MI TRAVESÍA



11 de abril. Luna llena, la llamada luna rosa. 
En el exacto minuto en el que escribo esto cierro mis ojos y tomo aire. 
Quiero saber quién soy, cómo soy, que sucede en mí, por dónde respiro.





        Sé que viajo a bordo de un barco, que mi travesía se alarga ya algunos años y que hace un tiempo prudencial que abandoné aquel puerto viejo y conocido. Sé que viajo sola, sin tripulantes ni pasaje, situada en la proa a fin de ver cada mañana el nuevo día. De vez en cuando atraco en alguna isla, hablo con los lugareños, paseo y continúo viaje. La ruta la voy modificando cada día, en función del clima y del estado de mi nave. El  destino, francamente lo desconozco, a pesar de portar en una mano mi sextante y en la otra mi cuaderno de bitácora. Recuerdo que al principio, al comenzar mi viaje, tuve miedo. Miedo de que la marea fuese demasiado feroz y me engullese sin que nadie pudiese percatarse de ello. Miedo de las noches a bordo, a oscuras y en completo silencio salvo por el crujido de las tablas. Habría dado cualquier cosa por llevar a mi lado a un compañero con quien poder charlar. Pero con el paso de los días una se acostumbra al silencio, al tenue y único sonido de las olas, y del propio crujido de las maromas. Y le encuentra su encanto a saludar el día mirando al horizonte, percibiendo la brisa con olor a sal y dejando que los primeros rayos de luz quemen mi pelo y mi cara. Esos son los momentos en los que yo me encuentro y asumo que jamás conoceré la ruta que recorra. Que no hay mapa de ella. Y si lo hubo se hundió en algún naufragio. Mi estado natural es la melancolía, aunque la viva en paz, pues no tengo valor ni moral de quejarme. ¿Alteraría algo?, ¿cambiaría las cosas? En efecto, lo haría. No viajaría sola. Un solo tripulante con identidad propia. Que me hable por las noches hasta hacerse de día. Y que observe en silencio, conmigo, el horizonte hasta encontrar la orilla. 






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