COMO DON QUIJOTE, ME ENGAÑO







     Cuando todo y todos me fallan, tengo mi escritura. He de confesar, por si alguien no lo sabe ya, que es mi refugio. El único lugar en el que resguardarme y la única actividad que consigue aplacarme cuando me siento inquieta. No podría explicar detalle por detalle el cambio que se produce en mí del antes al después de haber escrito algo, ni tampoco asegurar que es una medicina mágica que me cura del todo. Pero me calma. Mil veces he explicado el milagro que escribir provoca a quien lo lleva a cabo: aclara la mente, ordena las ideas, te guía a una solución,… Pero además de eso, general y sabido, brinda siempre algo más, de forma particular y personalizado, a cada ser que escribe. Cada uno sabrá. Por lo que a mí respecta, a mí me chuta, me droga y me hace creer que mi mensaje llega verdaderamente a los destinatarios elegidos. Me visita disfrazada con la sensación de que he podido compartir mis palabras, y hablar largo y tendido de mis preocupaciones. Lo expulso ahí afuera, creyendo que he cubierto esa necesidad.  Y me quedo tranquila. Por un rato. Aunque me engañe, sí. Que soy consciente. Como don Quijote cuando se enfrentaba a los molinos. También sabía bien que no eran gigantes. ¿O qué pensabais? 
     La escritura. Ella siempre está ahí. Fiel y constante. Pobrecita mía. Nunca me falla, aunque yo a ella sí, alguna que otra vez. Y palía mi mal cuando no soy oída, cuando me siento sola, cuando existe abandono, cuando no me hacen caso,… Y es que, pensadlo: ¿cuál es el colmo de los colmos de alguien que ama la palabra, de una filóloga, de alguien que habla sin descanso y escribe a un ritmo similar? No ser oída, escuchada, leída, atendida. Que el eco de su voz se pierda en el desierto. Y juro, como que hoy soy la mujer que soy, que el fondo de mis males siempre fue ese. Desde que era una niña. Enmudecer yo sola. Y es que sin duda uno de los daños más crueles que podría enviarme el Universo sería el de no poder hablar. Y aquí a ras de suelo, más terrenal, hace tiempo que sé que su versión equivalente es la de no poder expresar lo que llevo por dentro. Condenarme al mutismo en medio de un auténtico torbellino de palabras sin decir, contenido sin enviar, razonamientos, emociones, sentimientos, opiniones,…, mientras siento que caen a un pozo eterno y sin fondo. Y es que cuando eso me ocurre, se me clava una daga envenenada en el costado. Muy, muy nociva y muy tóxica. Irremediablemente. Y con los días, tras herirme,  se transfigura en un rencor tan sumamente arraigado, que ese mal lo sentiré como la mayor ofensa recibida. Difícil de olvidar. De aparcar. De apartar. Y al final es mi sino. Rodearme de seres que no saben hablar. Que no pueden hablar. Que no quieren hablar. Ni tampoco escuchar. Escuchar de verdad. No ser tenida en cuenta. Mal de mujer de letras, probablemente sea. Qué le vamos a hacer. Y sentirme muy sola en el monólogo que quiso ser un día charla abierta al mundo. 

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