PALABRAS COMO EL ORO





      Si tomáramos bajo el microscopio el cien por cien de las palabras que nos dice y le decimos a la gente, a una persona concreta con la entablamos una conversación directa y pausada, ¿cuántas de ellas estarían plenas de contenido?, ¿cuántas serían realmente válidas por traducir un verdadero mensaje con una intención comunicativa concreta, veraz y profunda? Necesitaríamos un cedazo de los que usaban los buscadores de oro del salvaje Oeste americano para separar las pepitas de la arena y las piedras. De ese modo, en la superficie de la malla metálica quedarían las palabras válidas y contundentes, esas que entender, asimilar y fijar en la memoria. Mientras que a través de los pequeños orificios se irían todos aquellos sonidos vacíos de significado, fuera de contexto o dichos por decir. 
      Observé una conversación hace unas horas y me di cuenta de que, incluso vestida de charla amena y fluida, puede esta suponer un relleno de tiempo y de espacio en el que se sucede un tema tras otro sin mayor aporte o importancia. Quiero decir que bien muchas veces hablar distendidamente con alguien sobre todo tipo de temas de actualidad o de interés personal. Opinar, preguntar, analizar,… Puede incluso establecerse una buena comunicación entre ambos. Y sin embargo, la mayoría de las veces yo no salvaría ni un cuarto de la conversación. ¿Hablar por hablar? No sé si me atrevería a decirlo así, porque sí que suele aparecer algo que en cierto modo enriquece, el mismo contacto humano, a mi modo de ver. Pero nada más. Ya sonriente y satisfecha me voy de ese intercambio con la sensación de que mi interés no estaba en absoluto forzado de revoluciones. 
     Conscientes como somos de lo importante que es aprender a ver por otros ojos y a escuchar por otros oído -a menos que seamos tremendamente huraños y solitarios empedernidos-, solemos obligarnos a nosotros mismos a interactuar, a estrechar lazos con otras personas, a curiosear en otras formas de vida en un intento de aprendizaje. Pero el primer filtro que hemos de pasar es el conversacional y a mí, charlatana sin remedio y conversadora incansable, cada vez se me hace más difícil. ¡No miento! Y me explico. No me cuesta en absoluto compartir palabras con alguien nuevo o con un simple conocido, con un colega, o con alguien que no pertenezca a mi entorno más íntimo. Por supuesto que no. Es lo mío. Sé hacerlo, no ya sin incomodarme, sino pasando un rato ameno. Pero no puedo negar que en algún momento de la conversación mi mente se abstrae para analizar esa charla y decirme mentalmente que soy plenamente consciente de que las palabras dichas y oídas no serán oro. Sé que ambos hablantes acudiremos unas cuantas veces a mencionar lugares comunes, frases hechas, opiniones neutras y verdades universales. Sé que mucho de lo dicho serán verdades a medias, información de pronta caducidad, fruto de un instante de exaltación, o hasta un "al revés te lo digo para que me entiendas". Sé que habrá al menos un par de "donde dije digo, digo Diego", otro par de contrargumentos y sus correspondientes contradicciones. Nos daremos la razón alguna vez y otras nos la quitaremos por aquello de darnos un poco de importancia. Lo sé. También sé lo mucho que mediremos ambas partes la cantidad de información a aportar. Pero sobre todo sé que moldearemos a la perfección el modo en el que transmitiremos nuestro mensaje, en un intento por que el receptor no ya interprete su correcto contenido, sino por que al oírnos saque una conclusión del tipo de personas que somos. ¿Podríamos llamarlo vendernos? Tal vez sí. Todos lo hacemos. Todos queremos quedar bien, no ser groseros, resultar interesantes y diferentes, así como buenos por naturaleza, aunque reconozcamos en un golpe de maravilloso autoconocimiento, introspección y modestia, que somos seres plagados de defectos mundanos. Y esa venta pretendemos hacerla con conversaciones de medio pelo, cuyas palabras se irían casi en su totalidad por entre las rendijas de ese cedazo conversacional. Justo al revés de como debería. ¡Para morirse!
    No podemos dar el todo por el todo en cada charla que establecemos, eso ya lo sé. Simplemente reparo en la banalidad presente y en la mucha energía que gastamos en la nada. Y, curiosa y precisamente, en el artículo anterior a este hablaba de la idoneidad de aprender a conocer otras vidas y de lo mucho que puede aportarte alguien que te encuentras en un momento sencillo, sin más pretensión que detenerte a relacionarte. Prestar atención. Mostrar verdadero y sentido interés. Y ahora me pregunto: ¿pasaría el filtro a la hora de sentarnos a hablar?, ¿se evadiría mi mente para hacerme consciente de lo implicada que parezco en ello y de lo poco entregada que estoy en realidad? Seguramente esto último, me temo. O tal vez depende. Porque realmente, no sé si será la edad, pero algo en mí va reduciendo el número de personas que consiguen verdaderamente captar toda mi atención al respecto, al tiempo que, contradictoriamente, cada vez me fijo más en las pequeñas historias de la gente. Un verdadero caos. 




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