MI CARÁCTER DEPENDE DE MÍ. MI ACTITUD DEL RESTO





    Esta mañana me permití una de esas pequeñas cosas que gustan por ser recordatorio de estar de vacaciones. Aprovechando que salí de casa a hacer unos recados, me senté en una terraza a desayunar tranquilamente y sin prisa. Zumo, café, buena temperatura, brisa y sol. De lujo. A mi lado había unos niños jugando, dos hermanos de entre seis y diez años. Correteaban entre las mesas mientras sus padres tomaban sus respectivos desayunos. A medida que pasaban los minutos, el pequeño de los dos hermanos se iba retratando como el verdadero trasto de la casa. Primero se peleaba con el otro. Gritaba. Desobedecía. Tiró al suelo un trozo del croissant que no se había terminado. No atendía a los requerimientos de sus padres. Lanzó incluso un par de patadas al otro hermano. Mientras veía tal estampa, los demonios se me iban llevando de poco en poco. En primer lugar porque ver a un niño comportarse de dicha manera me duele en el alma y me parece un verdadero crimen construir semejante perfil. En segundo lugar porque mi mirada suele ir de inmediato dirigida a los progenitores de la revuelta criatura para en silencio preguntarme qué demonios hacen para alimentar cada día un carácter así y por qué no tienen sangre en las venas para frenar la situación específica de ese mismo momento. La inocente criatura no se inmutaba, seguía a lo suyo, poniendo nervioso hasta el más pacífico y colgándose por segundos la etiqueta de “carácter tirano”. Y de pronto ocurrió algo, dos detalles que captaron toda mi atención. El primero fue que escuché a su padre cómo, en presencia de su madre y de su otro hermano, se refería a él con el calificativo que menos tolero de boca de nadie: “este niño es subnormal”. Me quedé de piedra, helada, indignada. Y casualmente, la madre del niño, que al oírlo miró a su alrededor, vio mi cara de reprobación, y me oyó resoplar y murmurar ante dicho gesto. Empezaba a entender el comportamiento del chiquillo. Empezaba a empatizar con él. El segundo detalle que me llamó la atención ocurrió unos diez minutos más tarde. En la mesa contigua se encontraba sentada una señora de edad que cuando se disponía a pagar dejó caer su cartera, rodando así las monedas por el suelo. El niño de “carácter tirano” se acercó a ella, se agachó, las recogió todas, las metió en la cartera y se las dio. La mujer le dio las gracias y él, sonriendo, le contestó un templado: “de nada, señora”. Curiosamente no creo que sus padres se percataran de la escena. Su hermano mayor, absorto en la pantalla del que creo era el teléfono móvil de su padre, tampoco. Pero yo sí. Sí lo vi. Y me gustó. Me gustó mucho. Y no solo porque este niño, que un rato antes me había sacado de quicio, ayudase amablemente a una anciana, sino porque eso me demostró que en mi valoración inicial yo estaba absolutamente equivocada. El niño no tenía un carácter tirano, sino una actitud tirana, lo que cambia radicalmente el panorama. La primera catalogación tiene complicada cura o al menos está más enraizado en el ser humano, por lo que variarlo, mejorarlo, resulta una labor sin garantías de éxito. La actitud, en cambio, es temporal, es fruto de una situación personal concreta, puntual y determinada. Tiene unas causas precisas y suele ser la respuesta a una vivencia y/o al comportamiento de los demás con uno mismo. En el caso concreto de este niño era obvio que se trataba de una respuesta agresiva a una no menos agresiva actitud de sus mayores con él. Su carácter no era malo, pobrecito. Más bién, diría que contaba con virtudes más valiosas que las del resto de su familia. Lo que era mala era su actitud, pero eso siempre tiene solución, porque hasta el hielo se derrite. 

    En numerosas ocasiones juzgamos a los demás o nos juzgamos a nosotros mismos  con una vara de medir incorrecta e injusta. Al tratar de observar la forma de ser de alguien, elaboramos una lista de cualidades, defectos y virtudes, y como consecuencia evaluamos su carácter. Supuestamente. Eso a veces nos hace ser tremendamente duros con propios y extraños, y desahuciarnos de hecho a nosotros mismos, a poco autocríticos que seamos. Pero de lo que no nos damos cuenta es de que seguramente esos rasgos no lo son tanto de carácter, como de actitud, esto es, la reacción ante una realidad determinada que variará en cuanto confluyan tres circunstancias: detectar actos y porqués; ser conscientes de que se trata de algo actitudinal y no intrínseco en nosotros mismos, por tanto, modificable y/o borrable; y comenzar a caminar sabiendo todo lo anterior. Actitud y carácter no son sinónimos, por tanto. El carácter es de uno. La actitud depende de lo que hemos recibido o recibimos del entorno, y no solo depende de nosotros. Nuestro deber hacia nosotros y hacia el exterior es diferenciarlo. 




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