MALA MEMORIA





    A veces me gustaría tener mala memoria. Olvidar los puñales y las heridas abiertas. Y los miedos. Los rencores. La ira y la impotencia. Y olvidar junto a ello unas pocas palabras, un puñado hundido hasta la empuñadura. Y no es cosa que tilde de imposible, pero esa sustancia que habita en mi cabeza, a la que siempre acudo, y que ayuda a suavizar hasta casi la sombra, la tengo ya en reserva. Vuelco el vaso, pero apenas quedan unas gotas en el fondo. No me sirve de ayuda. Olvidar lo que duele…

    A veces me gustaría tener mala memoria. Olvidar los momentos que me sentí feliz. Y los besos. Las risas. Lo admirado. Y la complicidad inacabable. Y olvidar junto a ello cuánto nos comprendimos (sin reproches). Y no es empresa esta que resulte inviable, pero me frena esa tendencia mía a caer hasta suelo ante la pérdida. Me frena el sentimiento. Y la necesidad. No me sirve de ayuda. Olvidar lo que llena…

    Y es que dicen que la memoria es selectiva, que ella sabe. Que todo lleva un tiempo, un ritmo y un porqué. Que va borrando el humo con el paso del tiempo. Y que nos reconcilia con el mundo. Y con nosotros mismos. Pero yo siempre digo que la única persona que puede hacer que olvides es uno mismo. Para bien. Para mal. Que el daño se repara comprendiendo, con amor, mucho amor. Pero también del propio. Especialmente de ese. Y que el dolor queda en la isla del olvido de la propia mano de quien lo infringe. Con una mano tenue. Con amor, mucho amor, con ganas de quedarse. 

    Olvidar,… tan fácil para algunos, quizás. Que me mata. Voluntarioso. Y mientras para muchos el mundo va girando, para otros se detiene. Para mí, aunque camine. Aunque ande, corra o clave mis tacones en la tierra. Tan solo porque no he conseguido tener mala memoria. Ni nunca la tendré.






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