INTIMAR



SERIE:  ♀ Fémina

     Estaba pensando que no sé por qué nos aferramos, enganchamos, encadenamos a veces, a una sola persona cuando tenemos la oportunidad de abrir el abanico y enriquecernos con las múltiples posibilidades que nos da la vida. Me refiero con ello a cerrar nuestro núcleo, en cuerpo, mente y alma. Las tradiciones han hecho que tendamos al inmovilismo, a un comportamiento estereotipado que impide que veamos a las personas que se esconden detrás de múltiples caras y cuerpos. Vemos hombres y mujeres, machos y hembras. Y aquí sí es cierto que nuestro animal interior tiene mucho que decir. Pero nuestro componente social colabora en ello y en un gran porcentaje. Llegamos a considerarlos ya como posibles amantes o posibles parejas, y eso hace que descartemos o aceptemos relacionarnos con ellas. Empiezo a entender, a sentir, que es un grave error. El hecho de que yo tenga pareja no debería impedir que me relacione con otros seres solo por el hecho de ser hombres y de que pueda quedar suspendida en el aire la posibilidad de una relación sexual. Sé que rápidamente pensamos en el “qué dirá mi pareja”, “no le va a gustar”. Y vuelvo a mirar hacia las tradiciones y al conservadurismo como culpables directos de ello. Ambos sabemos que al intimar podría llegar a darse un deseo sexual, pero tampoco tiene porqué ocurrir si aprendemos a relacionarnos sin unir por fuerza intimidad con sexualidad, con instinto animal. Por otro lado, en el otro supuesto, en el de ser una mujer sin pareja, nada me impide ir conociendo a más personas sin tener que centrarme o esperar que ocurra que uno solo sea el foco de mi interés. Puede no haber ninguno en absoluto. O puede haber más de uno por diferentes motivos. El hecho de ser soltera y sin pareja no tiene porqué impedirme que intime con más hombres, dando por hecho que detrás o al tiempo va a haber sexo obligatoriamente. O tal vez sí, pero eso se verá. La cuestión es que, de nuevo erróneamente, volvemos a unir el hecho de que si estoy soltera y me relaciono con otros hombres hasta un buen grado de intimidad, ha de darse inevitablemente un paso más. Y junto a ello, el hecho de que, si esa relación se prorroga en el tiempo y trae más encuentros, eso haga que cierre todas las puertas y ventanas al resto de relaciones. Porque, y repito, “qué pensará” y “le puede sentar mal”.
      Es la primera vez en mi vida, tal vez de modo tardío, en la que me desencorseto y miro este hecho como simples relaciones personales, humanas, en las que si se da una relación sexual es solo un ingrediente más de todo el resto de emociones compartidas. Y no un fin o un porqué en sí mismo. Puede pasar una vez, dos, diez o ninguna, y que aun así haya algo que vaya mucho más allá.  Hablo de intimar realmente, de interactuar y, por qué no, hasta de gustarse. De que no se descarta nunca avanzar sobre esa base y tocar otras facetas, descarte que sí sucede en casos de simple amistad. Por tanto, no, no hablo de ser amigos, de eso ya tenemos todos a poco normales que seamos. Me refiero a verdadera intimidad. Tal vez sea una opción de vida cuando no se tiene pareja. O tal vez sea un camino alternativo a otros socialmente asentados. Tal vez resulte un modo más generoso y evolucionado de relacionarnos entre nosotros. Quién sabe. Y aunque sé que el enfoque en absoluto es nuevo, el prisma con el que lo he mirado sí que es novedoso para mí. Culpa de las tradiciones, tal vez. Culpa de la propia vida que nos va lanzando opciones distintas para afrontar las etapas que nos va poniendo por delante. 








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