NO POR FALTA DE AMOR, SINO DE VIDA

   

    Siempre pensé -todos en realidad-, que dos personas deciden estar juntas y compartir sus vidas cuando y mientras se aman. Pensé, por tanto, que mientras ese amor durara, la unión continuaría. Ley matemática. Y que esas dos personas tomarían caminos diferentes si, y solo si, dejasen de sentir. Se acabó el amor, se acabó la pareja, el proyecto y la chispa. Y la tranquilidad. Se produzca esa sequía ya en ambos o únicamente en uno de ellos. Finito. Así pues, mientras quedase sentimiento verdadero nada estaría perdido, siendo ese el motor, la voluntad del corazón de ambos, el motivo para seguir adelante. 

    Pensé, dije,… pensé. En pasado. Ya no lo pienso. Supe que no es necesario que se acabe el amor para que se pronuncie un adiós. Si me hubieran preguntado hace veinte años, habría jurado por lo más sagrado que jamás me separaría de alguien a quien quiero. Pero bien aprendí que puede hacerse y que incluso se debe. O que no hay más remedio. Que soy capaz de ello y que despedirse de aquel al que se quiere  -con locura- abre las carnes. Pero a fe que a veces es la vida quien te obliga a ponerte la venda, a secarte las lágrimas, consumirte un poquito cada día y seguir con el plan establecido. 

     Y aquí estoy, recordando a quien corresponde que no ha de dudar de falta de sentimientos, presencia de rencor extremo, obcecación, enfado, ni terceras personas. No se ha aniquilado el sentimiento y que sigo queriendo, pero que no es bastante. Que eso no es suficiente. Que allí donde no logras lo anhelado no has de permanecer después de un tiempo, después de haber sido todo o casi todo lo intentado. Y para no estorbar. Y para no sufrir. Y para no dañar. Y para no anularse, perder el amor propio o el sentido común, es mejor retirarse. Y decir “no” hasta la muerte. Aunque no quiera, pero no sucumbir. No por falta de amor, sino de voluntad y hasta de ganas contrarias. Y por falta de vida.









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