. No es muy nutritiva, pero es rápida, y de todos modos por la mañana no descuidan en el desayuno los complementos alimenticios que compraron en la farmacia para aguantar el día y más hoy que toca gimnasio. No es plato de gusto, pero si así van a compensar la pizza de la noche anterior, un poco de esfuerzo merecerá la pena. Eso y cosa de dinero. Así pasan los días,... en la voragine de lo  cotidiano. Cansancio a veces, el humor tocado otras, la falta de actividaes en común muchas más. Discuten por eso. Y un día se nombra la palabra hijo. Se les alegra la cara de pensar en ponerse a ello, pero saben que sus trabajos les absorben. Discuten por eso. Y posponen. Tiempo después sale el tema de nuevo. Aún no es momento. Y discuten. Apenas se ven. Apenas se cuentan. Y ya no recuerdan que les llevó a compartir sus vidas, más allá de salir juntos con aspecto impoluto cada mañana a trabajar, de compartir el bono del gimnasio, de la sesión de terapia de pareja para hablar con la psicóloga de por qué ya no hablan entre sí, y de la pizza para la cena que uno no comerá porque está pagando a un buen dietista. Discuten por eso. Discuten por todo. Y un día dejan de discutir de camino al abogado al que pagarán por disolver sus bienes, por sacar de la hipoteca, -aún sin pagar-, al que se incluyó tan solo cinco años atrás, y por divorciarlos, casi por el mismo precio de lo que costó su banquete de boda. Más terapia. Más costes, pero es necesario. Tan solo es dinero. Y cada uno por su lado. Con tiempo reharán sus vidas y encontrarán respectivas parejas. Para uno de ellos su día es hoy. Al igual que para otro individual de la historia paralela. Ambos serán hoy padres al fin deun niño fruto de una cita programada, una historia programada, un embarazo programado y un parto,... también programado. Ese niño es esperanza, luz,... Llega cuando sus padres ya son algo mayores de lo que planearon, pero llega esperado. Después de mucho pensarlo, se criará en casa los dos primeros años. Han encontrado para los primeros meses a una buena cuidadora, carísima, pero compensa, así que ambos van a volver al trabajo enseguida y más ahora que todos son gastos. No habrá tiempo de dar el pecho, pero habrá biberón y leche de  continuación. Al fin y al cabo en nada irá a la guardería, ya tienen plaza.Allí y en el cole bilingüe a partir de los tres años, inglés, piscina para peques,... Este niño viene con un pan debajo del brazo.

SEGUNDA PARTE: Somos imbéciles, pero ¿por qué?

    Esencialmente porque somos cómodos, egoístas e individualistas. Imbéciles los protagonistas de la historia anterior, imbéciles somos todos, por tanto. Estaba asegurado que a la vista de cómo funcionamos, yo me formulase la pregunta de cómo hemos llegado a este punto de vacío vital en el que el crecimiento de medios que fomenten y faciliten esa vida irreal y plastificada es exponencial. Y más que eso. No sólo cómo hemos llegado a ese punto, sino por qué y cómo es posible que viéndolo y sabiéndolo, continuemos alimentando a la bestia.
    Indiscutiblemente lo que hoy planteo es una espiral de la que resulta prácticamente imposible salir. Cada uno de los pasos que damos desde que nos levantamos hasta que nos dormimos forman parte ese perfecto engranaje de reloj suizo, en el que el movimiento de una de sus piezas da lugar al de la siguiente. Las salidas del sistema están blindadas, no se nos permite, y lo que es peor: están blindadas por nosotros mismos. No nos lo permitimos. Ni tampoco queremos. Todos somos centinelas, verdugos y víctimas. No obstante, diré que nos resulta del todo cómodo permanecer en este tipo de vida en la que si algo no existe, lo inventamos. Si algo cuesta esfuerzo, lo sustituimos por algo más asequible. Si algo no da placer y beneficios inmediatos, cae en el olvido. Tenemos demasiado adquirida la idea de que la vida pasa demasiado rápida, tempus fugit, cosa que es cierta y principio positivo, pero muy mal entendido por nuestra parte. Por lo tanto, ¿para qué molestarnos en salir de un sistema que es principalmente confortable? Ir contra corriente supondría, además de un gran desgaste, afrontar muchos quebraderos en nuestras relaciones con el resto y en especial con nuestro propio yo, viciado ya a un modo de vida adictivo.
   Tirando de este hilo me doy cuenta de que en efecto parece que este decorado universal es de carácter ultramoderno. Todas y cada una de las herramientas que tomamos en nuestras manos desde que comenzamos el día se encuentran al servicio una vida llena, inmediata, más cómoda; y la mayor parte de ellos no cuenta con una vida de muchas décadas. Sin embargo, eso es tan solo circunstancial, tan solo la herramienta, que no el verdadero medio ni el fin. Desde que el hombre puso un pie sobre la faz de la tierra ha pretendido, y logrado, ganar en comodidad, rentabilizar el esfuerzo y aumentar sus ganancias. A eso le llamamos evolución, y ciertamente, no es en absoluto contraproducente.  Ese es el fin. Cuando parece que se ha inventado todo, se da un paso más. Como todo cambio, como todo avance, trae pegados a sus beneficios sus desventajas y peligros, pero se asumen como daños colaterales. Y tras eso se crea algo superior para neutralizar sus efectos nocivos. Y casi siempre es peor el remedio que la enfermedad, pero el bien inmediato se ha conseguido y todos sabemos lo que priman la inmediatez y el sentido de urgencia. Se supone que si hacemos balance ganamos, ¿no? Contesto con un rotundo no. Perdemos, pero con humillante derrota. Hemos perdido, perdemos y perderemos mientras que el precio a pagar sea el sacrificio y daño del alma. No damos importancia a todo cuanto perdemos, porque consideramos que la ganancia es mayor. Vendemos auténtica humanidad, auténtica experiencia, a cambio de que se nos den las cosas hechas.
    En efecto, el fin de todo ello es ganar en comodidad y para ello el medio es lograr todo aquello que se supone que está asociado al éxito, puerta de entrada de esa felicidad: poder y dinero. ¿Y cómo hemos llegado a asociar esa vida acomodada y feliz con dichos conceptos? Muy sencillo. Porque se encuentran en las antípodas del trabajo más costoso al que puede enfrentarse un ser humano: el éxito personal a través del conocimiento de uno mismo, de la inteligencia emocional y del respeto de dicho bien en los demás. Conlleva mucho trabajo mental y emocional; y no es rentable; conlleva generosidad y dejar de ganar; y no es rentable; conlleva sufrir mucho en el intento; y no es rentable. Todo lo que necesitamos puede llegar a alcanzarse con dicho planteamiento de vida, pero es tremendamente doloroso estar siempre al pie del cañón. Asimilando carencias o pérdidas, asumiendo decepciones y traiciones, analizando nuestros defectos y miserias, enfrentándose a lo desconocido,... El camino sencillo es apartar toda esa labor y tomar cuanto está frente a nosotros, porque al fin y al cabo: la vida son dos días. Tempus fugit. Así que mientras tanto, sigamos produciendo y engañándonos con toda esta vida guionizada en la que todo ha de responder a unos parámetros establecidos, y a la menor amenaza de que no se cumplen, alarma y a mirar hacia otro lado.

EPÍLOGO

     Esto va por tanto de que otros decidan por nosotros, que piensen por nosotros, que sientan por nosotros y hasta que vivan por nosotros. Que nos digan qué comer, cómo vestir, cómo divertirnos, cómo formarnos, de quién enamorarnos y cómo amar. Que nos digan dónde y cómo vivir, a quién votar, cómo ser gobernados. Que nos digan cómo pensar. Que nos digan cómo morir. 
     Que nos digan,... ¿quiénes? Hablamos de "ellos" como si fueran poderes superiores de una dimensior superior, pero la tal Matrix está al mismo nivel del suelo y la manejamos nosotros mismos. Imbecilidad pues en estado máximo, porque mientras otros deciden cómo ha de ser nuestra vida, nosotros hacemos lo propio con la de algunos otros,...y así sucesivamente.      Por razones obvias, esta mujer poco puede hacer para rebelarse contra Matrix. Sin embargo, en su núcleo más íntimo, en lo que compete a su interior sí puede desempeñar su propia revolución. Y creedme que la lleva. Cada día le pasan cosas que dan vuelta a su vida, que la tumban y desorientan, pero creed también que nunca, nunca toma el camimo fácil.











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