QUIEN SE VA Y QUIEN SE QUEDA



      Mira a tu alrededor. Por favor, pon atención y mira detenidamente. Cuenta. Cuenta cuántas son las personas que te acompañan, incluso aquellas que en apariencia no están, pero que si no te dejas llevar por la desconfianza, sabes que de algún modo están ahí contigo. Son las personas que participan en tu vida. Se preocupan por ti, te escuchan, te aconsejan, te hacen compañía, confían en ti y se confían a ti. Te quieren sinceramente. Busca sus nombres porque los sabes realmente. Ahora piensa en aquellas personas que estuvieron y ya no están. Identifica a aquellas que quisieron marcharse y dejar el barco a la deriva. Tampoco olvides sus nombres porque forman un grupo bien concreto. Lo lamentaron a medias. Sentían a medias. Te echan de menos a medias. Bueno, está bien. De todo ha de haber. Son cosas de la vida. Y están aquellos a los que la vida, la muerte o las circunstancias separaron de ti. Piensa en quiénes son. Estos lamentaron, sintieron, echaron de menos. O incluso lamentan, sienten y echan de menos. Te quisieron o te quieren sinceramente. ¿Tienes ya bien claro quién es quién? Es una tarea importante, tenlo en cuenta. Si la realizas bien, si juzgas adecuadamente harás y te harás justicia. Y cumplirás con ese principio de amor con amor se paga. 
    ¿Por qué hacer el ejercicio anterior? Pues porque dejar ir o conservar es el ejercicio más difícil que la vida puede ponernos por delante. Para mí siempre ha sido así. No conozco un  dolor mayor que el de la pérdida de aquellos a quienes no quiero perder. Se me llevan con ellos, eso lo garantizo. Y no suelo encontrar justificación, excusa ni disculpa para quienes dejan marcharse a las personas a las que quieren. Tal vez sea intolerante con esa práctica. Tal vez actúe dictatorialmente al respecto. O tal vez, sea que me duele demasiado y es un acción que tan solo le permiro a la muerte. Tal vez es por eso. Lo que está a la vista es que la vida es un ir y venir de personas. Ya lo sabemos. Y que a pesar de aprender algo de ello, cada vez resulta más duro. Encuentros y desencuentros, conocimientos y pérdidas. Suele decirse que hay que dejar fluir las cosas. Que hay que dejar que se vaya quien se quiera ir. Y en eso no podría estar más de acuerdo, pues no puede retenerse a quien no quiere permanecer a tu lado. Es más, no se debe, salvo en casos de sadismo y de suicidio asistido. Suicidio de las propias integridad y dignidad, quiero decir. Se dice también que hay que dejar que vuelva quien quiera volver. Eso no lo acato sin filtrar. Lo admito a medias. Hay que dejar que las personas se muevan y se signifiquen libremente, por supuesto, porque todo lo que va de emociones es así, mutable. Es preciso pues permitir que acudan a ti, como tú acudes a ellos o a otros, con naturalidad. Y observar. Y sentir el movimiento, naturalmente. Pero atención extrema con ese ir y venir, porque dependerá de quién lo haga, de en qué circunstancias y de por qué, pero sobre todo de para qué. Y es que la vida de nadie es un espectáculo con entrada libre. Y algo es seguro: quien quiera volver, habrá de hacerlo con nobleza, para quedarse y compartirse. Para cuidar de ti y dejarse cuidar. Y quien quiera estar en tu vida, sin fechas ni límites, hará por ello con toda limpieza y con el corazón abierto. Simplemente porque te quiere. Simplemente porque no quiere prescindir de ti. Lo demás,... ¡bahhh!



(Y naturalmente que esto lo escribo inspirado en ti. 
Naturalmente.)








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