ADIÓS 2016. SUMO y SIGO

   Llevo semanas resistiéndome a ello, pero bueno, al final me asomo de alguna que otra forma: Mi balance del 2016. No voy a hacerlo exactamente. Se ha convertido ya en un tópico, como otros tantos. Como las noticias del año en televisión, o el reportaje de buenos hábitos y cuidados en las revistas de belleza y moda. Llega el fin de año y todos echamos la vista atrás, mitad nostálgicos, mitad esperanzados. Extraemos lo nuevo y bueno que con él vino, enmarcamos los malos tragos que hubimos de pasar, y nos hacemos el firme propósito de que el año que comienza habrá de contener un cúmulo de buenos actos y la intención de caminar de la mano con todo aquello y con todos aquellos que lo merecen. Ya. Lo de siempre. Y no me lo creo. Jamás es así. Y no lo es, porque no es alrededor donde hay que mirar. Error. Sino al interior de uno mismo para preguntarse qué he hecho y cómo lo he hecho. Y no ahora, a quince días de acabar el año. Ni el día 1, con la lista de tareas fresca y virgen. No. Siempre. Hay que hacerlo siempre.

    Mi año ha sido, como lo son (casi) todos, un año de aprendizajes sobre mí misma. Progresista y no continuista. Me doy con un canto en los dientes por haber conseguido lo único a lo que siempre aspiro: crecer. He cumplido objetivos que de veras me resultan fundamentales. He conocido un poco más de mi interior, he aprendido a encajar determinadas experiencias y a dejar ciertas sensaciones a mi espalda. Me he reforzado a mí misma, he hecho las paces con alguna de mis vulnerabilidades y de paso con algunos agentes externos.
     ¿Me quiero más? Posiblemente sí. Un poco más. Me encuentro por ello mejor apuntalada en el lugar que he de ocupar en mi vida. Sé ahora bien cómo quiero vivirla y es muy simple: sientiéndome con la conciencia tranquila respecto a mí misma. Esto se traduce en saber qué experiencias y qué modos de vida me hacen feliz, en sumergirme en todos aquellos actos que me llenan y no me hacen sentir culpable con nadie, pero sobre todo conmigo. Rodearme de las personas que me nutren y a las que nutro. Alejarme de todo aquello que no me convenza o me haga sentir que no soy yo. Opto por las cosas simples y sencillas. No quiero retorcimientos ni neuras. Quiero ir, venir, hablar, sentir,... vivir. No quiero lados oscuros, ni mi peor versión. Y por supuesto no quiero autocompasiones, propia ni ajenas. Quiero voluntad, propósito y tirar hacia delante. No quiero mañas, ni caprichos, ni emociones vacuas. Quiero nivel 1, nivel 5 o nivel 10, como sea, con quien y el que sea, pero reales y sin chorradas. Quiero verme en el espejo cada mañana y reconocerme. Y quiero seguir sabiendo, como siempre lo he hecho, a quién quiero y por qué, cómo lo quiero y cuánto lo quiero. Y conservarlo a mi lado, no por lo que me dé cuando tengo hambre, ni por comodidad, inercia, practicidad,... sino porque aprecio su valía y lo necesito para vivir. Y todo cuanto no responda a ese principio, o no me considere a mí en la misma forma se irá fuera. Por vía natural se extinguirá. Un día ya no estará. Y punto. 

Este es mi balance del 2016. Mi forma de ver la vida. Mi vida. Mis avances. Y mis luchas.

Feliz año nuevo. Cordura y corazón.





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