PROHIBIDO CONCEDER FAVORES NO PEDIDOS


  Dice una amiga mía que los favores concedidos no pedidos no se valoran. Y seguramente tiene razón. Seguramente se olvidan pronto. Seguramente se infravaloran. Las acciones y a quienes los llevaron a cabo, ambos. Pero no me negaréis que no es mezquino el detalle. Tú ves que alguien necesita ayuda. Sabes que lo está pasando mal. Sabes que si le echases un cable le solucionarías la papeleta. Y presupones, porque no eres tonto y empatizas de lo lindo, que se le va a poner un nudo en la garganta a la hora de pedirte ese favor. Y es entonces cuando tú, empático y comprensivo, de corazón noble y altruista a partes iguales, te planteas salvarlo y evitarle además ese mal trago de que el nudo en cuestión se le quede en la glotis. Vas de frente, te ofreces y concedes. Y esa persona respira al fin y te agradece el gesto enormemente. Todos contentos. Todos… hasta que sucede cualquier bobada que supone una fricción entre ambas partes y, oye, de tu buen hacer ya no se acuerda nadie. Y menos aún el susodicho. Los buenos rasgos archidemostrados debieron de borrarse con las últimas lluvias, porque no es que aquella acción supusiese tener firmado un cheque en blanco. Ni mucho menos. Pero digo yo que algo de cómo eres demostraría al otro, ¿no? Pero al parecer no. Al parecer se olvida rápidamente. Y eso en caso de choque, porque puede darse otro supuesto también, y es que llegue el momento de que esa persona necesite otro favor, y entonces, dados los precedentes, dé por hecho que tú acudirás a socorrerlo. Y hasta piense que es tu obligación. Encomiéndate al altísimo, pues, como no puedas o no quieras, porque en tal caso ya te puedes ir preparando para que se te caiga el pelo a mechones. ¡De qué vas! Infravaloración a espuertas. ¿Por qué? Pues, como bien dice esta sabia amiga mía, por el simple y sencillo hecho de que te adelantaste y no dejaste que el otro te pidiese ese dichoso favor. Ese mal trago, ese pensar y darle vueltas a cómo planteártelo, esa incertidumbre de si dirás que sí o no, es lo que supuestamente hace que aumente el valor del favor en sí y de la persona que lo concederá. Así somos. Se valora lo que cuesta esfuerzo, lo que se suda y lo que no viene a ti fácilmente. Sencillamente así.
     Y yo, que soy tonta de capirote en estos asuntos y que corro a poner hasta una alfombra persa bajo los pies del pobre desvalido, me pongo en el lugar de quien me necesita y me adelanto. Así funciono con todo. Lo que sea elevado al cuadrado. ¡Mamá, salgo a ti! Clavadita, clavadita a mi Mater. Y así me quedo yo muchas veces cuando sufro en mis carnes la fragilidad de memoria de algunas personas, boquiabierta y ojiplática. ¡Un poema, vamos! Si lo llego a saber, doy cita y concedo audiencia para que me formulen su petición, porque de ese modo seguro que de vuelta recibo hasta alguna genuflexión. Sea como sea, no es agradecimiento ni un constante recordatorio lo que pretendo, sino que la gente no se olvide tan pronto de lo bueno. Y que valore lo que se da a manos abiertas, que no por fácil o gratuito tiene menos valor. Más bien diría yo que al contrario. Pero quizás sucede en todo ámbito, no lo sé. Quizás somos tan poco vivos, como para no saber valorar lo que no nos hace sudar sangre conseguir y nos trae por la calle de la amargura... "porque no siento yo esa adrenalina en la boca del estómago..." ¿Será que el reto nos motiva más? ¿Será que no nos creemos merecedores de lo bueno, si para obtenerlo no hemos llorado unos litros? Desconozco la respuesta, la verdad. Y ya,… ni lo juzgo. Tan solo aquí lo dejo, sabiendo, eso sí, que voy a intentar esperar a que me pidan lo que quieran antes de ponerlo yo en bandeja. A ver qué se siente, para variar. A ver qué pasa. A ver si mi valor cotiza al alza





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