EL OTOÑO HA LLEGADO VESTIDO DE CORDURA

    




     El otoño ha llegado a la ciudad reivindicando oficio y ajustando las cuentas. Aguardaba paciente, aunque dispuesto, por darnos la ocasión de rematar aún algún fleco pendiente. Los últimos baños en un mar ya helado para que los noctámbulos despierten de sus inconfensables fiestas reservadas. Los besos regalados en un rincón cualquiera a algún postor sin nombre. A algún postor sin cara. Las promesas eternas e inclumplidas de un amor de verano que simuló otra cosa. El mundo por montera que trae el rebelarse de algún que otro puñal directo al corazón. Las fotos que mostraban las sonrisas fingidas de un no me importa nada, más que el día y la hora. Mejor la noche pues, y acompañados de los desconocidos que conocen el amargo sabor de pretender sin éxito olvidar algún daño. 


     
El otoño ha llegado sí para traer consigo remolinos de viento del nordeste que se lleven de un soplo la falta de razón. Las dudas. Los juegos sin sentido y el sentido de juego, si se trata de amar. Para traer consigo, junto al viento, las lluvias torrenciales que limpien a su paso las equivocaciones, los terrores nocturnos y las noches de rabia, las discusiones tontas, y los celos fundados e infundados. Y el frío, para menguar las mentes de la temperatura de lo que nos perturba, pero nunca las almas. No las almas.



     
    El otoño ha llegado, sí, y aunque lo condené, ya hemos hecho las paces. Que después de ese viento, de las lluvias y el frío se extiende la quietud. Que sale por oriente con el caer del día un tenue resplandor que ilumina mis pasos. Que van llenando todo las hojas de los árboles y acompañan mi paso pintándome las calles de colores rojizos. Y ese color me gusta, que enciende la pasión apenas con mirarlo.


      El otoño ha llegado. Y no trae el declive, ni el ocaso. Sino la calma. Los sentimientos simples, naturales y limpios. La vuelta a casa. Que por mucho que niegue la mayor, hay cuestiones que son ineludibles, sentimientos que son inevitables, que están dentro de mí pegados a mi piel. Que lo sé bien. Que lo supe hace tiempo. Que aunque cierre la puerta o les vuelva la cara, que aunque grite bien fuerte, cuando llega la calma del otoño me miran a los ojos y me hacen sonreír. Y decirme que ya estamos mayores para perder el tiempo y que el tiempo no quiere que perdamos la fe, ni las fuerzas, ni tampoco las ganas. Ni dejemos de amar. Que tengamos cordura y sentido común, que importa lo que importa, que el resto ya da igual. 





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