TE LO RECOMIENDO

     
      ¿Te has propuesto alguna vez sentarte en serio, con tiempo y verdadera atención a escuchar cómo se sienten por dentro de los demás? Pero de verdad, dejando que se abran sin recurrir a tus ejemplarizantes vivencias. ¿Lo has hecho? Te lo recomiendo.      

      Advierto que no es tarea simple, aunque tampoco es realmente difícil. Se le llama escucha activa. Requiere empatía de la buena, de aquella en la que hay que aceptar lo que escuchas por raro que parezca y por mucho que no se asemeje a lo que tú has vivido, sentido, harías o dirías. De esa. Que te cuenten, que te cuenten,…ya verás. Porque en la práctica es muy posible que observes que hay incluso quien padece experiencias más duras que las tuyas. Piensa en esto. Si te sientas con algunas personas, segura y evidentemente será con quien compartas una cercanía y afinidad considerables, luego será pertinente la conversación y seguro que serás conocedor de alguno de los momentos más crudos que haya tenido que atravesar en la vida o conocerás también de sus experiencias y acontecimientos más relevantes. ¿Sabrías decir cómo se sintió cuando los vivió y cómo sobrevive con ello hoy en día? ¿Le dejó secuelas?, ¿lo sufre aún?, ¿hasta qué punto le afecta?,… Si tienes una relación estrecha con esa persona y no te sabes al dedillo esas cuestiones, ahí tienes la señal inequívoca de que has tratado a esa persona como un personaje secundario de tu propia obra. Has errado de medio a medio. En tu mano está. Ser escuchado es maravilloso, por supuesto. Es necesario, poco habitual y una delicia cuando aparece. Pero requiere una reciprocidad mínimamente aceptable. Y de ahí,... al alza. Requiere preguntar e interesarse detalle a detalle, requiere no pensar que lo tuyo es siempre más. Más grave, más serio, más comprensible, más patente, más urgente… Requiere bajarse del trono, por mucho que se necesite ser escuchado. Si eliges bien, ya tendrás a quien lo haga. Y requiere dejar de lamerse las heridas. ¿Te has propuesto alguna vez llevar a cabo una conversación en la que no se haga constante referencia a tu experiencia, tu sentir, tus necesidades y tus dolencias? ¿Llamar a alguien para ver realmente cómo se encuentra y no para reconducir la conversación a los dos minutos hacia escupir todo aquello que a ti te incumbe o atormenta? Te lo recomiendo, de verdad que sí. No solo serás generoso, justo y empático, sino que resultará hasta curativo para ti. No hay nada más grande que el momento en el que tras observar a los demás uno se dice: "¿De qué me quejo?" Minimizador de daños de máxima efectividad, te lo garantizo. Además es una fórmula increíble para que la gente permanezca a tu lado. Eso es seguro.

      Por lo que a mí respecta, diré que me ha brotado un radar para detectar esos comportamientos. Seguramente sea fruto del hartazgo y de haber cumplido mi cupo de situaciones de ese tipo. Una palabra, una frase, una entonación, … y rápidamente veo por dónde van los tiros, haciéndome pensar: “¿Para qué me preguntas o finges interesarte por mí, si lo que de verdad -o principalmente- te interesa es desahogarte conmigo, y soltarme tu hermosa y omnipresente retahíla?  Se me dispara la señal de alarma. Levanto un muro emocional, y toda la ternura que me provocan esa persona y su vida se congelan durante el resto de la conversación. Y es curioso, muy curioso, porque ese comportamiento repetido me va alejando interior e íntimamente de esa persona. Selección natural. A un lado todos aquellos que de verdad se asomen a mirar qué me está pasando, tanto como yo lo hago; y al otro los que me den el guión de un mero personaje secundario. Y no hay más. Y es que nunca me gustó la gente que se pasa el día lamentándose, cuando al doblar la esquina hay un mundo que se desmorona. Pero esa es mi elección y siempre temí hacerme insensible a lo realmente grave, por el mero hecho de recorrer tan solo las cuatro paredes que rodean mi vida. Siempre lo temí, sí. Y no lo acepto. Ni eso ni sentirme invisible, para qué engañarnos.








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