ESTUDIA LO QUE QUIERAS, PERO QUE TE HAGA FELIZ





     Tendría unos catorce o quince años cuando mi padre comenzó a hacer un especial y mayor hincapié en una idea vital para él respecto a mi formación educativa y profesional: “estudia lo que más te guste”. Siempre se lo había oído decir, pero dado que yo estaba en pleno bachillerato, sabía que se acercaba el momento en el que yo me haría mil preguntas al respecto y decidiría. Y él insistía: “lo que te guste”, “dedícate a lo que tú quieras, pero elige algo que se te dé bien y en lo que seas buena; y que te haga feliz”. Mi padre sabía muy bien lo que se decía. Tenía un trabajo de números y era bueno en él, pero no le gustaba en absoluto. Más bien le horrorizaba. Lo apagaba por dentro. A decir verdad se le habría dado bien cualquier trabajo que hubiese desempeñado, salvo aquellos que requirieran una marcada despersonalización y desconsideración hacia los usuarios, pero sí, habría sido bueno en cualquier cosa, porque poseía una mente valiosa y aguda. Pero el tenderete en el que trabajaba le tocaba su talón de Aquiles. Y antes de eso, antes de entrar en ese pozo profesional ya había experimentado también del tema. Se sabía bien la lección porque anteriormente fue empujado a unos estudios que tampoco le gustaban nada de nada. El niño era brillante en los estudios, el niño sacaba matrícula de honor, el niño podía ser ingeniero. Y el niño fue matriculado en la Escuela de Peritos de Santander. La visitó menos de lo esperado, porque le gustaba tanto como a mí correr una media maratón. Y plantó la carrera, para disgusto de mi abuela. Y propuso un plan alternativo para su futuro. De ahí a los números y al ambiente de bancos, solución responsable y rápidamente pensada y acatada por él para minimizar los daños. ¿El resultado? Jamás le gustó lo que hizo, y por eso pagó un precio enorme. Día tras día sin motivación profesional y, lo que es peor, un talento totalmente desaprovechado; al menos cara a la galería, porque de puertas para adentro oro molido. Y es que el niño valía para estudiar, pero el joven, el hombre, poseía una mente fuertemente atraída por el humanismo, por el pensamiento filosófico y por la historia. Por las artes, la música y el cine. Y todo ello en un momento académico que transcurría a finales de los años 60 e inicios de los 70. Lo que se pretendía era salir exitosamente adelante, y eso de la felicidad individual y de sentirse realizado se veía solo en las películas norteamericanas.

  Si tuviera que elegir una enseñanza individual aprendida de mi padre, más allá del amor por la familia, sería sin duda esta. Los míos lo saben bien y son conscientes de que he metido obsesivamente la cabeza por paredes de hormigón con tal de poder conseguir y volcarme en lo que de verdad me llena. Ser parcialmente feliz cada día a través de lo que haces supone tres cuartos de tu felicidad total. ¿Tanto? Sí, tanto. Porque una posible frustración al respecto manchará el esto de parcelas de tu vida hasta convertirte en un ser infeliz, gris, disgusto con todo y en absoluto realizado. “Haz lo que quieras, pero que te guste y te llene”. Recojo el testigo de mi padre y, tatuado como lo tengo hasta el hueso, lo pregono a los cuatro vientos.
      Podréis suponer, como docente que soy, que este tema sale constantemente en mi aula, especialmente con los alumnos de Bachillerato. Y podréis imaginar ya, tras lo leído, cuál es siempre mi consejo. Junto a ello, el eterno debate: ¿letras o ciencias?, ¿qué tiene más salida o menos salida? Y sonrío para mis adentros sabiendo los tipos de mentes que se inclinan hacia unas disciplinas u otras, sus gustos, sus destrezas, la necesidad de ambas ramas de conocimiento, y reivindicando también la importancia de las humanidades para no deshumanizarnos, así como el triste desprecio al que son sometidas. Cosa lógica por otro lado a la vista del deterioro social que atravesamos y al fuerte empeño en hacernos productivos para el sistema. Conocer un chip a costa de descuidar el conocer al hombre es lo que trae. Y las salidas, sí, las engañosas salidas profesionales que cambian cada pocos años, como bien hemos podido ver desde que la economía zozobró -planificadamente y con escrupulosa alevosía- para cumplir con los ciclos prestablecidos. Solo te puedo enseñar esta lección: No vendas tu talento, ni tu realización personal, no vendas tu felicidad por bailarle el agua a algo tan ficticio y artificial como un sistema que nos atrapa y que poco tiene que ver con la verdadera esencia del ser humano. Después de todo, en medio de todo ello, lo único que de verdad posees es a ti mismo y tu propio desarrollo interior.



ANEXO: 
Publica Elvira Lindo una columna en El País sobre la absurda guerra de las letras y las ciencias, y el sangrante desprecio del sistema por las humanidades: No me llames letrasado. Recomendable al máximo.


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