DUDAR O NO DUDAR, HE AHÍ LA CUESTIÓN





    He vuelto a pensar en ello. Hablamos de ese rasgo y me reitero: no soy indecisa. Rara vez dudo, qué curioso. ¡Ojo! Rara vez dudo de aquellas cuestiones que tienen que ver prácticamente en exclusiva conmigo, si es que eso es posible en algún grado, claro. Esto es, con aquello que parte de mi acción y de mi movimiento de base. Me enfrento a un asunto, lo miro exhaustivamente, lo huelo, lo escucho, lo toco, lo paladeo. Y ya es mío. Decido. Suelo saber qué quiero y lo que no. Qué soporto y qué no tolero. Qué me hará feliz y qué me apagará. Qué necesito, qué deseo, qué ansío. Qué detesto, qué no perdono, qué desprecio. Vamos, que no suelo dudar de ello y de cómo conducirme al respecto. No soy insegura en mis tomas de decisiones. Y tampoco suelo pensar que voy a equivocarme con una opción u otra. Si lo elijo por algo es. Será que me late así. 

     Me he preguntado muchas veces el por qué de ese rasgo o de su contrario, tanto en mí como en los demás. ¿Qué es lo que hace que una persona se sienta segura de los pasos que da en la vida?  Quienes me conocen suelen decirme que eso se debe a que yo misma soy una mujer segura de mí misma. Que camino con determinación y que reflejo una gran fortaleza a ese respecto. Pero esa respuesta nunca me pareció del todo acertada, por la sencilla razón de que es verdad a medias. Hay aspectos y parcelas de mi vida de los que me siento muy segura. De quién soy, cómo soy, qué hago. Pero del mismo modo existen otros territorios en los que piso con algo más de miedo, creyendo que voy a resbalar, que no seré suficientemente diestra ni certera, y que puedo ser fácilmente adelantada por la derecha. Eso demuestra que del mismo modo que existe un porcentaje de seguridad en mí misma potente y reluciente, hay otra ración que me hace vulnerable y frágil, hasta el punto de necesitar una mano que me asista. Si me paro a pensar con sangre fría puedo llegar a rehacerme de ello y recordarme a mí misma que soy, pero bien sabe el cielo que no me resulta tarea fácil. En absoluto. Salí un poquillo rebelde en eso, para mi desgracia, ¡qué le vamos a hacer! Por lo tanto, a la pregunta de por qué no suelo dudar al tomar decisiones, la respuesta de ser una persona más o menos segura de mí no me sirve. Busquemos por otros lares. 
     
     Desmontada la hipótesis de que la seguridad personal es obligatoria y directamente proporcionar a la capacidad de decisión de las personas, vuelvo al proceso y me cuestiono de nuevo qué es lo que hace que una persona sepa, sin marear mucho la perdiz, qué es lo que quiere y cómo lograrlo. ¿Qué es lo que origina que no dude en sus pasos? Desde luego me figuro que cada uno tenga su propio método, pero estudiándome a mí misma a modo de cobaya, puedo aportar que en mi caso mis decisiones en firme más fuertes y asentadas acabaron teniendo un denominador común: la combinación de la ilusión, las emociones despiertas y la necesidad de avance. Cada vez que he tenido que dar un paso en mi vida hacia un nuevo proyecto, cambio sustancial, inicio, o cambio de sentido… me visualizaba llevándolo a cabo. Más allá de las piedras del camino que podría encontrarme o de la idea de un posible fracaso, la imagen que me invade es la de la ilusión. Pienso en ello y me ilusiono, me descubro sonriendo y diciendo un “¡mmm, me gusta!”, “¿por qué no?”, “eso tira de mí”. Eso es ilusión por vivirlo, por degustarlo poco a poco y sin carencias, por sumergirme en ello así, sin más. Junto a ese componente se encuentra, íntimamente unido, el abanico abierto de las emociones. Si ese algo despierta, ha despertado o va a despertar un baile de emociones bien sentidas, entonces es que están sonando las campanillas. Pocas cosas me importan ya más en este mundo que sentir y emocionarme. Para bien y para mal, emocionarme y reaccionar, vivir, respirar y suspirar, enfadarme para reír después a carcajadas, derretirme hecha miel, ser un torbellino,… son el chispazo que enciende la llama de mi vida. Sentir emoción y provocar emoción. De quien y en quien me ve, escucha, lee, siente, piensa. Si hay de eso, allá que voy. Que de muerta en vida siempre tuve poco, y si en algún momento lo tuve, ya me desperdicié bastante. Si me hace sentir, es que debo prestarle atención y mojarme los pies en esa agua, al menos.  Mi tercer motor es el indicador de avance. Progreso y crecimiento. Necesidad, deseos y posibilidad de avanzar, sí. Eso no significa que cada paso dado tenga que traerme consigo un cambio radical y sustancial en mi día a día. Una medalla, ascenso social o reconocimiento meritorio de tal o cual clase, Eso sería un “me va la marcha” un tanto irreal. A las decisiones que me refiero son aquellas que me hacen evitar lo contrario, estancarme en callejones sin salida. El más pequeño escalón de crecimiento humano -por encima del resto de las tipologías-, es para mí un verdadero logro del todo satisfactorio, por lo que lo doy por bien empleado. Y es que todo pasa por algo.

    Así que eso es lo se me ocurre y saco en conclusión. Y dado que a mí me va bien como animal de sentimientos y emociones que soy, dado que soy consciente de que esta vida son dos días y uno lo pasamos durmiendo, diría a quien pueda interesar que si hay ilusión, emociones y vas a crecer con ello, sé resolutivo y determinativo en tus decisiones. Que para inseguridades ya están las que tienen que ver con lo más íntimo de nuestros rasgos personales y de esas ya nos ocuparemos más adelante.



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