LEO PORQUE TENGO HAMBRE





    Me gustan los libros porque me enseñan a saber quién soy y cómo me encuentro. Leo porque me gusta conocer al hombre, entender el mundo. Nunca he leído para evadirme, como muchos afirman. Seguramente lo hice, pero como recompensa añadida. Cuando pongo los ojos en la primera palabra del primer párrafo es siempre por hambre. Por hambre de que me descubran cómo piensan otros, cómo siente el resto. Por encontrar una idea que a mí no se me haya ocurrido y al descubrirla sentir una mezcla de placer saciante y de celos. Así que, sí, la literatura podrá traernos mundos inventados, pero tiene mucha más verdad que un periódico o que una conversación cara a cara donde tantas cuestiones se esconden y tanto se calla. Y es que es en ella donde siempre me encuentro con seres con los que identificarme. O tal vez no hoy, pero quizás mañana. Seres sin maquillar, en lo más álgido o absolutamente acabados y rendidos. Plenos de defectos o grandiosos, pero jamás falseados por interés, miedo, cobardía o vergüenza. Seres a quemarropa.  Piensan como yo, sienten como yo, pasan por lo mismo -porque todo está inventado-, reaccionan y responden. Y me llevan de la mano, haciéndome ver que no estoy loca o que soy humana, o bien mostrándome un camino frente al que estaba ciega. Decía Joseph Conrad que el autor solo se encarga de la mitad del libro y que el resto depende de nosotros, los lectores. Pues a eso me refiero, a que es ese modo de hacer nuestro lo que leemos, de arrimar el ascua a nuestra sardina y de atárnosla al dedo, lo que mete mi cabeza en lo escrito. Y no sé muy bien si es el personaje el que entra en mí o soy yo quien vive por ese ser tan realmente ficticio, pero lo que si es cierto es que con ello soy capaz de tomar la perspectiva suficiente para comprenderme yo. Lo universal de lo que pueda ocurrirme hace que le quite hierro -que no importancia, fuerza o sensibilidad-, y me diga a mí misma que otros también lo pasaron, que así es la vida y que lamentar(se) tiene una medida justa. Y es así como cada vez que me enfrento a un comportamiento humano terrible o desconcertante al menos, echo mano de los libros para decirme que el mundo siempre funcionó de esa manera, mismos temores y mismos sueños, y que ni yo ni nadie tenemos la exclusiva de ninguna emoción o sentimiento.


CONMEMORANDO EL DÍA DEL LIBRO (23 de abril)
Día 1: lunes 17 de abril.



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