NI SE CREA, NI SE DESTRUYE. SE TRANSFORMA.

   
    Acabo de descubrir que el amor no se agota. Me dije “eureka” y lo supe. Toda la vida envuelta en vacilaciones sobre el buen amor, el mal amor, el amor tóxico, el amor intenso, el amor egoísta, el amor desprendido,… y tenía en el interior de mi propia lógica la verdadera concepción del amor. El amor, el verdadero amor, es eterno. No se extingue. Siempre existió. Siempre estuvo ahí. Mucho antes de que esas dos personas se encontrasen finalmente, el amor ya estaba suspendido en el aire cual partículas microscópicas. Imperceptibles, pero indisolubles. A la espera. ¿Quién lo puso ahí? Nadie. Simplemente estaba. Y siempre estará. Eso sí, como ya dije, ha de ser verdadero, auténtico y profundo. Nada de eso de "encontré a mi compañera de viaje" o "ya nunca más estaré sola". No, no. Amor del de verdad. Del de: "contigo sí y sin ti, nada"; "porque eres tú y punto"; "no te pareces a nada ni nadie". Del que hace que dos se conozcan bien y con todo el equipo. Pues bueno, si es de ese y solo de ese, no finiquita. ¿Estoy loca? Nada de eso. Por una vez me apoyo en un principio científico y empírico. Abandono mi metafórico y poético pensamiento y entro al laboratorio para demostrarlo. Ahí va:

El amor se siente en lo más hondo de forma arrebatada, ¿verdad?
Con tal potencia el amor mueve montañas, ¿no  es así?
Origina y requiere de una gran fuerza, ¿no?
Arrasa y avanza como las grandes fuerzas de la naturaleza, ¿a que sí?
Luego el amor es energía.
Y la energía no se crea.
Ni se destruye.
Se transforma.
Por lo tanto, el amor no nace ni muere. Se transforma. ¿En qué? Averígualo, porque las posibilidades son infinitas. Odio, indiferencia, amor del profundamente enganchado al tuétano, frustración, cariño, rencor, afecto, arrepentimiento, amistad, locura,… Muta. Ya veremos. Pero algo es seguro. Es eterno. 









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