SI QUIERES CAMBIAR EL MUNDO, EMPIEZA POR TI MISMO

   


        Qué bonito eso que acaban de decirme sobre lo que escribo: “Hay en tus letras aún algo de inocencia, algo de niña que quiere cambiar el mundo”. Claro que lo hay, siempre lo digo. Si quisiera que las cosas permaneciesen en el mismo punto y en el estado en el cual están hoy, no escribiría. Tampoco pensaría. No le contaría a nadie mis impresiones. Ni soñaría con misterios reales que desentrañar. Sí que quiero cambiar las cosas y solucionar lo que no marcha. Pero sinceramente, hay algo que quiero cambiar mucho más cercano al mundo en general, y esa soy yo en particular. Mal podría si no. Antes de pretender darle la vuelta a nada, dar un consejo a nadie o dirigir otras vidas, es la mía la que se lleva mi foco de atención más inmediato. Es lógico, ¿no? ¿No era Tolstoi el que decía que todo el mundo sale a la calle envalentonado y con ansias de cambiar el mundo, pero nadie se dispone a cambiarse a sí mismo? Pues de eso va todo esto. De que sin mi experiencia, la acertada y la equívoca, no podría aportar nada a nadie. De que naturalmente que en lo que escribo hay esperanza e idealismo, hasta cuando sollozo hay voluntad de mejora y crecimiento, pero todo este tenderete comenzó como terapia para mí misma. Para conocerme y hurgar en lo que me pasaba, para darle lógica y normalidad a todo, y ver que cuando las cosas duelen, la mejor cura se encuentra en mirar a ese problema sin prisa y sin girar la cabeza para esconderse. Al final, (casi) nada es tan grave una vez que lo pones por escrito. Así empezaron los artículos de sangre, como yo los llamo. Como un tratamiento consistente en narrar cuanto me pasaba, en describir cómo me sentía, en reflexionar sobre el porqué sucedía aquello y en ofrecer, si era posible, mis conclusiones. Así comencé a abrirme por escrito, para intentar cambiar el mundo, mi mundo. Y después el de los demás. A voluntad, eso sí. Naturalmente.






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