ENVÍA TU CEREBRO A UN BALNEARIO

   

Rebecca Mock


     Envía a tu cerebro a un balneario. En serio, ¡hazlo! Si comienzas a percibir que tu cabeza está cansada, es porque te está pidiendo a gritos una cura urgente. Y te lo señalará de todas las formas posibles. Te lo digo yo. 
    Hace unos cuantos meses, el pasado verano para ser exactos, sentí la sensación de estar literalmente sobrecargada de actividad cerebral. No se trataba de la habitual necesidad que todos tenemos de unas vacaciones tras el trabajo intenso, sino de un momento en el que cabeza y cuerpo se ponían de acuerdo para pedirme que apagara la maquinaria. Me encontraba exhausta, realmente agotada de pensar y de sobrepensar, incluso mientras dormía, y agotada de tener trabajando las neuronas a más revoluciones de lo debido. Había llegado a esa punto por inercia, porque mi mente me lo permitía y porque me encontraba en un punto de madurez intelectual consciente y potente, que sentía como crecía exponencialmente. Bajé el pistón y percibí que tenía la profunda necesidad de desenroscarme la cabeza y enviarla a un spa, balneario o isla caribeña. Ese verano estuve más de un mes sin llevar a cabo apenas actividad intelectual alguna. Me dio por coser, por diseñar prendas de moda, y otras frivolidades. Entretenidas y distraídas, que si bien no eran un apagado absoluto del cerebro, no se parecían nada a mis prácticas habituales. Eran relajantes. Y ello lo acompañé de una cura de sueño. Dormí y dormí. Todas las horas que me apetecían y que mi cuerpo demandaba, sin importarme si era momento o no de ello. Anarquía horaria absoluta a favor de mimar a mi cuerpo, pero sobre todo a mi mente. Aprendí la lección de que el cuerpo es sabio y hoy por hoy detecto las señales y el buen resultado de esa medicina en forma de relajación cerebral. Actualmente he vuelto a necesitar ese tipo de descanso. Lástima que haya tenido que esperar a no tener más remedio y a un "por la cuenta que me trae", pero es la salud la que se pone en juego cuando tiras mucho de la cuerda. Y aunque desconectar del todo se me hace harto difícil, sí procuro darme el gusto de algo que se ha convertido en absoluta necesidad para mi salud: dormir las horas necesarias, pasear y respirar hondo y puro, y luchar contra las obsesiones y sobrecargas que mi propio cerebro genera, dándole cien vueltas a las cosas, cuando son más sencillas y con un par se llega al punto culminante.
    Curiosamente, y en medio de esta experiencia personal, he ojeado un artículo que habla de la necesidad de enviar a descansar la cabeza. Al parecer vivimos en una época en la que la cantidad de información y de estímulos que nos rodean contribuye de forma directa a que jamás logremos el tan ansiado y necesario estado de relajación. Y es que la obtención de logros, de respuestas, de información, son adictivas. Sí, lo son realmente, puesto que cuando el cerebro se encuentra en proceso de búsqueda de información, de análisis y de deducción genera dopamina, recompensa en forma del neurotransmisor maravilloso que nos pone tan en órbita como el subidón producido por drogas como la cocaína y el speed. Y no acaba ahí la cosa, puesto que la fase posterior es igual de placentera.  Al llegar a la meta, al alcanzar una conclusión y solución a sus rompederos de cabeza llega el estado de relajación y de plenitud, efecto propio de los opiáceos. Pero es que resulta que esa tranquilidad de cuerpo y mente dista mucho de ser un síntoma de vagancia o pereza. Resulta imprescindible para sobrevivir, aunque tanto nuestro lado animal, como el más humano se han empeñado en boicotearnos, puesto que un estado de pausa podía suponer ser abatidos. Y contrariamente resulta que es esencial.  Practicar el no hacer nada, el poner la mente en blanco y darse de vez en cuando a la vida contemplativa.
      No creo que nunca pueda dejar de darle al coco, pero sí puedo asumir que hay asuntos que no cambiarán por más que los piense. Dependen de otros factores y de otras personas. Ni la solución de todo está en mi mano, ni por girar sobre mí misma modificaré los acontecimientos. Toca aprender a gestionar la intensidad y los tiempos de acción mental, o intentarlo al menos. Más me vale. Además, si me deslizo un poquillo sonará la alarma. Sea como sea, también es un gusto aprender a cuidarse en ese sentido.








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