PEQUEÑOS ESBOZOS: Entre entender y rendirse




     Entre entender y rendirse hay una finísima línea divisoria, tenue, azulada, acaso etérea, y con suerte apreciable a la luz de un golpe vital definitivo. También tenue, azulado. No tan etéreo. 

     Discernir entre un “las cosas han de ser así y así han de ser” y “de puro agotamiento ya he perdido la guerra” existe una frontera construida por miedo, por falta de autoconfianza, por cobardía, por pereza y desgaste, y por una pizca de ceguera ante la brevedad de esta vida nuestra. No voy a analizar si existen movimientos de tierra suficientemente fuertes como para tirar los pilares de ese muro, ni si ese material resulta sensible a algún elemento o no. De poco serviría. Y no me dejaría más tranquila. Tan solo ofrezco el planteamiento y formulo un hecho repetido en muchas vidas ya de las que me voy encontrando. Y es que es el hombre débil por naturaleza. Sensiblemente débil. Débilmente sensible. Y el daño, el enemigo, no lo encuentra ahí afuera, no. Lo lleva dentro. Consigo. Magnificado. Creyendo que es un monstruo de cinco o seis cabezas. Y en parte lo es. Pero no es invencible. Solo que la debilidad puede a la inteligencia en este caso. Es más fuerte que ella. Más resistente. Apenas necesita agua ni comida para subsistir, mientras que la inteligencia necesita ser alimentada de continuo. Precisa comer de situaciones probadas, escalones avanzados, ejemplos de buen funcionamiento, revalidación de uno mismo,… Lo tiene más difícil. No imposible, pero sí más complejo. 

    Entre entender y rendirse existe esa frontera, sí. Sin aduana. Sin pasaporte. Sin centinelas que vigilen el paso o las veces que se cruza de un lado al otro. 


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