¡CUIDADO: RELACIÓN ENVENENADA!


    


      Qué enorme pereza que me da la gente. Alguna gente, de acuerdo, vale. Con el fuerte componente social que yo tengo y la inquina que le estoy cogiendo a las relaciones. Así en general. Y a las formas de relacionarse que están invadiendo los días. Y la noche. Y al salir. Y las formas de ligar y emparejarse que abundan por toneladas. Y la madre que parió a todo ello. Que le dan ganas a una de hacerse ermitaña o de coger cuatro bártulos y largarse a tierras menos corrompidas en lo que a lo puramente humano se refiere. ¡Palabrita de rubia! Estoy que da gusto leerme, ¿verdad? Pero en cuanto os cuente un par de cosas me vais a entender. Declaro: gran parte de las relaciones sentimentales son una auténtica pantomima envenenada
  Siempre existieron las relaciones farsa y las relaciones adulteradas, naturalmente, y siempre lo he sabido. Comienzo pues matizando, por si hubiese duda, que de parda no tengo nada, que no acabo de caerme de un guindo, y que cuando afirmo que hay actitudes que me sorprenden no es porque me deje estupefacta su existencia, sino porque no comprendo que leches le pasa a la gente por la cabeza y por el corazón. Hoy día que tenemos todo a favor para vivir como nos dé y con quien nos dé la real gana. Hoy día que no hago más que ver putada tras putada sin sentido alguno. Será que soy más sencilla, será que mi manera de sentir y de comprometerme con el mundo es natural. Y más pura. Y, por qué no decirlo, más noble. Pero me encuentro bastante alarmada al respecto, y si no escribo sobre esto hoy, reviento. Y es que ayer noche pensé por un momento estar viviendo una película. Ayer noche cenaba en compañía de otras siete mujeres. Dos horas y media de cena y conversación en las que, entre otras cosas,  salieron a pasear experiencias varias. Propias algunas, pero un buen puñado de sorprendentes ajenas. Por un momento encima de la mesa, junto a los platos y las copas de vino, junto al cesto del pan, pude observar cómo se aludía a las más miserables fórmulas de relaciones sentimentales que pudieron mencionarse en una sola noche. Prestad atención: dobles vidas rozando la poligamia; gente casada haciéndose pasar por soltera ante terceras personas y sus correspondientes familias; hombres y mujeres con amantes de tiempo prolongado y parejas a por uvas o haciéndose los bobos por comodidad; maridos y mujeres que continuaban casados por conveniencia económica; novios jóvenes con relaciones largas con líos a destajo; embarazos sin adjudicar, o sin poder ser adjudicados ante la duda razonable del marido o amante correspondiente; abandonos de parejas heterosexuales ante el descubrimiento de relaciones adúlteras homosexuales; divorcios con chantaje emocional y económico;… ¿Continúo? Y esto sin llegar a los postres, porque una vez terminada la cena y fuera del restaurante -y hasta de mi propio centro y equilibrio mental-, como aderezo desmoralizante pude oler lo de siempre. Disparos a discreción independientemente de tu condición sentimental y/o civil. Disparos indiscriminados, anillo en mano y en dedo anular. Séquitos de hombres y mujeres florero y recauchutados con el único fin de que se les vea ¿bien? acompañados y extender una reputación u ocultar verdaderos gustos, preferencias o formas de vida ansiadas. Mentiras. Engaños. Faltas de respeto. Frases fuera de lugar. Nulos empatía, compasión o saber estar. Y todo ello durante una noche cualquiera de abril, de un año moderno a rabiar, como el 2017, y con las supuestas libertades que nos rodean para estos menesteres.
    “¿Qué hago yo con todo lo que mis ojos, mi mente, mi interior más blandito recogen en escasas horas?”, me pregunté. ¿Entendéis ahora que diga que arrancaría de aquí a tierras menos “civilizadas”? ¿Comprendéis por qué digo que la gente me está dando una enorme pereza? Francamente parezco estar leyendo una novela antigua, de aquellas cuyos protagonistas estaban supeditados a los convencionalismos sociales, religiosos y políticos de su época. De aquellas en las que eran víctimas del yugo de relaciones terriblemente infelices y condenados a cadena perpetua junto al enemigo en casa. De aquellas en las que el engaño era la única manera de poder tener un ratito de felicidad, aun a riesgo incluso de acabar denunciado o habitando una celda. Pero ¿puede alguien explicarme qué coño le pasa a la gente hoy día para meterse en esos berenjenales? Juro que no me abandona la pregunta de qué necesidad tiene alguien en sus treinta o cuarenta de llevar una vida paralela, de tener dos relaciones a un tiempo, de complicarse la existencia hasta el límite. Nada obliga. Nadie presiona. No me lo trago, ¡no! Nada salvo una fuerza superior y enormemente poderosa, mucho más grande que todo lo anteriormente mencionado: la crueldad y el placer que ella reporta en forma de poder sobre otra persona. Ese es mi diagnóstico: el complejo de inferioridad tratado a base de terapia de choque basada en arrancarle las entrañas al de al lado y comérselas crudas. Esa es la única y verdadera explicación que me encaja. Observo a esas gentes, y veo en sus ojos la falta de escrúpulos y un goce obsceno ante el saber de que tienen a alguien bajo su zapatilla emocional. Un servidor involuntario a quien no quieren ni lo más mínimo, entre otras cosas porque se trata de seres que no tienen ni la más remota idea de lo que significa querer a nadie. Y esos siervos les proporcionan un bienestar determinado del que no quieren prescindir, porque les proporciona una buena vida o un relativo bienestar. O acaso comodidad. O ratines de gustito placentero. ¿Y a cambio? El destrozo emocional del contrario, destrozo que habrá de llegar tarde o temprano. Y el pago de los justos por las acciones de los pecadores. Todo un cataclismo sentimental con efecto dominó. Sí, sí,… Así me siento. Con  pereza. Miedo. Rechazo. Tal vez asco. Desolación. Y una profunda pena ante la constancia de una sensación que no sé si conseguiré despegar de mí alguna vez: ¿quién habita al otro lado?, ¿qué nos espera encontrarnos por ahí? Me apeo en marcha



(A todos los que sois antídoto. Sabéis que lo sois)










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