DESAPEGO

By MARÍA GARCÍA BARANDA - abril 25, 2017

    


     Los seres humanos seríamos infinitamente más felices, si practicásemos el desapego. No lo digo yo, lo dice el budismo. Aunque ellos se refieren principalmente al mundo material, y de ahí lo extienden a la estancia en la tierra. Estoy de acuerdo y esto último es precisamente lo que a mí me ronda, el desapego a todo cuanto conforma nuestras vidas, la no dependencia de cuanto nos rodea y el ser capaces de continuar a pesar de lo que no permanece. Vivimos construyendo, tratando de conservar y de acumular. Y reitero que no me refiero a bienes materiales, sino a lo esencialmente humano. Pues bien, nacemos y pretendemos conservar todo aquello que vamos arrimando a nosotros. Conocimientos, sabiduría, amigos, amores, familia,… Más y más cada día. Pero es un imposible, porque desde el mismo momento en que nacemos iniciamos el camino inverso. Deconstrucción. Empezamos ese día a envejecer, a estropearnos, a deteriorarnos, a morir. Ley natural. Luego, ¿a qué darle tantísima importancia a la conservación de lo caduco, si nosotros mismos habremos de expirar? ¿Para qué?, ¿para dejar un día plantado el tenderete una vez removidos cielo y tierra? Conservadurismo e inmovilismo, de ahí cojeamos desde el mismo momento en el que, contra natura, dejamos de ser nómadas. ¿Y la causa? Un espantoso y atroz miedo a lo que es diferente, a que todo termine y a no ser eternos. E incluso una vez asumido el concepto de finitud y de la muerte, tratamos de compensar la impresión con el empeño en dejar al menos una huella indeleble. ¿Egocentrismo o terror?
     Nos encadenamos a todo ello. Pero lo que aprendemos se evapora, se olvida, pierde validez o deja sitio a lo siguiente. Y también se desaprende para adaptarnos a nuevas circunstancias. La sabiduría deja de perseguirse un día para poder con ello alcanzar algo más de paz interior. Los amigos toman senderos y bifurcaciones distintos a los nuestros, tratando ellos asimismo de hacer lo propio, derribar lo construido para readaptarse a lo que llega. El amor,… el amor también se evapora. O al menos en el concepto pretendido. Se disfraza, se transforma, se aleja para dejar hueco al siguiente o recobra un verdadero sentido, depende, pero no es tampoco inmutable. Y la familia varía de epicentro, va despidiendo a sus elementos y da entrada a otros, va cerrando ciclos y abre otros distintos. Se hace, se deshace y se rehace. Eso es la vida.
     Sabemos la teoría de todo ello, pero no lo admitimos interiormente porque el apego y el afán por mantener todo completo, estático e intacto, nos obsesiona para alimentar nuestro propio engaño. No comprender lo efímero de nuestras propias vidas se traduce en esa lucha sin sentido que nos convierte en seres tremendamente infelices y sufridores perpetuos. 
    Yo no sé cómo se hace. Desconozco cómo minimizar la pena ante la pérdida o el cambio brusco de mi panorama circundante, pero sí sé que todo lo que se va es porque cumplió su etapa. Suelo acabar asumiéndolo. Solo he de admitir y observar si verdaderamente desaparece del todo o se trata tan solo de una variación de capítulo. Y del mismo modo sé que son las circunstancias las que se van a veces, el entorno y los hábitos, pero que en el medio de todo ello se conserva lo realmente valioso, si se consigue subir de peldaño: la parte más pura del sentimiento, el vínculo no dependiente, las personas despojadas de un apego mezquino y egoísta fundado en el miedo. ¿Sabremos discernirlo y conservarlo, si es el caso? Podremos, para que perdure lo que haya de perdurar. 

...un ratito más...





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