CUANDO ENVEJEZCA


     
   Algún día cumpliré los 80, los 85, ¿quién sabe?, los 90. Y miraré atrás en el tiempo, mientras me recuesto en mi butaca junto al mirador que da a la calle principal. Así me pienso. Ambiente exquisito, pero sencillo. Nada ostentoso. Espero oler a mi perfume y que entre los cristales se cuele el sol de esa tarde de verano. No ha cambiado nada y todo es tan distinto, pensaré, consciente de que el niño que corre por la plaza es idéntico a los que ya corrían décadas atrás. Espero entonces haber hecho las paces con lo que no logré. No querría convertirme nunca en un ser frustrado y resentido, de los que no admiten lecciones y muestran sus muescas a quien pueda interesar. Espero asimismo recordar lo bueno frescamente y con vivos colores, como si tuviese los recuerdos gratos guardados en pequeñas botellitas situadas en fila sobre un estante, y dispuestas a ser abiertas en las tardes de buen tiempo mientras me tomo mi café con leche. Y deseo también olvidar lo malo. Pero no borrarlo absolutamente de mi memoria, no, porque bien se sabe que es lo malo lo que nos aporta las verdaderas enseñanzas de esta vida. Por ello ha de permanecer ahí, porque igualmente es parte esencial de mí. Pero sí espero erradicar las sensaciones de rencor o de dolor insoportable, del que no te deja vivir ni dormir, amar ni pensar. Del que te envuelve en pánico. De ese. Haberlo confinado a un rincón inhabitado de mi propia memoria. No me importaría tampoco dulcificar un tanto las cosas, idealizar un poco mis vivencias y a mis seres queridos, porque,… ¡qué coño!,.. es mi vida y yo la disfruto como me da la gana. Y más a esas edades con lo que me quedará ya en el convento. Le pasamos a todo un trapito de polvo, y listos. Me basta con no distorsionar los acontecimientos, porque igualmente confío en seguir dándole a la verdad la misma importancia que le doy y le he dado hasta ahora. Las cosas por su nombre.
     Espero seguir pensando que amé con el alma. Seguir amando entonces. Haber amado siempre. Y saber que en todo momento he dado cuanto hay en mí. Y más. Y después de eso,… más. Espero que mis entrañas hayan encontrado su sitio preciso. Poder pensar en la maternidad con la medida justa que entonces deba darle. Efectiva o no. Realizada o no. Pero siempre valiente. Espero cerrar los ojos en un momento pícaro y saberme inolvidable para alguien. Y sentir que es así y que eso es justo. Espero conservar la mente activa y tener la certeza de que ni por un solo día dejé de aprender. Espero no casarme ni con el lucero del alba. Pero no en sentido literal, no. Sino que mis íes sigan teniendo puntos. Los puntos que yo ponga, si los creo precisos. O los silencios necesarios, que también se reclaman para no estar en guerra eternamente. Tampoco es para tanto la contienda. Y espero, con toda mi alma, haber logrado que al menos una sola persona haya tomado mi mano y haberla ayudado a crecer, a mejorar y a darle luz a algún rincón de su hogar. Y lo demás,… lo demás me lo callo. Porque aquello que se sueña, se persigue, se pretende, pero se cuenta, eso pierde fuerza.




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