NUESTRO DEBER CIUDADANO, NUESTRO DERECHO CIUDADANO. ¿Quiénes llevan nuestras riendas?

  




  Lo que vais a leer a continuación es un artículo de actualidad. Absoluta, enraizada y gravísima actualidad. Política y sociedad con tintes de antropología. Y si me apuran hasta de psicología. Llevaba días dándole vueltas al papel, pero el hecho de que los asuntos de este blog versen de otras hierbas me ha ido retrasando la labor. Pero ya no espero más, aquí estoy con el firme pensamiento de que no escribir lo que pienso al respecto sería un acto de irresponsabilidad por mi parte. ¿Quiénes llevan nuestras riendas?, ¿quiénes permanecen subidos a su carromato?, ¿quiénes se tiran en marcha?


       Llevo en esta vida el mismo tiempo que lleva España dentro de un sistema no dictatorial. El momento que atraviesa nuestro país es una de las dos o tres ocasiones en las que he sentido que es más necesario que nunca ejercer nuestro derecho y nuestra obligación como ciudadanos. Ser ciudadanos activos, esto es estar vivos civilmente. Sinceramente pienso que siempre ha sido y será preciso, muy preciso, pero existen coyunturas que asoman la cabeza enérgicamente en ocasiones determinadas y que anuncian el momento de actuar con decisión. Esta, creo, es una de ellas, el panorama político y social abre nuestras carnes y este artículo es pues un llamamiento al ciudadano para moverse, para ejercer precisamente como tal, como bonus civis (buen ciudadano). Para exigir. Para cumplir. Para contribuir. Para luchar. Para manifestar su punto de vista. Para formarse espíritu crítico. Para conducirse no individualmente, sino como miembro de una sociedad. Para censurar. Y, llegado el caso, para votar con conciencia. No tenemos mayor -ni menor- labor que esa. Cada cuatro años elegimos a nuestros representantes con supuesta cordura y en función de nuestras preferencias, ideas y hasta intereses. Una vez asumido el resultado no contamos, ni mucho menos, con cuatro años para echarnos a dormir. ¡Hasta la próxima! En absoluto. Son cuatro años para observar, para medir, y bien para recoger los frutos de lo votado o bien para protestar y exigir derechos hasta quebrarnos la voz. Pero aquí, en España, eso no ocurre, y si lo hace, ocurre poco. Así pues en momentos convulsos como este, perpetua crisis económica de dudoso origen y corrupción política a dos carrillos, tenemos como ciudadanos dos armas que, como ya mencioné, son derechos y obligaciones a partes iguales: No consentir y hacernos oír saliendo a la calle, y ejercer nuestro derecho a voto de forma responsable


¿DE QUÉ SIRVE SALIR A LA CALLE A PROTESTAR?

      Tradicionalmente no se puede decir que nuestro país se caracterice por grandísimos, multitudinarios y numerosos movimientos de protesta. O al menos esa es la idea que nos ha quedado, eso de “esto no es Francia”. No quiero ser injusta, pues haberlos los ha habido. Y sonoros. Y tremendamente útiles, ya lo creo que sí, tanto como para sentirse orgullosos. Y esto lo digo para quienes crean que saliendo a la calle y siendo simples anónimos poco podemos hacer. Me vienen a la cabeza las revueltas de las Comunidades de Castilla y las Germanías de Valencia en el siglo XVI. La Revolución -y Guerra- de 1808, La Gloriosa en 1868, el fin de la dictadura de Primo de Rivera y paso a la Segunda República en 1931. Todos ellos son movimientos de manifestación y protesta llevados a cabo por parte de simples ciudadanos de a pie sin recursos, sin dinero y sin apenas armas, la mayoría poco o nada instruidos, y siempre en lucha contra un enemigo gigantesco: el gobierno de turno, el poder. ¿La causa? La lucha contra el abuso y el robo perpetrados por quienes detentaban el mando. El pueblo pasa necesidad, al pueblo se le exige contribución económica, el pueblo lo trabaja y, a duras penas pero responsablemente, aporta lo que se le pide. Y el pueblo ve cómo su dinero, su trabajo y su esfuerzo desaparecen de los fondos destinados a las necesidades básicas y primarias para ser desviados a áreas totalmente prescindibles, o lo que es peor, para engordar delictivamente cuentas particulares. Desaparece asimismo con ello su dignidad, el respeto que se le debe, y el derecho a recibir el servicio por el que paga y para el que ha colocado en el poder a unos individuos concretos, cuya única responsabilidad es servir al pueblo. El contrincante no es en absoluto pequeño ni débil. Tiene poder, el poder que le ha otorgado la ciudadanía y el que se adjudica él mismo por obra y gracia de una borrachera de narcisismo. Y tiene apoyos de todos aquellos que defienden con uñas y dientes el orden establecido. ¿La razón? Sea la que sea, su situación es buena. No quieren que nada cambie y se aferran al conservadurismo y al inmovilismo para preservar no ya sus derechos legítimos, sino sus privilegios. Lo primero sería comprensible, natural y de sentido común: defender su bienestar. Lo segundo es reprobable, inmoral e inhumano: pisar a cuantos se crucen por el camino.
    Muchas son las veces en las que he salido a la calle a protestar por defender y exigir unos derechos que consideraba legítimos. No me ha importado si el gobierno lo ocupaba el partido político que yo había votado o el contrario. Reconozco que me dolía más en el primero de los casos, pero ahí estaba. Y es que lo que me parece injusto y abusivo hay que combatirlo. Haciéndome oír, manifestando mi opinión y esa es una de mis dos herramientas de acción ciudadana. Prácticamente en todas esas ocasiones he escuchado eso de “de poco sirve”, pero siempre he tenido claro que lo que de verdad no sirve es quedarme sentada en un sillón y maldecir aquello que no me gusta. Un gobierno que tiene al pueblo en la calle es un gobierno que, a pequeñas pataditas, se va tambaleando. Pero hay además una función mucho más importante. Atentos. No todos los ciudadanos que componen un estado se encuentran igualmente informados de lo que ocurre en política. O al menos no en todos los sectores. Tal vez únicamente aquellos que les atañen directamente. Tal desconocimiento puede deberse a diversas circunstancias: ámbito geográfico de residencia, nivel cultural, posibilidades de acceso a la información, nivel de capacidad crítica, entorno social, situaciones particulares concretas,… Así, la visión que poseen de la situación puede ser incompleta, errónea o estar desenfocada. Es precisamente el ruido de la calle, el poder escuchar a sus iguales, ya experiencias similares o ya vivencias distintas, lo que toma y muestra el verdadero pulso de la realidad social. Es enseñarnos y apoyarnos entre nosotros. Por eso es necesario salir a la calle. Y hablar. Hablar bien alto en un país en el que durante mucho tiempo se apagó ese clamor, quedando como consecuencia una mermada costumbre de este uso. Tal vez no asumimos tener ese derecho. Tal vez pensamos que no pintamos nada porque mandan ellos. Pero no es así.





VOTO RESPONSABLE

   
  Cada cuatro años tenemos la opción de elegir. De nuevo un derecho, la segunda de nuestras dos herramientas, que bien sabemos fue aquí un sangriento logro. En efecto existe el derecho a ir a las urnas. Y existe también el derecho a no ir. Personalmente me quedo con la primera opción, porque está archidemostrado que la escasa participación es contraproducente para formar un gobierno que realmente nos represente de la forma más global y realista posible. Y sé que el hecho de no encontrar entre las propuestas un partido al que nos sintamos afines frena el salir ese día de casa para entrar en un colegio electoral. Diría más, diría que más que eso, lo que provoca que mucha gente no vaya a votar es el hecho de decirse que nada va a cambiar y que van a salir elegidos los mismos de siempre. Ese bipartidismo omnipresente heredado de los tiempos de Cánovas y Sagasta. Más allá de que particularmente empuje a todos a ejercer el voto, más allá de este pensamiento particular que me lleva a defender que quien no vota pierde el derecho de quejarse, existe algo que me preocupa muchísimo más: la posición de cerrar filas y de cegarnos por conveniencia toda vez que hemos dado dicho apoyo electoral a un partido. Pase lo que pase. Caiga quien caiga. Hagan lo que hagan. Verdaderamente no lo comprendo. La falta de pensamiento crítico para juzgar las acciones de gobierno puedo llegar a entenderla en ciudadanos de avanzada edad y un tanto alejados del mundanal ruido. Cansados ya. Puedo llegar a encajarlo en gentes que vivieron tiempos ya muy pasados y con características muy diferentes a las actuales. Puedo llegar a comprender que personas con carencias intelectuales o culturales tampoco perciban la gravedad de algunos asuntos. Y que defiendan a quien votaron, ahora y desde siempre, a los de toda la vida en su casa. Pero nada más. Del resto no espero eso. Espero, como he dicho, un juicio crítico, severo y responsable. Espero responsabilidad social.
    También hubo un “de los de toda la vida” en mi casa. No tengo ningún pudor en mostrar mi ideología, mis pensamientos políticos, mi parecer al respecto, ni mi historia. Y no lo ofrezco aquí como discurso defensivo de mi tendencia ideológica -no es ese el caso ahora-, sino como mero ejemplo de cómo vivo lo que trato hoy de mostrar aquí. Tuviera el pensamiento que tuviera, votara a quien votara, esperaría de mí lo mismo que hoy expongo: responsabilidad social. Pues bien, mis abuelos, los cuatro, nacieron en el primer tercio del siglo XX. Combatieron y/o vivieron la Guerra Civil, la posguerra, los treinta y nueve años de dictadura franquista y la llegada de la democracia. Se da la circunstancia de que los cuatro eran de ideología de izquierdas, republicanos y que en sus familias también contaron con miembros de otros pensamientos. Por lo que a mí respecta mi radiografía es la siguiente. Soy progresista. En todos los aspectos de mi vida. No suelo, o procuro no hacerlo, anclarme a lo establecido si existen indicios de fallo y posibilidades de mejora. No soy conservadora pues, y suelo estar abiertas a ideas nacientes, porque tengo claro que “es que esto siempre ha sido así” ni significa que sea lo correcto, ni es un argumento de peso. En cuanto a la religión, soy atea, a pesar de tener un carácter con una muy despierta espiritualidad. Pero no comulgo con ninguna religión y, por tanto, prefiero y defiendo un estado laico. Estoy a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, porque creo que nada tienen que ver con las peculiaridades que nos diferencian biológicamente. Defiendo el derecho a elegir ser madre y padre o no serlo, es decir, el derecho al aborto. El divorcio. La libertad de expresión. Lucho por la igualdad sin distinción de raza, creencias, ni identidad sexual. Apoyo los matrimonios homosexuales y su derecho a formar una familia. Etcétera, etcétera, etcétera. Como puede verse soy de izquierdas, porque todo en mi pensamiento gira en torno a ese ideario. Y eso no significa que haya estado o esté de acuerdo con todas y cada una de las defensas, principios o medidas tomadas en todo momento por los partidos de la izquierda. Depende de muchos factores y así lo manifiesto en todo momento. Desde que tuve edad de votar mi voto fue socialista. Critiqué lo que creí pertinente y era capaz de ver. Salí a la calle cuando creí que no cumplían con lo que yo había votado o con lo que consideraba que era su obligación. Discutí públicamente aquello con lo que no estuve de acuerdo. Sin una pizca de sentido de deslealtad, más bien al contrario, porque eso de la fidelidad lo dejo para otros asuntos. Y tampoco tuve pudor en rasgarme las vestiduras ante casos de corrupción, escándalos o barrabasadas del tipo que fueran. Y así lo hice hasta que sentí que el socialismo, la izquierda y mis principios no se encontraban representados por el partido al que siempre había votado. Y me reafirmé cuando fui consciente de abusos de poder y poder corrompido. Dejé de votarlos. Radicalmente.  ¿Cerré filas?, ¿sentí vergüenza por decir en voz alta que dicha formación eran esto o lo otro?, ¿sentí que les debía servidumbre vitalicia pasase lo que pasase? En absoluto. Porque cuando yo le doy mi voto a un partido político lo estoy contratando para que me hagan un servicio. Son ellos los que se deben a dicha labor y a mí -no individualmente- como integrante de una colectividad. Y no al revés. Porque tengo muy claro que ni hemos de rendirles pleitesía, ni les debemos amor eterno, ni fidelidad ciega hagan lo que hagan. Si no cumplen en su empresa, el Estado,… ¡a la puñetera calle! Y ni qué decir tiene si cometen actos delictivos. Por más que ellos, embriagados de poder y con delirios de grandeza, se crean por encima del bien y del mal. 
     Desnuda como quedo, orgullosamente desnuda de ofrecer mi modus operandi, es cuando hago hincapié en que nuestra responsabilidad a la hora de apoyar a un partido político y de votarlos es sagrada. Es contratar o despedir. Sin más. Y es por eso que no soy capaz de aceptar cómo es posible que existan personas inteligentes, humanas, pensantes,… que no pongan el grito en el cielo ante acontecimientos tan vergonzosos como los casos de corrupción, robo de fondos, prevaricación, tráfico de influencias, recortes que llevan a la actual tasa de pobreza de un 22% de la sociedad,… en los que estamos inmersos. Lo pensaba hace quince años, hace diez y lo pienso ahora. Y les pregunto: ¿de verdad que vais a defender lo indefendible solo porque es vuestro partido? Porque solamente se me ocurren dos razones para ello. La primera es la falta de escrúpulos y la idea de que mientras no les toquen lo suyo, todo vale. Deshumanización e inmoralidad en estado puro. La otra es el pánico a que se esfume lo que conocen y aparezca algo extraño, bizarro y oscuro. El mantenimiento de su partido en el poder les garantiza lo que ya conocen. Y dado que a ellos les va bien, mejor no lo movamos. Así que no soy capaz de comprender cómo es posible permanecer mudos, sordos y ciegos. Y ya no digamos negar la mayor cuando se ha hecho patente. Vuelvo a mi pensamiento anterior y aún me cabe en la cabeza si viene de la mano de gentes de edad. Yo misma lo tengo en casa, pues mi abuela es incapaz de aceptar que el socialismo de hoy día se haya convertido en una pantomima. No es capaz de creerlo. Son demasiados años con otra idea, nacida además en tiempos muy distintos. Por lo tanto, salvo esos casos, el resto cuentan con mi más absoluta reprobación y a mis ojos son cómplices de cada atropello al que asistamos.  No pasa nada por cambiar el voto. Y no pasa nada por acusar con el dedo a quienes cometen tropelías a pesar de haberlos votado. Y no solo no ocurre nada, sino que debemos hacerlo.



     Pensar, reflexionar, ser críticos, decirlo en voz alta, no consentir y votar libremente y con cabeza. Estos son nuestros instrumentos civiles para organizarnos en una sociedad justa e igualitaria. No usarlos es un suicidio y un asesinato para nuestros vecinos. Porque recordemos: son ellos quienes han de estar a nuestro servicio y no a la inversa. 








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