YO TAMBIÉN SOY AGREDIDA SEXUALMENTE


A todo el que me lea,

Íntimo. Personalísimo. Y tan real como mi vida. En mi completa libertad para escribir sobre ello y con la más absoluta de las conciencias, abordo este tema tras considerar reflexivamente sus porqués y su para qué. Comparto con este texto mis pensamientos, mis sentimientos más privados y algunas de mis experiencias vitales, hasta mi presente más absoluto. Lo hago porque es mi vida y solo mía, y por ello hablo en primera persona, ejemplo de una más, pero real. Lo hago porque soy mujer. Lo hago porque callar estas cosas es seguir alimentando el monstruo. Lo hago porque no me da vergüenza. Lo hago porque es la verdad y porque en estas horas he explotado. Y lo hago para contribuir a que el mundo sepa, piensa, juzgue y actúe. 



     A mis casi 42 años estoy profundamente herida, erosionada, de ser agredida sexualmente prácticamente a diario y desde que tengo conciencia de ser mujer. Por fortuna, en mi caso particular no quiero decir con ello -y espero que no suceda jamás- que los tocamientos o la violencia física, en los que muchos piensan al escuchar el término, hayan estado o estén a la orden de mi día, pero no por ello lo que padezco deja de ser una agresión en toda regla. Quien ya lo sepa, así puede empezar a hablarlo sin pudores. Y quien aún no hubiese reparado en ello, puede empezar a enterarse. Una mujer tarda años en detectar esos comportamientos machistas, sexistas y agresivos. Los percibe desde el primero, nota que algo no marcha, se estremece al vivirlos, pero tarda años en ponerles nombre y decir bien alto que sí, que son agresiones sexuales. Sin sentir vergüenza, temer que le tachen de exagerada o le discutan el término aduciendo, sabios ellos y ellas, que quizás es su percepción particular. Porque eso se hace. Se discute y se pone en duda, y tan solo por el mero hecho de que la sociedad convive acostumbrada a ello, no diré que con normalidad -porque algo así jamás puede ser calificado de normal-, pero sí con habitualidad. Mi caso no es una excepción, y así esos gestos repetitivos me resultaron también, durante bastante tiempo parte de la vida cotidiana. Aspectos a los que una apenas presta mayor atención que la que conlleva tener los sentidos activos. Un día naces y le dicen a tus padres: es una niña. Y ya está. A partir de ahí viene de serie el considerar una lista de hábitos como marcas inherentes a tu sexo. No, no me refiero a tener conciencia de tu propio cuerpo, de su transformación, ni de tu sexualidad. No voy por ahí. Me refiero a que en el mismo pack en el que se te educa para llevar a cabo ciertas prácticas, como mirar a ambos lados antes de cruzar la calle, no hablar con desconocidos, o decir gracias y por favor, aparecen el “que no te tomen por una facilona”, “no vuelvas sola a casa” o “vas enseñando demasiado”. Y todo ello se convierte en normal. Normal… Y tú aprendes a cerrar las piernas al sentarte. A tirar de la falda al andar. A cuidar del escote, si te agachas. Aprendes a torear con los que te rodean en un garito cuando tomas una copa. A gestionar las miradas cuando de sobra sabes a dónde van dirigidas. A contestar sistemáticamente a ciertas frases un sábado por la noche. A mirar a tu espalda. A pensar a quién das tu teléfono y qué puede pensar. A ser amable mientras todo eso sucede. Porque a pesar de los cuidados, sigue ocurriendo. Sin perder la sonrisa. Ni quejarte en exceso, porque no es para tanto. Pero por fin un día deja de no ser para tanto y comienza a tener la gravedad que le corresponde. En su justa medida. Y ese día llega ni antes ni después que en el momento exacto en el que la última gota ha rebosado el vaso y la herida te duele de verdad. Ese día en el que algo te pasa que te hace sentir que de nada sirve que pongas límites, si resultan invisibles, y en el que dices a propios y a extraños que lo que sufres a diario son agresiones sexuales y que ya no soportas ni una más en silencio. Te digan lo que te digan. Contesten lo que contesten. A mí ya me ha llegado ese día. Y por si alguien no fuera consciente de aquello en lo que hablo y nombro con precisión filológica, emplearé mi propio ejemplo para ilustrarlo. 

      He tenido que escuchar docenas, cientos, de “rubia, tía buena”, “a dónde vas tan sola” y “qué polvo te echaba”. He visto numerosísimos gestos del tipo que se cruza conmigo por la calle traducibles en “¡mmm, qué rica!” y bajar la mirada. Me he hecho la sorda ante determinadas frases. Y la ciega ante algunas actitudes. Me he tapado la cara, el cuello, la ropa. He cambiado de calle. He llegado a esconderme. He aguantado que un fulano se me acerque y tome posiciones a mi lado, escrutando mi cuerpo, cómo bailo, cómo hablo, cómo se mueve mi culo o el perfil de mi escote con una mayor perspectiva de mis tetas. He recibido conversaciones a escasos centímetros de mi cara o mi oído de quien no conocía, pero tomaba el rol de quien me interrogaba, y en todo su derecho, de asuntos personales. He encogido mi cuerpo para que el tío de al lado no me rozara al paso. He sentido manos en mis hombros, en mi espalda, en mis caderas. Me han enganchado por la cintura y acariciado mi piel con intención. Me han tocado el culo al pasar entre el gentío y entre las piernas y a mano abierta en una multitud con poca luz. He recibido llamadas compulsivas sin sentido cuando dejé claro que no estaba interesada. He comprobado del orden de una decena de llamadas perdidas de un mismo número al que no quiero contestar y jamás di entrada. Me han bombardeado a mensajes inquisitivos, reproches y hasta faltas de respeto, por todas las vías de mensajería posibles. Se han saltado mis noes, mis (ya) no quiero nada, mis no tengo interés. Se han pasado por el forro haber sido bloqueados por sentirme acosada y mi contestar con el silencio, para terminar escuchando o leyendo un de qué voy chulesco, por no haber respondido. Me ha pedido explicaciones gente de la que apenas sé nada o con la que, en el mejor de los casos, he pasado dos horas. Me han dejado mensajes en el buzón, cartas, números de teléfono. Han seguido mis pasos. Me han tratado de estrecha al no querer sexo. Por primera, por segunda o por enésima vez. Y de puta al negarme con alguien después de un solo rollo o de dos: “bien dijiste que sí ese día”. Me ha costado bastante más que un triunfo, pelear y un estado de sock de largo tiempo quitarme a alguien de encima, si al pasar a mayores algo no me gustaba; (ponedle nombre vosotros que yo no soy capaz). Me he sentido usada, utilizada, clasificada, encasillada en el estante de las mercancías no perecederas y siempre frescas. Y otras cosas que no quiero nombrar, porque me quiero mucho. Han rondado mi casa, llamado a mi portal a horas intempestivas, y he visto tomarse la licencia de plantarse en mi calle para subir a verme sin haber sido invitados. Y me han investigado, buscado, preguntado por mí y vigilado. Y me he visto obligada a contarlo a los míos, a acudir a quien sabe, a consultar las leyes, a tener diez mil ojos. A denunciar incluso. Y he escuchado también medio millar de veces esa expresión común de: ¿pero le diste pie? 

    “¿Le di pie?; ¿se lo di?” Y me evalúan. Y me evalúo yo, que es lo peor. Si mi labor defensiva fue lo bastante férrea, clara, justa y puntual; y la atacante demasiado lasciva. Si me enseño en exceso. Si me lo busqué yo. Si soy culpable de algo. Si visto adecuadamente. Si paso la barrera de la libertad hacia el libertinaje. Si sé bien en qué mundo me muevo o si soy una ingenua que busca el ideal del comportamiento humano, limpio, noble y desinteresado.  “Si no hubiera dicho hola”. “Si no hubiese sonreído”. “Si al ser simpática resulta que... ". "Si no le hubiese dado mi teléfono”. “Si no hubiese tonteado en inicio”. “Si no hubiese quedado aquel día”. “Si no me hubiese enrollado aquella vez contigo”. “Si no me hubiese arreglado así para salir”. “Si no hubiese sido políticamente correcta al hablar”. “Si hubiese sido borde y más tajante”. “Si te hubiese dicho un no me gustas, rotundo y sin palabras mullidas”. “Si te hubiese puesto a parir la primera vez que me hiciste sentir incómoda”. “Si…”. Si no le hubiese dado pie…. Pero ese pie no existe. Ni yo me exhibo dotándote del derecho de conquistar mi plaza. Ni me expongo en exceso al escribir mis letras y hablar con valentía de lo que me sucede, o al compartir mis fotos, porque me da la gana. Ni te invito a pasar o a decir cuanto piensas por tener una plataforma pública desde la que hacer oír mi voz, o ser usuaria de alguna red social. Ni por sentirme libre. Ni por haberte conocido hace sabe Dios cuanto tiempo, y eso te da derecho a hablarme como quieras, y a pedirme -exigirme so pena de insulto y/o acoso- aquello que te plazca y te complazca. Así sin más ni más. Porque te pone y punto.

      Lectores, y en especial lectoras. No se da el pie a nadie. Ni al que va por la calle, ni a quien no has visto jamás, ni a aquel con el que te tomaste una copa una noche, o con quien pasaste un fin de semana loco, loco. No hay pie posible. Ni cabeza. Ni manos. Para tomarse la licencia de hacer lo que le venga en gana. Pregúntate si el mismo caso ocurriera al revés, si eso le sucediera a algún hombre cualquiera. ¿Lo ves factible, así en general? ¿O es que te ocurre a ti porque eres una chica? No se da pie. Ni se exagera el paso, creedme. Entre un sí y un no, entre las confianzas bien fundadas y las confianzas que se toman algunos porque así lo deciden, hay siempre una frontera enorme. Se trata de agresión, has de saberlo tú y han de saberlo ellos, agresión que te consta en el mismo momento en el que te sientes vulnerable, ofendida, incómoda, herida, atemorizada. Ese es el indicador. No lo es la gente, ni son las costumbres sociales. No es hacerse la moderna, ni la precavida. Es una cuestión de piel. De sentirse atacada, intimidada, apabullada. Humillada, usada, examinada. De sentir que alguien te está robando un pedazo de libertad por la que circular tranquila y sin preocupaciones. Y es que cada vez que sufrimos una agresión sexual del tipo que sea, se nos desprende un gramo de epidermis, y eso al final se paga. Toma forma de roce hasta llegar herida. Y duele. Y supura. Como me ocurre a mí, como me está ocurriendo y cuento en estas letras. Hoy. Esta noche. A fin de combatirlo en mi presente. Porque ya dije basta. 


María García Baranda





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